Consultando la documentación generada por la Real Audiencia de Canarias, nos encontramos con un expediente que recoge el proceso por el cual dirimió una denuncia formal presentada por el Obispado de Canarias hacia el Alcalde Real de Telde en 1834. En los más de sesenta folios del dossier de diligencias y testificales encontramos las aportaciones al proceso de parte del Obispado de Canarias y también de la corporación municipal. El detonante del proceso fue el atropello que los beneficiados de la parroquial teldense creían había cometido el Alcalde Real de Telde, D. Fernando Zumbado, con respecto a la celebración de la primera procesión de Cuaresma que pretendía recorrer, como cada año, las calles adyacentes a la ermita de san Gregorio.
A partir del mismo podemos imbuirnos en el paisanaje propio de nuestra ciudad por aquellos días, comprobar que el carnaval ya se vivía con pasacalles de máscaras desde el siglo XVII en Los Llanos de Jaraquemada, que había procesiones varias para solemnizar la Cuaresma en su ermita que contaba con varias imágenes dieciochescas, suponemos "de Pasión", que se han perdido. Del mismo modo, poner nombre a diversos vecinos de Telde comprobando sus cargos, ocupaciones, raigambre social y protagonismo en los actos religiosos llevados a cabo en lo que hoy es la parroquia de san Gregorio Taumaturgo de nuestra ciudad.
Corre el 11 de febrero de 1834, Martes de Carnaval. Telde se halla inmersa en su tercer día de celebración de las carnestolendas, en su colofón, cuando “mojigangas, disfraces y máscaras” (f. 3r.) transitan en la tarde noche por las calles de Los Llanos no sin provocar desórdenes “como en años anteriores” (f. 3v.).
Precisamente, para evitar dichos desórdenes, sobre todo morales, la parroquial teldense ha venido celebrando “desde hace cincuenta años” (f. 3v.), es decir, aproximadamente desde 1784, una solemne función religiosa en la ermita de san Gregorio sacando a la calle, a su término, varios pasos procesionales a hombros de cargadores que, de esta manera, solemnizan desde su víspera el inicio de la Cuaresma al día siguiente, Miércoles de Ceniza.
No sabemos cómo transitaría la procesión por las mismas calles que lo hacía la algarabía carnavalera pero, en principio, la sorpresa de ese año nada tiene que ver con el encuentro en la calle de tan diversas y variadas comitivas.
Los dos beneficiados de la parroquia de san Juan Bautista, Francisco Manuel Socorro Ramírez y Gregorio Chil Morales, tío de Gregorio Chil y Naranjo, ya han terminado de celebrar dicha función en la ermita acompañados de toda la comunidad de frailes franciscanos del convento de Nuestra Señora de la Antigua teldense y del resto de la feligresía. Justo cuando se disponía a salir la procesión, “colocadas ya algunas imágenes sobre los hombros de los que cargaban y todo el pueblo puesto en expectación con la Comunidad del Señor San Francisco y varios sujetos de distinción de esta Capital” (f. 4r.), el alguacil municipal entró a la iglesia para avisar a los beneficiados que la misma no podía salir a la calle por orden del Sr. Alcalde, Fernando Zumbado, el cual argumentaba que no habían avisado ni solicitado permiso alguno para ello a la Justicia y su persona.
Ambos beneficiados parecen haber depuesto todo ánimo de discusión en el momento, “volviéndose a su parroquia sin más” (f. 5r.) pero no dejaron de presentar al obispado su queja formal para que este tomara cartas en el asunto y no volvieran a verse perjudicados “por tal bagatela” (f. 1v.) de permisos que nunca antes se habían solicitado “acercándose el jueves trece del corriente [marzo] en que también está en la loable costumbre de ir este Beneficio a traer en procesión la imagen de Ntra. Sra. de los Dolores desde la Hermita del Hospital a esta parroquia para principar el novenario que el Presbítero D. José Navarro [y Campos] tiene la costumbre de hacerle a Ntra. Sra. (f. 3v.). Además, también dejarán entrever que su enfado es mayor porque el alcalde bien podría haber prohibido los carnavales (f. 20r.)
El provisor del obispado, ante la queja formal de los beneficiados y de cara a fundamentar su acusación formal ante la Real Audiencia, comisionó al presbítero D. José Navarro y Campos para que comienara a entrevistar a determinados testigos de los hechos (f. 3r.). Sus testimonios, como decíamos, nos describen el paisanaje de Los Llanos de aquel entonces:
12/03/1834
Testifica el alguacil, Domingo Melián (62 años), que estaba en la plaza de Los Llanos y el alcalde le mandó avisar al mayordomo de la ermita, Manuel Betancor, que la procesión no podía salir "por ausencia de permiso" y que los beneficiados, enterados afirmaron “pues si no hay procesión, vámonos con Dios” (f. 6r.).
Testifica Lucas Domingo Pulido (22 años), sacristán menor de la parroquia, que vio como el alguacil entraba a la ermita mientras él estaba sentado en la sacristía al terminando el sermón del beneficiado Chil y Morales “y revestido ya de capa pluvial par salir al altar a sacar la procesión”. Como testigo de parte deja caer que él ha visto salir muchas procesiones antes “sin que el alcalde concurra a ellas” (f. 6v.).
Testifica Manuel Betancor (25 años), vecino de Los Llanos, que se crió desde pequeño en la casa del que fue mayordomo de la ermita, Pedro de la Ascensión Betancor con quien ya se celebrar dicha procesión y jamás se tuvo que avisar al alcalde, al igual que cuando luego fue mayordoma Pino Betancor, tía suya. Que él ha querido que se siga con esta devoción y así lo ha promovido avisando al beneficio. Que se enteró por sus hermanos José y Marcos Betancor de lo que había dicho el alguacil pues él ya estaba con una de las imágenes a hombros. Piensa, como testigo de parte, que el alcalde prefería estar con “las máscaras y mojigangas” que pasaban por las calles (ff. 6v.-7r.). Nótese que todavía hoy una calle del barrio de Los Llanos lleva el nombre de Pedro de la Ascensión cuyos apellidos fueron Betancor Álvarez. "Fue mayordomo de la ermita de san Gregorio por el año 1818; no hizo cosa notable, de seguro lleva esta calle su nombre porque vivía allí en la entonces llamaba Mateo Moreno al que luego sustituyó" (Hernández, p. 332). El por qué de la crítica a su mandato por parte de Hernández Benítez ya en el siglo XX no lo sabemos.
13/03/1834
Testifica José Betancor (28 años), vecino de Los Llanos, que también estaba ya cargando uno de los tronos y vio al alguacil entrar a comunicarle la noticia a Manuel Ramírez “santero en aquella iglesia”. Que él ha vivido esta procesión desde pequeño y que el alcalde, testigo de parte, estaba disfrutando de las máscaras (f. 7v.).
14/03/1834
Testifica Tomás Rodríguez Siberio (16 años), vecino de Los Llanos, que también vivió lo acontecido mientras estaba en la sacristía ya “revestido de capa y próximo a salir al altar para sacar la procesión”. Nos señala que el párroco ya estaba en la puerta con la cruz parroquial para salir la procesión “y se volvió” (f. 8r.).
Testifica Sebastián de Medina (71 años), vecino de la ciudad, que aclara que “habrá espacio de cincuenta años se dio principio a la procesión del Martes de Carnaval en el barrio de Los Llanos con el fin de evitar los desórdenes que en semejantes días acaecían, como igualmente salir el Rosario por las calles en las tardes del Domingo y lunes anteriores que sacaban los venerables beneficiados, clero y hermandad del Rosario” pero que él, este año, no había acudido a la ermita por lo que no sabe sino de oídas lo que ocurrió pero que, testigo de parte, supone que el alcalde se sintió mal al no ser convidado y prefería estar con las máscaras (f. 8v.). Su testimonio del rezo del santo rosario públicamente por las calles no deja de ser, cuanto menos, llamativo.
Testifica Francisco Barreto (82 años), vecino de la ciudad, ratificando la información del anterior. Además, aunque tampoco fue este año a la procesión, él mismo fue alcalde de la ciudad durante tres años y siempre acudió a la misma sin necesidad de invitación alguna pese a las máscaras y mojigangas que también habían por las calles (f. 9r.).
Testifica Manuel Ramírez (61 años), vecino de Los Llanos, como sacristán o santero de la ermita desde hace tres años. Relata lo que vio mientras ayudaba a cargar en los hombros los tronos a los portadores y que jamás se hizo invitación alguna al Alcalde que, testigo de parte, es cierto que estaba con las máscaras fuera (f. 9v.).
Testifica Marcos Betancor (41 años), vecino de Los Llanos, que hace veintiséis años entró a servir como criado en la casa de Pedro de la Ascensión con quien estuvo hasta 1831 sirviendo igualmente a su viuda. Que el promotor de esta procesión fue Pedro y luego su viuda. Que vio lo sucedido estando en misa junto al púlpito y que jamás se había pedido permiso a nadie (f. 10v.).
15/03/2026
Testifica Cristóbal de Aguilar (57 años), vecino de la ciudad, que estaba durante la misa en la puerta de la iglesia y que el mismo Alcalde le manifestó que era verdad que había prohibido la procesión “por no haberle dado parte” y cómo se centró en las máscaras que transcurrían por la calle. Él, añade, ha visto a otros que fueron alcaldes ir a la procesión sin previa invitación (f. 11r.).
Testifica Manuel Santana (17 años), mozo de coro de la parroquia de san Juan sin añadir ninguna novedad a lo ya aportado por anteriores testigos (f. 12 r.).
Testifica por último el propio comisionado, párroco en Telde, con igual información que los anteriores. Además, remite todo el expediente al obispado ese mismo día (f. 12r.).
18/03/1834
El Provisor y Vicario General del Obispado, el Lcdo. José Falcón Ayala, remite todo a la Real Audiencia, aunque la diócesis esté “sede vacante”, para que tome cartas en el asunto y depure responsabilidades (f. 12r.). El argumento, en resumen, el alcalde ha prohibido una procesión porque así lo ha decidido y, para colmo, ha preferido los carnavales que sí que ha permitido sin poner reparo alguno de permisos.
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| Procesión de la Virgen del Buen Suceso, san José y san Antonio en 1930 Iglesia de san Gregorio Taumaturgo - Telde (FEDAC) |
Recibida la denuncia formal, la Real Audiencia comienza los trámites pertinentes que se alargan durante todo el mes de abril reclamando el testimonio del alcalde mediante carta del escribano de cámara Francisco Martínez de Escobar con fecha 18 de abril.
Fernando Zumbado, a la sazón Alcalde Real de la ciudad, había nacido en la casona que hoy ocupa la biblioteca municipal Montiano Placeres cuando todavía se denominaba su calle "de la Cruz" y no "Licenciado Calderín" como en la actualidad. Acusa recibo el 21 de abril (f. 17r.) y procede también a fundamentar su defensa con las aportaciones de varios testigos:
24/04/1834
Testifica Sebastián Millán (26 años), vecino de la ciudad, que él avisó por la mañana, es decir, con tiempo, al mayordomo de la ermita, Andrés de Vega, que no habían dado aviso a la justicia, que si se habían olvidado, que era necesario. Que lo avisó al criado del mayordomo, Luis Talavera, para que lo dijera a su señor (ff. 21v.-22r.).
Testifica Luis Talavera (23 años), vecino de Los Llanos, que, efectivamente, él avisó a su señor de lo que le habían dicho desde por la mañana.
28/04/1834
Testifica Andrés de Vega (38 años), teniente de Milicias y vecino de Los Llanos, que es verdad que su criado le dio el recado por la mañana pero que él pensó que tenía que pedir el permiso Manuel Betancor, encargado de la procesión, y se limitó a pasarle el recado por medio de “la priosta María del Pino Betancor” (f. 23r.). En resumen, hasta aquí, todo un "unos por otros y la casa sin barrer".
21/05/1834
Testifica Julián Zapata (64 años), de esta vecindad, que en la tarde del martes de carnaval se hallaba de conversación en la plaza de Los Llanos con Andrés de Vega, Vicente Suárez Naranjo y Carlos Falcón y se enteró de lo ocurrido ante su asombro porque el alcalde “no tiene obligación de asistir” por lo que “siempre se le ha pasado recado o aviso para que concurra” (f. 24r.).
27/05/1834
Testifica Juan Nepomuceno Santana (42 años), vecino de la ciudad, que se encontró con el cura que regresaba a san Juan con la cruz parroquial sin haber dado tiempo de que saliera la procesión y, extrañado, se interesó por los motivos y este le aseguró que no había salido la procesión porque no se había pedido permiso al alcalde y este se había sentido “burlado y ultrajado en su autoridad” dado que, además, había avisado con tiempo al mencionado Andrés de Vega (ff. 24v.-25r.).
Testifica Vicente Suárez Naranjo (27 años), capitán de milicias, que se encaró con Andrés de Vega por cómo pretendían sacar la procesión sin haber avisado al alcalde según le habían pedido a lo que este le contestó que “habiendo dejado de ser el mayordomo de esta procesión ordenó en su casa se lo comunicaran al que en la actualidad corría con la función” para que lo solicitara. Además, testifica que el beneficiado, al enterarse de la prohibición, “hallábase inmutado y poseído de cólera” (ff. 25v.-26r.). En resumen, hasta aquí, también algo muy habitual entre los que ayudan en las iglesias, los protagonismos y envidias.
Testifica Domingo Milán (64 años), de este vecindario, alguacil que dio la noticia en la ermita justo cuando salía la procesión, que él avisó al párroco que no había pedido permiso, “como era costumbre” (información que omitió en su anterior testimonio ante el párroco cuando fue llamado a testificar por la otra parte).
El alcalde, al que curiosamente ninguno de sus testigos nombra presente en la mascarada y mojiganga de las calles, testigos de parte, termina su información para remitirla el 23 de junio a la Real Audiencia “aunque considera por insignificante la queda dada por los párrocos al Provisor” a los que, además, acusa de “haber dado pábulo a escándalos y desórdenes por no haber salido la procesión” cuando él solo se ha limitado a cumplir la ordenanza municipal, es decir, “que tiene que asistir por obligación la Justicia” habiéndoseles invitado formalmente con antelación. Además, espera que se les llame la atención a los beneficiados por intentar conculcar la justicia ordinaria “mirando a los alcaldes con indiferencia y desprecio, queriendo arrollar su autoridad, persuadirlos de que son ignorantes” y amenazarlos con el castigo eterno para que “siempre estén reprimidos” (ff. 27r.-27v.).
Finalmente, en este sainete entre Don Carnal (el alcalde) y Doña Cuaresma (los beneficiados), la Real Audiencia corta por lo sano y el 18 de agosto de 1834, en un único y lacónico párrafo de sentencia “declara no haber lugar la queja presentada por los beneficiados de la iglesia parroquial de Telde contra su Alcalde Real, y se les previene que en lo sucesivo, para sacar a la calle las procesiones, den los oportunos avisos a la justicia”.
No sabemos cómo se tomaría tal revés judicial el beneficiado Chil Morales que, además, por más que financió los estudios de su sobrino, el doctor Gregorio Chil y Morales, no consiguió que este terminara excomulgado.
Está claro que los tiempos comienzan a cambiar para la Iglesia en la España cada vez más liberal del momento. El alcalde de Telde, envuelto en ese mismo año en quejas a la regente María Cristina por haber unificado el partido judicial de Telde con el de Las Palmas (Jiménez, pp. 227-230), ya es un firme partidario del liberalismo más radical. Vive su increencia con normalidad hasta el punto de menospreciar la condenación eterna considerando la fe una forma de represión. Aboga ya, sin saberlo, por una clara división Iglesia-Estado que todavía tardará en establecerse en nuestro país.
La comunidad franciscana del convento teldense, presente en el sainete, debía estar viendo "las barbas de su vecino pelar" pues no participaron en las diligencias de parte de ningún bando cuando, a todas luces, seguramente, como mínimo fueron llamados a testificar por los beneficiados de la parroquial. No se equivocaban pues, al año siguiente, 1835, verían cómo el Estado aprobaba las leyes desamortizadoras que los echaría de su convento, como a tantos otros religiosos en el país.
Finalmente, cosas de la Historia, será otro párroco de san Juan quien, por el contrario, alabe al mencionado alcalde dada su preocupación por la salud de los teldenses y, quizás, desconociendo su animadversión hacia la Iglesia.
“Ya desde 1834 [precisamente] se hablaba de la posibilidad y hasta de la probabilidad de que pudiera llegar a nuestra isla el cólera. Con tal motivo se dictas sendos bandos de policía e higiene por el alcalde a la sazón, don Fernando Zumbado, ordenando fuesen cegados todos los charcos de aguas inmundas, cubiertas todas las acequias, empedradas las calles (cada cual el tramo existente delante de su vivienda) y embaldosadas; se prohibió que anduvieran por las calles los cochinos sueltos; se ordenó que se encalaran las paredes de piedra seca en el interior de la ciudad, etc. Fue entonces cuando se hicieron las canaletas de piedra para la conducción de las aguas del “chorro” que, hasta entonces discurrían descubiertas por el centro de la calle, al igual que en Agüimes, obra que se realizó a costa de los regantes de las aguas del mismo” (Hernández, p. 277).
Quizás, sin saberlo, al prohibir la procesión, "don Carnal Zumbado" evitó un contagio masivo como, desgraciadamente, hemos vivido en tiempos más recientes y él mismo se tuvo que preocupar de atajar con la epidemia del cólera que asolará la ciudad en 1851 como parte de la Junta de Salud municipal.
REFERENCIAS
AHPLP. Real Audiencia de Canarias. Procesos civiles, penales y sala de gobierno. 1526 - 1939. Exp. 3701 (1834).
Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.
Jiménez Martel, G. (2009). "Avatares históricos del Partido Judicial de Telde (1813-1907)" en Boletín Millares Carló, núm. 28, pp. 219-240.


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