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14 febrero 2026

EL OTRO CRISTO DE TELDE

Cristo difunto - Basílica de San Juan Bautista de Telde (Fotografía del autor)

En la actualidad muy pocos teldenses desconocen la imagen del Santo Cristo que preside el Altar Mayor de la basílica de san Juan Bautista de la ciudad. De hecho, la devoción que suscita entre los creyentes trasciende los límites municipales.

Esta devoción se fue gestando desde que su imagen pasara a formar parte del patrimonio de la parroquia en algún momento del siglo XVI, con total probabilidad, a partir de 1552, fecha del último inventario realizado por la parroquial de su patrimonio y ajuar en el que aún no se nombra (Hernández, 1940, p. 12). Transcurrido el tiempo, la relación de 1694 del médico e historiador teldense, Marín de Cubas, nos certifica la fama y devoción que suscita en las postrimerías del siglo XVII.

“Tiene en el testero la capilla mayor sobre el Sagrario un Crucifijo de cuerpo grande, el rostro divinamente hermoso, muy devoto y de muchos milagros, su fábrica fue en las Indias Occidentales de mano de españoles, que allá se hubo de los primeros frutos del vino y azúcar de esta Isla, y lugar de Telde en las primeras poblaciones de Indias: su materia es fungosa, papírea, o bombicínea, del corazón de piñas de maíz semejante al blanco del corazón del reamo de la higuera, del junco o hinojo” (Marín, f. 339).

Tan solo diez años más tarde, en 1704, la cruz de madera del Santo Cristo fue enriquecida recubriéndola de planchas de plata con una cartela del INRI a juego, todas ellas finamente repujadas por el orfebre Antonio Hernández y “con limosnas de los vecinos de esta ciudad de Telde a solicitud del Alférez Baltasar de Quintana y Juan de Monguía y Quesada S. C. D. S.”. Así se lee en una de las mencionadas planchas que recubren aún hoy el madero de la imagen.

Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, en la parroquial de san Juan Bautista era otra imagen del Crucificado, probablemente la preexistente en el templo y, por ende, más antigua, la que siguió suscitando la devoción de muchísimas familias que, aún a sabiendas de que se trataban de imágenes del mismo y único Cristo, prefirieron seguirle dirigiendo sus oraciones y devoción.

Se trata del Santo Cristo del Pilar, porque en uno de los pilares del templo tenía su altar, también conocido como Cristo de la Consolación. El obispo Verdugo, en visita pastoral a la parroquia de 9 de noviembre de 1779, determinó que “se quitara de la vista y veneración de los fieles” (Hernández, 1940, p. 8), pues más que devoción, producía espanto. Suponemos que esta apreciación del obispo, que no importaba a la feligresía, bien pudo estar causada por la mala calidad de la imagen, bien por su mal estado de conservación, claras referencias a su antigüedad. Quizás, también quiso el obispo encausar la devoción de todos hacia una única imagen, la del Altar Mayor. 

Sin embargo, no parece que la devoción de los teldenses por el Santo Cristo del Pilar o de la Consolación terminase por mor de la voluntad del obispo Verdugo según se desprende de la siguiente información que, además, nos adentra en la devoción a este otro Cristo de Telde hasta bien entrado el siglo XIX. Se trata de un litigio entre dos familias por la posesión de unas tierras que quedaron gravadas con una imposición en favor del mencionado Cristo, litigio que no terminará hasta el 9 de marzo de 1850.

“El 18 de setiembre de 1632 otorgó en Telde su testamento Catalina Miñol, disponiendo, entre otras cosas, que el escribano don Luis Norman tomase las tierras que la misma tenía donde llamaban las Cabezadas de las Piedras, compuestas de tres fanegadas labradías, las vendiese al mejor postor e invirtiese su producido en aceite para la lámpara del Santo Cristo que se venera en la parroquia de san Juan de Telde, cuidando el propio Norman de que aquello se consumiera en el sostenimiento de dicha lámpara.

[…] Posteriormente, el 2 de marzo de 1704, María García, viuda de Francisco Martín, por su testamento declaró y dispuso que había tenido devoción de encender la lámpara del Santo Cristo del Pilar, para lo cual, según instrumentos a los que se remitía sin mencionarlos, le había dado el Provisor de este Obispado un pedazo de tierra que llaman el Cercado de las Piedras, y que este terreno no entraba en partición para los hijos de la testadora, porque sólo estaba dedicado a dicha pensión de encender la lámpara todos los días festivos: lo cual dejaba a su hija María García, casada con Francisco Morán, para que esta devoción continuara entre sus herederos por siempre jamás, en el supuesto de que si aquellos no aceptaran este encargo, lo hiciese cualquiera de los hijos de la testadora que más se aplicase legando a dicho altar del Santo Cristo un par de candeleros de azófar y unos manteles para las funciones que a sus hijos y herederos se ofreciesen, así como la cera de seis colmenas que poseía.

[…] Pasados veinte y un años, el 23 de enero de 1725, acudió al Provisor y Vicario general de este Obispado, Miguel González, marido de Josefa García, pidiendo la posesión del terreno nombrado las Piedras, porque su cuñado José Hernández que lo tenía, no cumplía con el cuidado de la lámpara y aseo del altar del Santo Cristo, a lo cual accedió el Provisor, bien que el mismo Hernández contradijo aquella posesión en la que fue mantenido Miguel González, con cuyo motivo como hubiese apelado aquel para ante el Metropolitano de Sevilla y el Provisor hubiese oido la alzada en un solo efecto esta superioridad declaró no hacer fuerza el Juez eclesiástico a virtud del recurso de esta clase que por aquella causa introdujo José Hernández.

[…] Mas en lo sucesivo, habiendo ocurrido al mismo Provisor en 1762 Gregorio Morales, como marido de María Antonia Pulido en solicitud de que se le entregasen las mencionadas tierras, cuya administración alegaba haber corrido siempre entre los ascendientes de su mujer y de Juan de Ortega.

[…] Entonces, habiéndose sustanciado ante VE el pleito de posesión y propiedad del referido establecimiento piadoso, al cual salieron el mismo presbítero don Lucas Ramírez, Marías Ortega, Antonio Ortega Morales y Antonia Morales García, viuda de Juan de Ortega, VE tuvo a bien, por su auto de 19 de enero de 1832, que se ejecutó mantener a esta última en la posesión de los terrenos gravados a favor del Santo Cristo del Pilar con la pensión del culto de dicha imagen” (AHPLP).

A bote pronto, el testamento de Catalina Miñol de 1632 parece advertir que aún no había llegado a la parroquia de san Juan el Santo Cristo del Altar Mayor, al no precisar que se refería al del Pilar o Consolación. Es más, la clarificación llega en sus descendientes que siguen pugnando por las tierras que para mantener su culto legó.

Si bien es cierto que el Santo Cristo del Altar Mayor es una imagen propia del siglo XVI, solo hay que contemplar a su “gemelo” Santo Cristo de la Misericordia de Badajoz (Clemente et Bernal, pp. 580-585), bien pudo llegar a la parroquia con posterioridad, entrado el siglo XVII, lo que haría casar su historia mucho mejor con el incremento de la devoción hacia este al término del mismo antes referida, la configuración final del retablo de la capilla mayor del templo y la creación de su cofradía, cuyo libro de cuentas se remonta nada más que a 1752 (Hernández, 1958, p. 221).

Siguiendo esta hipótesis, quizás el nuevo Crucificado, de mejor factura, causó el desplazamiento del primigenio y su conversión en el Cristo “del Pilar”, para diferenciarlo del “del Altar Mayor”. Esta imagen, no la nueva, siguió siendo el objeto de la devoción y manda pía de Catalina Miñol y sus herederos que, ahora sí, ya lo distinguen en su advocación. Por ello, además, contribuyen al mantenimiento de su altar con manteles y candelabros al ser creado ex profeso en la capilla de san Bartolomé (hoy del Sagrado Corazón de Jesús), nueva ubicación de la imagen.

Allí lo encontró el obispo Verdugo en 1799 cuando ordenó retirarlo del culto. Es ilógico pensar que el beneficio de la parroquial ignorase tal mandato episcopal por lo que si todavía en 1850 el Santo Cristo del Pilar tenía altar y culto propio, con sostén económico incluido, era porque su imagen fue renovada por completo o, al menos, adecentada de tal forma que pudiera seguir teniendo culto público.

Santo Cristo de la Sacristía - Basílica de san Juan Bautista de Telde
(Fotografía del autor)

Es aquí donde la constancia documental se pierde y da paso a la tradición oral que se perpetúa generación a generación entre la feligresía de la hoy basílica de san Juan Bautista.

Entre 1799 y 1810, precisamente, “en el cuaderno de la Cofradía de la Piedad, del archivo parroquial de San Juan, se lee: “Por un Crucifixo nuevo, cruz de caoba, INRI de plata, que todo costó ciento diez pesos, que componen mil y cien reales de vellón antiguos, porque el que había, además de no tener figura, estaba todo deshaciéndose” (Hernández, 1958, p. 112).

Esta nueva imagen se ha identificado con la del Santo Cristo de la Sacristía que aún hoy procesiona la tarde del Viernes Santo por la zona fundacional de nuestra ciudad. Las fechas y su encargo como sustitución de otro en mal estado hace que podamos concluir que antes de terminar en la sacristía fungió como renovado Santo Cristo del Pilar o de Consolación en su altar propio. Sin embargo, aunque su otra advocación "de Consolación" pueda provenir de su inclusión en la cofradía, es extraño que ni el obispo Verdugo, ni la documentación estudiada, refiera que el citado Cristo perteneciera a alguna dado que la Cofradía de la Piedad fue establecida por el beneficiado Domingo Monagas y Sorita antes de 1752 y, además, no en la iglesia de san Juan Bautista sino en la del Hospital San Pedro Mártir (Hernández, 1958, pp. 220-221). 

De igual forma, otra tradición no confirmada que se mantiene en la feligresía teldense es que el la imagen original del Santo Cristo del Pilar, la que se deshacía y tenía aspecto monstruoso, fue recompuesta de la mejor manera como Cristo difundo dentro del magnífico sepulcro que a la parroquial fue regalado en los albores del siglo XIX por la masonería.

Esta imagen, fuera o no el Santo Cristo del Pilar, adolece todavía hoy de un estudio que certifique lo que a todas luces parece indicar una mirada detenida a la misma, a saber, que también es obra indiana modelada en papel y pasta de millo.


REFERENCIAS

AHPLP. Real Audiencia de Canarias. Procesos civiles, penales y sala de gobierno (1526-1990). Expediente núm. 1940 (1848-1850).

Clemente Fernández, J. I. et Bernal Estévez, A. (2020). “Dos crucificados novohispanos en Los Santos de Maimona: Cristo de la Misericordia (1550-1574) y Cristo de la Sangre (atribución s. XVI)” en Revista de Estudios Extremeños, vol. 72, núm. 2, pp. 577-590.

Hernández Benítez, P. (1940). El Santo Cristo del Altar Mayor de la parroquia de San Juan Bautista de Telde. Imprenta España.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

26 enero 2026

TELDE JESUITA

San Ignacio de Loyola, s. XVII - Basílica de San Juan Bautista (Telde)
(Fotografía cedida por Daniel Ramírez Gil)

La Compañía de Jesús, fundada por san Ignacio de Loyola, fue aprobada como institución religiosa por el papa Paulo III en 1540. Los jesuitas, como se denomina a sus miembros, pronto estuvieron misionando en las islas con el ánimo de abrir sus colegios en ellas.

En su testamento de 5 de septiembre de 1568, Juan Moreno, vecino de Telde, lega su libro de cuentas personal al P. Diego López de la Compañía de Jesús. En él tiene anotadas “algunas contrataciones con personas de la isla” y le da poder al mencionado jesuita “para que lo vea y diga lo que se hace” (AHPLP, pp. 58r.-63v.).

Esta familiaridad entre ambos es, sin duda alguna, fruto del buen hacer del jesuita que, junto a otros tres miembros de la Compañía de Jesús, habían llegado a las islas acompañando al nuevo obispo de su diócesis, Bartolomé Torres. Este, había conocido en su juventud a san Ignacio de Loyola quedando prendando de su carisma (Escribano, p. 9). Por eso, el 16 de octubre de 1566, el tercer general de la Compañía, san Francisco de Borja, le concede el permiso, tantas veces solicitado por el obispo, para poder acudir a su nueva diócesis acompañado de algunos jesuitas con el ánimo de que establezcan una fundación en ella. Así, obispo y jesuitas llegaron el 16 de mayo de 1567 a Tenerife y el 3 de junio a Gran Canaria. Sus nombres, los PP. Diego López y Lorenzo Gómez junto con los HH. Luis Ruis y Alonso Giménez (Escribano, p. 10).

Si bien años antes, en 1566, habían predicado en las islas algunos jesuitas que iban de camino a La Florida (Escribano, p. 8), se trató de la misión del P. Diego López, dado que el P. Lorenzo Gómez pronto falleció en Tenerife, la que más ardor por la Compañía produjo entre los canarios tal cual relatan las crónicas llenas de múltiples conversiones entre los isleños, asombrosos prodigios y acciones proféticas (Nieremberg, pp. 52-58).

Así, no nos debe extrañar la ascendencia que llegó a tener el misionero sobre el teldense Juan Moreno en poco más de un año ni, tampoco, sobre otro teldense, Marcos García del Castillo, que, aunque solo tenía seis años cuando abandonaron la isla los citados jesuitas en 1570, “desde muy niño sintióse inclinado a abrazar el estado eclesiástico y, hechos sus estudios previos, ingresa en la Compañía de Jesús, donde se distinguió por su talento y prudencia que le valieron el nombramiento de Rector en varios colegios de la Compañía; fue catedrático de Prima, Consultor y Calificador del Santo Oficio y, por último, Provincial de Castilla, en 1612” (Hernández, p. 240).

Efectivamente, esta misión se dio por terminada en 1570 al ser convocados por el General de la Compañía, san Francisco de Borja, para reunirse en Sevilla junto a otros jesuitas con los que partirán hacia el virreinato de Nueva España. Allá, también, desempeñará sus dotes misioneras con gran fama el mencionado P. Diego López (Nieremberg, pp. 59-62).

La fundación definitiva de los jesuitas en Gran Canaria se producirá en 1699, tras varias experiencias misioneras anteriores frustradas, con la apertura del Colegio de la Sagrada Familia en Vegueta. En ella establecerán su capilla, a la que se traslada solemnemente el Santísimo desde la Catedral el 10 de mayo de 1699. Será el germen de la actual iglesia de San Francisco de Borja de la que se puso su primera piedra el 25 de febrero de 1724 (Escribano, p. 23).

En esta capilla, como en la del Colegio jesuita de La Orotava, inaugurado ocho años antes, veneraban a su santo fundador con sendas imágenes dispuestas para el culto. Sin embargo, tiene la parroquial teldense el grato honor de ser la primera iglesia no jesuita de las islas, quizás de España, en dedicar no solo un altar, sino toda una capilla, al santo de Loyola.

Capilla de san Ignacio de Loyola en una fotografía de mitad del s. XX (FEDAC)

El que fuera beneficiado de la misma entre 1682 y 1708, el teldense D. Francisco Yánez Ortega, ya había solicitado el 22 de febrero de 1696 al obispo Bernardo Vicuña y Zuazo poder construir una capilla “en la que colocar la imagen del glorioso patriarca san Ignacio de Loyola de la Compañía de Jesús”. Concedido el permiso, estuvo erigida en tres años, “trayéndose en procesión la imagen del patrono desde el hospital de San Pedro Mártir, con acompañamiento del Beneficio, clero y personas principales de la ciudad” (Hernández, p. 75). Como vemos, esta capilla se inauguró el mismo año que la del Colegio jesuita grancanario.

Dispuso, además, que la capilla contara con una sepultura de bóveda en la que fueron recibiendo sepultura sus familiares y, finalmente, él mismo. Pronto, el retablo original fue ampliado y enriquecido con la añadidura de grandes lienzos. Cuatro de Juan de Silva mostrando los principales santos jesuitas del momento (san Francisco de Borja, san Estanislao de Kotska, san Francisco Javier y san Luis Gonzaga). Otro, de Cristóbal Quintana, mostrando el abrazo de los santos fundadores de los dominicos y los franciscanos (santo Domingo de Guzmán y san Francisco de Asís). 

Quién sabe si por ser este beneficiado tan amante de la Compañía de Jesús y en celestial recompensa por dotar a la iglesia de tan hermosa capilla, el Santo Cristo del Altar Mayor comenzó a aparecerse como una proyección sobre el exterior de la pared posterior del templo pero, a la par que crucificado, revestido de sacerdote. Casualmente, esta devoción de Cristo Crucificado Sacerdote era alentada por los jesuitas del momento. El historiador teldense, Tomás Marín de Cubas, nos relata que durante su segundo regreso de la península a la isla, a su paso por Cádiz, tuvo noticia de las apariciones al escuchar a “cierto Padre jesuita admirando el prodigio del Santo Crucifijo de Telde”. Al llegar a su ciudad natal, también el párroco, seguramente el beneficiado Yánez, le indicó cómo y dónde observar tal prodigio. Finalmente, aunque adolece Marín de Cubas de cierto falsarismo, se reconoce en su obra como testigo de las mismas (Marín, ff. 340-342).

"Cruz de las apariciones" que todavía hoy señala el lugar de las mismas (FEDAC)

Este jesuita que refiere haber encontrado en Cádiz y que, sin duda alguna, había misionado en Telde, podría tratarse de uno de los que por entonces estaban tramitando la fundación del colegio capitalino en las casas de Vegueta que les había legado el canónigo e inquisidor de la diócesis, Andrés Romero Suárez Calderín. No podemos olvidar que, junto a estas casas, también les legó algunas otras en la zona de El Portichuelo de nuestra ciudad. En ellas fundarán los jesuitas una hacienda para su explotación y sustento de su Colegio, así como una casa de retiro y solaz para los miembros de la Compañía. Esta fundación jesuita en Telde, “El Cortijo de San Ignacio”, dejó de ser propiedad de la Iglesia tras la desamortización. En la actualidad, en manos privadas, es explotada como hotel rural, conservando, en gran medida, su estructura original entre cuyas estancias destaca su oratorio.

En el barrio teldense limítrofe, La Majadilla, fructificó la devoción al santo fundador de los jesuitas pues se fue conformando a partir de las cuarterías donde vivían los jornaleros que trabajaban las tierras del cortijo jesuita. Sigue celebrando el mencionado barrio sus fiestas en honor a san Ignacio y a la Inmaculada Concepción en su pequeño salón parroquial a la espera de poder finalizar las obras de su iglesia iniciadas hace décadas.

Damos un salto al siglo XX, corre ya el año 1955. El papa Pío XII ha convocado el XXXVI Congreso Eucarístico Internacional a celebrar e Río de Janeiro (Brasil), encomendando a los PP. Jesuitas su organización. A la par, les permite que una reliquia de su santo fundador, parte del cráneo, salga de Roma y los acompañe en su periplo hasta tierras americanas. Todo ello porque, además, desde el 31 de julio de 1955 y hasta el mismo día de 1956 ha decretado la celebración de un año jubilar por el IV Centenario de la muerte de san Ignacio de Loyola.

La noticia en la España del momento tiene honda resonancia dada la nacionalidad del santo, el carácter confesional de la dictadura y la especial devoción del dictador por las reliquias. De esta manera es como se entiende la siguiente publicación del Boletín Oficial del Estado de 23 de octubre de 1955.

"DECRETO de 21 de octubre de 1955 por el que se disponen los honores que se han de tributar a las reliquias de San Ignacio de Loyola, con motivo de la celebración del IV Centenario de su muerte.
La conmemoración del IV Centenario de la muerte de San Ignacio de Loyola que se celebra durante el presente año y hasta el treinta y uno de julio de mil novecientos cincuenta y seis, dará lugar a solemnes actos, organizados para honrar a uno de los más grandes Santos de la Iglesia y a una de las figuras señeras de la historia de España. El Cráneo de Ignacio de Loyola, reliquia insigne del Santo, recorrerá procesionalmente varias ciudades españolas, y habiendo dispuesto el Gobierno, por Decreto de veinticuatro de junio del corriente año, el carácter oficial del Centenario, quiere ahora asociarse al júbilo de las poblaciones que tengan el honor de recibir la preciada reliquia de quien siendo Capitán del Ejército español derramó su sangre en defensa de la unidad de la Patria; contribuir al mayor esplendor de los actos que se organicen y rendir el honor que merece el hombre y el Santo genial que supo proyectar su acción bienhechora a través de los tiempos y de las tierras del mundo.
En mérito de lo expuesto, y de acuerdo con el Consejo de Ministros,

DISPONGO
Artículo único: Se tributarán los honores militares máximos al sagrado Cráneo de San Ignacio de Loyola, en aquellas capitales en que se organicen actos para recibir y venerar tan preciada reliquia.
Así lo dispongo por el presente Decreto, dado en Madrid a veintiuno de octubre de mil novecientos cincuenta y cinco.

FRANCISCO FRANCO

El ministro Subsecretario de la Presidencia del Gobierno,
LUIS CARRERO BLANCO"
(BOE, núm. 296, 23/10/1955, pp. 4-5).

El paso de la reliquia ignaciana por nuestro país significó su escala tanto en Gran Canaria como en Tenerife. El párroco de san Juan Bautista, D. Pedro Hernández Benítez, no podía permitir que Telde, aunque no fuera capital de provincia, quedara al margen de tan insigne visita. Así, consiguió convencer a las autoridades religiosas y civiles para que la reliquia pernoctase en su parroquia a su llegada a la isla por el aeropuerto de Gando. Los motivos que adujo fueron la secular raigambre jesuita de la ciudad, sus hijos jesuitas y demás anecdotario recogido en este artículo.

Llegada de la reliquia de san Ignacio de Loyola al aeropuerto de Gando (FEDAC)

El 17 de diciembre de 1955 llegó la reliquia al aeropuerto de Gando. Del mismo descendieron, tras el resto de pasajeros, el superior de la residencia del colegio capitalino de los jesuitas, P. Pablo Napal Escudero, portando el relicario con la sagrada reliquia. De esta manera fue recibido por las autoridades religiosas, militares y civiles allí congregadas al calor de lo dispuesto por el Jefe del Estado meses atrás.

De allí, fue trasladada a nuestra ciudad, entrando en procesión a la parroquia de san Juan tras recorrer la calle principal tapizada con alfombras de serrín y bajo la lluvia de pétalos que eran arrojados desde ventanas y balcones, todo ello dispuesto por la feligresía. La reliquia permaneció expuesta durante un día completo en el altar mayor antes de proseguir su ruta hacia la Catedral y, obviamente, también a la iglesia propiamente jesuita de san Francisco de Borja vecina.

Tras un periplo breve por otras iglesias del interior de la isla, dada la insistencia del obispo a la sazón, D. Antonio Pildain y Zapiain (vasco como san Ignacio), la reliquia partirá hacia Tenerife desde la Base Naval de Las Palmas en la corbeta “Descubierta”. Allí también fue recibida con los máximos honores tal cual podemos comprobar en el folleto publicado por la Acción Católica nivariense a los pocos días (Secretariado).

En la actualidad, la capilla de San Ignacio de Loyola ha trocado en capilla de Nuestra Señora del Carmen al desplazar esta imagen mariana a la del santo jesuita. Esta última ha pasado a venerarse en un lateral de la capilla de San José. El emplazamiento original de la Virgen del Carmen, probablemente de escuela genovesa, era el testero en el que hoy se encuentra la vitrina que custodia el tríptico flamenco de pincel.

"Segunda" imagen de san Ignacio de Loyola que permanece en su capilla 
(Fotografía del autor)

Por respeto a la voluntad del fundador de la capilla, en ella enterrado, así como en desagravio por la usurpación, se decidió costear una pequeña imagen de san Ignacio, probablemente de pasta de madera y de escuela olotina, para que permaneciera en su capilla en una repisa a la derecha de la imagen mariana.

Recreación de la disposición original del retablo (Fotomontaje del autor)

Si bien evita el posible agravio, no evita que la capilla y su magnífico retablo haya perdido su lectura iconográfica y devocional originaria, lectura que sería bueno se recuperara en una futura restauración integral del templo.


REFERENCIAS

AHPLP. Protocolos notariales. Escribano Pedro de Fernández de Chávez. Telde. 1568-1570.

Boletín Oficial del Estado, núm. 296, 23/10/1955.

Escribano Garrido, J. (1982). Los jesuitas en el desarrollo pastoral de la diócesis de Canarias entre 1566 y 1767. Lección inaugural del curso académico 1982-83. Publicaciones del Centro Teológico de Las Palmas. Imprenta Pérez Galdós. Las Palmas de Gran Canaria.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

Marín de Cubas, T. ([1694] 1993). Historia de las siete islas de Canaria. Canarias Clásica. Santa Cruz de Tenerife.

Nieremberg, J. E. (1882). Hechos políticos y religiosos del que fué cuarto duque de Gandía, virey de Cataluña y después tercero General de la Compañía de Jesús, Bto. Francisco de Borja, vol. 2. Imprenta de la viuda e hijos de J. Subirana. Barcelona.

Secretariado diocesano de prensa, cine y radio de la Acción Católica (1956). La reliquia de San Ignacio de Loyola en Santa Cruz de Tenerife. Goya ediciones. Santa Cruz de Tenerife.

09 noviembre 2024

DE TELDE A LAS PALMAS, HISTORIA DE UNA CARRETERA

Tramo de la carretera de Telde a Jinámar a la altura de La Primavera (FEDAC)

Las nuevas generaciones, acostumbradas a las autovías y autopista que casi circunvalan la isla, desconocen que la única carretera que unía la capital de la isla con el sur, entonces Juan Grande, discurría por el actual Paseo de San José, la playa de La Laja con su túnel y el pueblo de Jinámar hasta entroncar con San Juan cruzando el puente «de los Siete Ojos». Desde aquí, tras salir de la ciudad por la plaza de Arauz (hoy parque Franchy y Roca), seguía la carretera hacia Agüimes y demás localidades sureñas.

Quiso el Estado que esta carretera se construyese ya en 1848 siguiendo el camino vecinal que poco había cambiado desde tiempos de la conquista. Sin embargo, en el devenir político y económico de España, no será hasta 1863 (mejor 1866) cuando se inaugure en su totalidad tras el empuje dado a sus obras por el ingeniero teldense don Juan de León y Castillo que retoma el proyecto que de la misma ya había diseñado el ingeniero Antonio Molina (Hernández, p. 39).

«En el mismo caso [paralizada por falta de fondos] se halla la carretera cuya apertura fue autorizada en 1848 y que debía atravesar la isla por la parte del Norte uniendo a Las Palmas con el pequeño pueblo de Agaete, distante siete leguas de ellas; e igualmente acontece con el ramal destinado a enlazar la misma con Telde.
Si a tan escaso apoyo por parte del gobierno para llevar a cabo obras que imperiosamente exigen los intereses materiales en aquellas islas, y que son necesarias para el desarrollo de los elementos de riqueza que tanto al país como al Estado convienen favorecer, se agrega el abandono en que se encuentran la mayor parte de los ramos administrativos, fácilmente nos explicaremos el decaimiento de este hermoso país, su falta de población y su escasa riqueza actual, comparativamente con la que debería alcanzar («El Orbe», 8/04/1857, p. 4).

Quizás las quejas expresadas en 1857 causaron la llegada a la oficina de Obras Públicas de Gran Canaria de León y Castillo al año siguiente. Nada más pertrechar la oficina con lo necesario, se puso manos a la obra, entre otras cosas, con el proyecto que nos ocupa. De esta manera, el 15 de septiembre de 1859, ya puede presentar una memoria del mismo (Hernández, pp. 127-129), proyectando las obras en tres grandes tramos:
a) De San José al barranco de El Salto del Negro.
b) De El Santo del Negro a Juan Ruano (Vega de Jinámar).
c) De Juan Ruano a la ermita de san Pedro mártir. (Hernández, pp. 39-41).

A partir de entonces, las obras marcharían al ritmo de la financiación que el Estado le otorgaba tras declarar el proyecto como «carretera de segundo orden» y llegar a la colocación de la última piedra del séptimo arco del puente sobre el barranco de Telde el 6 de octubre de 1865 (Jiménez, p. 89).

Año 1860. Parece que ahora sí, pero no

La aprobación del proyecto no supuso el inmediato inicio de las obras. La financiación por parte del Estado no terminaba de concretarse por más reales decretos y subastas (concesiones) que se fueran aprobando.

«Un Real decreto declarando de segundo orden la carretera que partiendo de la ciudad de las Palmas termina en Telde (islas Canarias)» («La Gaceta militar», 18/07/1860, p. 3).

«Por reales decretos que publica La Gaceta, se declaran de segundo orden las carreteras que partiendo la una de la ciudad de las Palmas, en las islas Canarias, termina en Telde y la otra que partiendo de Toledo termina en Ciudad-Real» («El Día»», 19/07/1860, p. 2).

«La dirección general de Obras públicas ha señalado el día 10 de septiembre próximo para la subasta de las obras del trozo primero de la carretera de segundo orden de Palmas a Telde, cuyo presupuesto asciende a 426,478 rs. 27 céntimos» («El Reino», 26/07/1860, p. 3).

«Ministerio de Fomento. Relación por provincias de las carreteras que forman el plan general para la Península e islas adyacentes (…). Carreteras de tercer orden (…). Gran Canaria. Telde a Juan Grande por Agüimes» («El Clamor público», 2/10/1860, p. 3).

Año 1861. Sin financiación todavía

«El último correo de Canarias nos trae noticias de aquellas islas, que alcanzan hasta el 28 del pasado. Las obras públicas en Gran Canaria toman de día en día un incremento considerable, merced a la inteligencia y celo del joven ingeniero D. Juan de León y Castillo. La carretera al Puerto de la Luz, estará terminada dentro de dos meses, gracias a la actividad que han desplegado los contratistas Sres. Massieu, que a pesar de la falta de operarios y de los escasos recursos del país para esta clase de construcciones, han logrado superar todas las dificultades y hacer una obra modelo en su clase. El faro de la isleta está ya rematado por los mismos señores y pronto se comenzará a construir, y por último, la carretera de Las Palmas a Telde, tan necesaria porque pone en comunicación las dos poblaciones más importantes de la isla, también se ha rematado, y en breve se dará principio a la construcción» («El Universal»·, 24/02/1861, p. 2).

Año 1862. Por fin en proceso

«En la carretera de Las Palmas a Telde se trabaja con gran actividad, y es de esperar que muy pronto queden unidas por medio de ella los pueblos más importantes de la isla» («La Correspondencia de España», 6/01/1862, p. 3).

«El 16 de agosto se verificará en la Dirección de Obras Públicas las subastas de las carreteras siguientes: (…). El trozo tercero de las Palmas a Telde, provincia de Canarias, bajo el tipo de su presupuesto de contrata importantes 555,971 res. 52 cénts.» («La Regeneración», 10/07/1862, p. 4).

Año 1863. Conectados por la Marfea

El desarrollo de las obras en sí fue necesitando de más recursos que excedían lo presupuestado. De ahí que se suscitara el resquemor de otras provincias inmersas, también, en obras de ingeniería viaria. 

«Por el interés que puedan tener para nuestros lectores, y para complacer a algunos de provincias que lo han solicitado, ponemos a continuación un extracto de las subastas anunciadas por la dirección general de Obras públicas: (…). 4 de septiembre (…). De las obras de un fuerte para el paso del barranco de Telde, en la carretera de Las Palmas a Telde. Presupuesto, rs. vn. 453,393-64. Depósito, 22,600» («El Reino», 2/07/1863, p. 1). 

Se llevaría a cabo la mencionada subasta, finalmente, el 18 de septiembre («Gaceta de los caminos de hierro», 2/08/1963, p. 8).

No en vano, era cierto que salvar algunos escollos en el trazado de la carretera insular proyectada conllevaba un esfuerzo ingente de recursos, no solo en la época sino en la actualidad.

«Las obras públicas adelantaban en todas las islas. El 4 del actual a las once de la mañana han quedado en comunicación las dos cámaras que venían simultáneamente practicándose para el establecimiento del túnel de Mar-fea en la carretera de segundo orden de Santa Cruz (sic.) a Telde. Esa hora fue de verdadero júbilo y entusiasmo para los encargados de la obra y operarios, quienes unos en pos de otros se lanzaron por la brecha abierta en el tabique que separaba ambas cámaras» («La Correspondencia de España», 22/07/1863, p. 2).

El túnel de la Marfea o de La Laja en dirección a la capital (FEDAC)

«Dice nuestro apreciable colega el País de Canarias:
«El 28 de Noviembre último ha quedado abierta a la circulación el segundo trozo de la carretera de segundo orden de las Palmas a Telde, en esta isla.
Entre las obras que abraza este trozo, llaman la atención, por su importancia, el túnel de la mar fea, abierto en roca viva, de 111 metros de longitud; y el puente de la cuesta empedrada de cosa de 17 metros de elevación.
Solo el Estado ha podido llevar a cima la obra del túnel, obra asombrosa por la clase de roca que se ha practicado que esa la más dura que la geología nos presenta, midiendo un cubo de desmonte de 111 metros lineales, por una sección de cerca de 20 metros cuadrados, que hacen 2,200 metros cúbicos; y esto sin contar el desmonte en la misma clase de roca que ha precedido seguido al túnel propiamente dicho» («El Clamor público», 25/12/1863, p. 3).

Año 1864. La novedad, ayer como hoy

«Ayer recibimos la correspondencia de Canarias con noticias de aquellas islas que alcanzan al 26 de diciembre último, en cuya fecha, era bueno el estado sanitario de todas ellas (…). La carretera que une a Telde con las Palmas, terminada hace poco, se halla constantemente transitada por los coches de las personas más ricas del país, que han convertido a la ciudad de Telde en un delicioso sitio de recreo» («El Eco del país», 6/01/1864, p. 3).

«Canarias. Hemos recibido noticias de aquellas islas que alcanzan al 14 del corriente: (…). La rica ciudad de Telde, unida ya a Las Palmas por una buena carretera, se hallaba constantemente visitada por numerosas personas que acudían a ella a pasar los días festivos en dulce esparcimiento, y se preparaban muchas familias, de las más acomodadas del país, a veranear en aquella ciudad que tantos recursos encierra, y donde las brisas del mar extinguen casi por completo los ardores del reverberante sol de los trópicos» («La Razón española», 26/05/1864, p. 2).

El crecimiento económico de la ciudad de Telde se vio favorecido con esta vía de comunicación de primer orden que los ha conectado a la capital (con su puerto en ciernes). Así, del mismo modo, se buscó la mejora de su conexión hacia el sur. 

«Carreteras de tercer orden. (…). Las Palmas a Agüimes por Telde» («El Reino», 14/09/1864, p. 1).


1866: El puente sobre el barranco de Telde, el de los ¿Nueve Ojos?

El puente sobre el barranco de Telde (FEDAC)

Visto lo anterior, se sobrentiende que ya se podía circular por él desde 1864. Sin embargo, en honor a la verdad, el puente no se dio por finalizado oficialmente hasta dos años después.

«En los periódicos de Canarias que recibimos ayer, hallamos las noticias siguientes:
Dice El Auxiliar: (…).
El ingeniero jefe de Canarias ha sido autorizado por la superioridad, para recibir definitivamente con las formalidades de ley, las obras del puente de Telde, ejecutadas por su contratista D. Antonio Matos y Moreno» («La Reforma», 22/09/1866, p. 2).

Como en toda obra sobre plano, la realidad a veces se impone. Quizás al contratista Matos y a su cuadrilla, así como al devenir de la propia obra, debamos que el puente que León y Castillo soñó con nueve ojos (Jiménez, p. 80), se quedara finalmente en siete y, así, nombrado por todos los teldenses.


REFERENCIAS

Florido Medina, G. (2016). «El puente de los Siete Ojos cumple un siglo y Medio» en TeldeActualidad, 28/06/2016, https://teldeactualidad.com/archive/93066/cultura [consultado el 9/11/2024].

Hernández Gutiérrez, A. S. (2006). Juan de León y Castillo. Biografías de Científicos Canarios. Oficina de Ciencia, Tecnología e Innovación del Gobierno de Canarias. Las Palmas de Gran Canaria.

Jiménez Martel, G. (2002). «La carretera de Las Palmas de Gran Canaria a la ciudad de Telde. El instrumento del progreso y desarrollo de la zona sur-este de la Isla» en Boletín Millares Carló, núm. 21, pp. 63-91. 


REFERENCIAS HEMEROGRÁFICAS

«El Clamor público», 2/10/1860 y 25/12/1863.


«El Día», 19/07/1860.


«El Eco del país», 6/01/1864.


«El Reino», 26/07/1860, 2/07/1863 y 14/09/1864.


«Gaceta de los caminos de hierro», 2/08/1863.


«El Orbe», 8/04/1857.


«El Universal»·, 24/02/1861.


«La Correspondencia de España», 6/01/1862 y 22/07/1863.


«La Gaceta militar», 18/07/1860.


«La Razón española», 26/05/1864.


«La Reforma» 22/09/1866.


«La Regeneración», 10/07/1862.



02 noviembre 2024

EL CUADRO DE ÁNIMAS DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN ¿OBRA COLONIAL DEL SIGLO XVII?

Cuadro de Ánimas o del Juicio Final - Anónimo (1675)
Basílica de San Juan Bautista de Telde (Fotografía del autor)

De este lienzo que preside el retablo de Ánimas nos dice don Pedro Hernández que «fue pintado en el año 1675, habiendo costado la obra de pintura 379 reales y 2 cuartos» (Hernández Benítez, p. 100). Sin embargo, nada nos asegura de su autor. En primer lugar, porque no hay constancia alguna en la documentación que obra en el archivo parroquial. En segundo lugar, porque el mismo lienzo carece de firma (Hernández Benítez, p. 101) o, al menos, eso afirma el benemérito sacerdote sin darse cuenta de que, quizás, sí que la tenga. Lo que ocurre es que también conoció el lienzo bastante oscurecido, tal cual lo apreciamos aún hoy. «Lástima grande que algún escrupuloso mayordomo de Fábrica, en tiempos ya lejanos, embadurnara la parte baja de este excelente lienzo, para oscurecer los artísticos desnudos en los que pueden apreciarse escorzos magníficos y rostros de un realismo sorprendente» (Hernández Benítez, p. 102). Quizás una correcta y más que necesaria restauración desvelaría una posible firma y, con ella, su autor.

Para tal fin estuvo el lienzo en los almacenes del actual Museo de Arte Sacro tras ser remitido por el sacerdote don Teodoro Rodríguez. Sin embargo, fue devuelto a su parroquia en 2000, tras más de dos décadas y sin que se apreciara mejora alguna, en tiempos del sacerdote D. Francisco González. Marcos Hernández Moreno, su restaurador, aseguró que no se podía hacer más porque en los intentos de limpieza se dañaba irremediablemente la pintura original (Calderín, p. 89)

En cuanto a la autoría, don Pedro Hernández señala que su creador debió inspirarse en artistas como Rubens o Memling, pero que, indudablemente, debe ser una obra «de escuela española sevillana» con «inspiración de la flamenca». Por si fuera obra canaria, entre los pintores que han trabajado en la basílica a lo largo de su historia, descarta a Cristóbal de Quintana al no ver comparación con otras de sus obras, señalando como hipótesis a «Juan de Silva, Juan Rodríguez o Juan Pablo» (Hernández Benítez, p. 102). No se percató, mientras escribía, de que el primero de estos tres vio la luz en Santa Cruz de la Palma en 1687, años después de la creación del lienzo que nos ocupa.

En realidad, claramente fue otra la inspiración del artista, el grabado «El juicio final» realizado en Roma por Philippe Thomassin en 1605. Así lo demuestran las coincidencias entre el grabado y la obra que nos ocupa: la disposición vertical trinitaria de Dios Padre, Espíritu Santo, Jesucristo, sobre el Mundo y el arco iris; la central del arcángel san Miguel que domina al demonio; la disposición y estilo de la puerta del paraíso en el margen izquierdo desde la que suben al cielo las ánimas; la figura del esqueleto que con su guadaña, en el horizonte, ciega las vidas, así como la del Leviatán que engulle a los condenados en el margen inferior derecho.

Grabado sobre el Juicio Final de Philippe Thomassin (1608) 
(Brewer et Fromont, p. 960)

Este grabado se dio a conocer en las Indias de la mano de los misioneros religiosos que lo usaban en sus catequesis con los indígenas. En la escuela pictórica colonial del siglo XVII arraigó como el prototipo para la representación de la escena del Juicio Final gracias al pintor Diego Quispe Tito que gustaba inspirarse en estos grabados para sus obras. Si atendemos a su lienzo «Las postrimerías o el Juicio Final» pintado, casualmente, en 1675 para la iglesia del convento de san Francisco del Cuzco, nos daremos cuenta, inmediatamente, que podría ser el autor que buscamos.

Las Postrimerías o El Juicio Final de Diego Quispe Tito (1675) (Wuffarden, p. 3) 

Por otro lado, podemos atender al cuadro de «El Juicio Final», indudablemente de la misma escuela, que obra en la parroquia de Ntra. Sra. del Rosario de Siachoque en Boyacá (Colombia). El parecido con el teldense también es evidente. Lástima que tampoco se conozca su autoría lo que habría ayudado a acotar la atribución que nos ocupa.

Cuadro de Ánimas o de El Juicio Final - Anónimo (s. XVII)
Iglesia de Ntra. Sra. del Rosario de Siachoque en Boyacá (Colombia)
(Brewer et Fromont, p. 961)

Dada la procedencia de estos lienzos sobre los novísimos, podríamos aventurar cómo llegó a Telde uno de ellos. Hemos visto que este modelo iconográfico fue promovido fervientemente por los franciscanos (Wuffarden, p. 3). Casualmente, entre los años 1673 y 1674 (Rodríguez, p. 422), ejercía como servidor en la iglesia de San Juan, mientras se proveía su beneficio, el predicador conventual del cenobio minorita teldense fray Juan Pablo Díaz (Rodríguez, p. 164). Este bien pudo promover la compra del lienzo que, encargado a sus hermanos en las Indias, terminaría llegando a la parroquial en 1675.

Sabemos del trasiego de frailes franciscanos entre el convento teldense y las misiones en las Indias por lo que bien pudo venir con alguno de ellos el lienzo a las islas. Por eso no se cita el autor en los registros del archivo dado que, además, desde los prejuicios del momento, este no era más que un indígena, una obra de arte de inferior categoría.

Es lógico que para conseguir los fondos necesarios para su adquisición se llevara a cabo una cuestación entre los feligreses. Con seguridad, entre las aportaciones recibidas, se encontraba la del matrimonio formado por Francisco Yanes Perdomo y Beatriz de Ortega Sánchez cuyos dos hijos eran sacerdotes. De hecho, uno de ellos, Francisco Yanes Ortega, terminará siendo beneficiado de San Juan entre 1684 y 1694 (Rodríguez, p. 422), promoviendo la construcción de la capilla de San Ignacio de Loyola.

«Hijo de una nobilísima familia oriunda de Realejo en Tenerife» (Hernández Benítez, p. 243), no tenemos duda de que eran parientes del mayordomo de la parroquial de Santiago del Realejo, Francisco Yanes Barroso quien, en el año 1669 y por un precio bastante mayor que el teldense (759 reales), había comprado el cuadro de Ánimas que sigue obrando en la mencionada parroquia tinerfeña (Hernández Abreu, p. 102). Tampoco reseña a su autor en la documentación del archivo por lo que podemos pensar que lo ayudaron a traerlo de las Indias, si de allí procede, los religiosos franciscanos del convento de Santa Lucía ya que, a todas luces, sigue el mismo modelo iconográfico.

Cuadro de Ánimas o de El Juicio Final - Anónimo (1669)
Parroquia de Santiago de Los Realejos de Tenerife (Hernández Abreu, p. 102)

En resumen, parece evidente que el cuadro de Ánimas de la basílica de San Juan es una obra de arte colonial del siglo XVII y que llegó a la isla de mano de los religiosos franciscanos que allá misionaban. Dadas las características propias se puede atribuir su autoría al taller de Diego Quispe Tito (1611-1681), si no a este directamente.


REFERENCIAS

Calderín Ojeda, L. (2024). «La pintura de los Cuadros de Ánimas en Gran Canaria. Tres ejemplos significativos: Telde, Teror y Santa Brígida» en Revista de Historia Canaria, núm. 206, pp. 79-92.

Hernández Abreu, P. (2018). «Arte y devoción en torno a la muerte. Las cofradías de ánimas de Los Realejos» en Revista de Historia Canaria, núm. 200, pp. 95-108. 

Hernández Benítez, P. (1958). Telde (sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos). Talleres tipográficos de Imprenta Telde. Telde. 

Rodríguez Calleja, J. E. (2015). La población de Telde en el siglo XVII, un modelo demográfico comparado. ULPGC. Las Palmas de Gran Canaria.

Wuffarden, L. E. (2020). «Diego Quispe Tito y el Juicio Final en los Andes» en Quipu Virtual. Boletín de Cultura Peruana, núm. 23, pp. 1-4.


OTRAS FUENTES

Brewer García, L. et Fromont, C. (2023). «From Hell to Hell: Central Africans and Catholic Visual Catechesis in the Early Modern Atlantic Slave Trade» en Art History, núm, 46, pp. 946-977.

Lozada, N. (2012). La incorporación del indígena en el Purgatorio cristiano: estudio de los lienzos de ánimas de la Nueva Granada de los siglos XVI y XVII. Universidad de los Andes. Bogotá.

Rodríguez, F. de M.ª. (1969). «Notas para un diccionario biográfico de pintores peruanos (1535-1821)» en Fénix. Revista de la Biblioteca Nacional del Perú, núm. 19, pp. 193-257.