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19 enero 2026

DE LA ERMITA TELDENSE DE LOS SANTOS SEBASTIÁN Y ROQUE

Fotografía aérea del barrio de San Sebastián de la ciudad de Telde (Google Earth)

Tuvo nuestra ciudad, desde el momento de su repoblación tras la conquista realenga de las islas, una ermita al santo mártir Sebastián, conformándose a su alrededor un pequeño barrio que, aún hoy, está situado en una de las salidas de la ciudad hacia el cauce de su Barranco Real, acceso que en sus orígenes era el principal camino a las tierras de Tara y del interior de la isla.

Siguiendo una información del licenciado Fernán González de la Costa que la visitó en 1555, según la documentación conservada en el archivo parroquial de san Juan Bautista (Hernández, p. 179), la ermita tuvo su origen “cuando se fue a conquistar y se ganó la isla de la Palma” (a saber, 1492-1493); que también fue dedicada conjuntamente a san Roque, “después del año de la pestilencia” (“la modorra” de 1526), y que fue bendecida, que no consagrada, por el obispo de Marruecos “habrá cuatro años” (por lo tanto, 1551).

Esta información, además, se complementa con los estatutos de la cofradía del santo que obran en el mencionado archivo y que retrotraen su existencia a 1490 (Hernández, p. 177). Por lo tanto, la construcción de la ermita fue fruto de la voluntad de los cofrades, construcción que, al calor de otros documentos, sabemos que se alargó en el tiempo, más allá de la visita del licenciado González, pues Luisa de Troya, en su testamento de 20 de mayo de 1569, lega “a la iglesia de san Sebastián de Telde, para su obra, dos reales en aceite para su lámpara” (AHPLP, pp. 260r.-263v.). 

Tampoco podemos descartar que se trate de obras de acondicionamiento y mejora pues en 1757, su mayordomo Domingo Monagas y Sorita, tendrá que recurrir a la cuestación popular para las reparaciones pertinentes ante la amenaza de ruina (Hernández, p, 180).

Muchos son los lugares de Gran Canaria que contaron desde su conquista con ermitas de san Sebastián, generalmente a las afueras de la ciudad, para que quedaran protegidas de pestes y demás epidemias. Todavía subsisten las de Agaete, Gáldar, Guía y Agüimes (su parroquia) pero sabemos que también existieron en la capital, bajo lo que hoy es el banco de España en las inmediaciones del parque de san Telmo, y Arucas, bajo lo que hoy es el edificio de su mercado municipal. Del mismo modo, también hay reseñas de cofradías del santo en las parroquiales de Santa Brígida o San Bartolomé de Tirajana.

La motivación para la creación de su iglesia en Agüimes no responde, sin embargo, a la protección del santo contra las epidemias, sino a que en su día, un 20 de enero de 1487, los Reyes Católicos concedieron el término como señorío jurisdiccional al obispo de Canarias.

Del mismo modo, me atrevo a apuntar que la de Telde pudo tener también otra motivación pues el santo es protector de los ejércitos (patrón de militares), erigiéndose su cofradía y proyectándose su ermita como intercesión para los que acudirían a la conquista de La Palma como parece indicar la información de 1555. No en vano, cuando transcurre la epidemia de “la modorra” de 1526 (Hernández, p. 177), prefieren rogar a otro santo, a san Roque. 

En este sentido, el testamento de Cristóbal García de 1539 (Chil, p. 488), parece dejar entrever que se está promoviendo la construcción de una nueva ermita, otra aparte, a san Roque, para la que lega dinero al margen de lo legado para la de san Sebastián y san Roque, dejando entrever que esta doble intitulación sería momentánea. Sin embargo, no llegó a buen término pues la realidad que se impuso fue la de ambos santos como cotitulares de la única ya existente.

Destacar que los teldenses, no solo se acogieron a la protección divina en aquellos días, sino también a remedios más humanos fruto de los avances médicos hasta ese momento. Así se desprende del poder que otorga Juan de Castro en 12 de junio de 1528, para que Fernando Fragoso pueda cobrar “a los vecinos y moradores de Telde, de todos y cada uno, y de Rodrigo de Cubas, alguacil de la ciudad, 4 doblas de oro por sus servicios que les hizo en el hospital de la misericordia de Telde en el tiempo en que estuvo enferma de pestilencia” (AHPLP, p. 186r.).

Esta ermita llegó a tener un tesoro bastante importante dentro de su modesta condición de ermita. Según un inventario levantado en 1544 por el visitador doctor don Antonio Nieto, sabemos que la ermita contaba con “un frontal a manera de artes con siete tiras anchas labradas, granas; otro lienzo guardamesí de colores. Una imagen de Nuestra Señora de barro, que es obrada, dentro de un tabernáculo viejo. Item una imagen pequeña de San Sebastián de bulto. Item un retablo de un crucifijo pintando de lienzo de pincel grande, guarnecido de madera pintada de azul. Item, un paño que está en el altar, de lienzo con la imagen de San Sebastián. Item, otro paño pintado, de lienzo, pintada una imagen de Nuestra Señora del Rosario, Item, otro paño de figuras de lienzo en que está pintada la Encarnación y el Nacimiento y los Reyes. Item, otra imagen, pequeña, de bulto, dorada, de San Roque. Item, un paño que está por frontal en el altar, con una pintura de Flandes. Item, un cáliz de plata, dorado por dentro y el borde labrado y al pie una imagen de San Sebastián y otra de San Roque, y una cruz en el pie con una letras que dicen jhus, con purificador y funda de lienzo. Item, una tabla con unas letras de la consagración, escritas en pergamino” (Hernández, pp. 178-179).

Este tesoro se fue enriqueciendo con el paso de los años. Ya en 1722, al calor de un nuevo inventario, sabemos que, además, la ermita contaba con una excelente pinacoteca formada por “ocho cuadros grandes de lienzo, cuyas advocaciones son: San Juan Bautista, San Pedro, San Pablo, San Gregorio Taumaturgo, San Cayetano, San Antonio de Padua, Santa Catalina Mártir y Santa Inés Mártir (Hernández, p, 180). Del mismo modo, en 1799, “con buenas imágenes para solemnizar la Semana Santa”, como un Cristo atado a la columna, una virgen de la Soledad y otra de san Juan evangelista (Hernández, pp. 179-180). 

Sobre las imágenes de Cristo flagelado y de la Soledad encargadas a Luján Pérez por los herederos de Juan Alonso alrededor de 1798 (Hernández, p. 227), se fundamentó la leyenda popular, no comprobada documentalmente, sobre el enfado del imaginero que mandó trasladarlas por las bravas nuevamente a su taller al dilatarse el pago acordado. La tradición va más allá y asegura que son las mismas que, actualmente, se veneran en la parroquial guiense.

Del mismo modo, sostiene la tradición popular que el destino del mencionado san Juan evangelista de la ermita y, probablemente, un desconocido san José que también se veneraba en ella, terminaron formando parte del oratorio privado que el sacerdote Cristóbal Suárez González erigió en noviembre de 1885 a la Virgen de la Salud en la Era de Mota (Valsequillo). En la actualidad están desaparecidas. 

A colación del destino del ajuar de la ermita, como particularidad, nótese que en el inventario de 1799 se hace referencia a una imagen de Santa Rita que se veneraba en el altar mayor de la ermita, imagen que, suponemos, sea la que aún hoy se conserva en la cercana iglesia de San Francisco de la ciudad.

En resumen, la humildad de la ermita contrastaba, no obstante, con su rico tesoro y ajuar, así como con la actividad religiosa que desarrollaba. Destacaba en los cultos a sus titulares en sus respectivas festividades al engalanar la ermita y su artesonado con ramas olorosas. También era centro de atención en los actos de Semana Santa de la ciudad, no solo al procesionar desde ella el Cristo atado a la Columna la noche del Martes Santo (Hernández, p. 227), sino también al ser estación de penitencia de las procesiones de las demás cofradías de pasión teldenses así como por la decoración con ramas y naranjas de su "monumento" el Jueves Santo. Por último, porque también en la solemnidad del Corpus Christi, ambos patronos acompañaban al Santísimo Sacramento en el cortejo procesional de la parroquia (Hernández, p. 180).

Imagen "originaria" de san Sebastián - Museo Diocesano de Arte Sacro
(Fotografía del autor)

¿Imagen "originaria" de San Roque? - Parroquia del Valle de San Roque
(Fotografía del autor)

Con respecto a la imagen titular, hoy en el Museo de Arte Sacro Diocesano, nos revela su procedencia americana un inventario de 1579 al recoger que la imagen del titular es “de bulto, de alabastro, (…) con una peana dorada, que se dice la enviaron de Indias para la dicha ermita” (Hernández, p. 108). Aunque hoy haya perdido la policromía, podemos imaginar la que mostraba pues en otro inventario, este de 1712, describe la imagen “con su peana azul, en que está un árbol matizado de verde y encima de las dos puntas, que tiene el dicho árbol, una imagen de bulto de un ángel”. Teniendo en cuenta el cambio de color de la peana podemos pensar en un repintando de la misma por la pérdida del dorado con el paso de los años, mostrando el resto de la imagen el color propio de las carnaciones dada la desnudez del santo que solo muestra un paño de pureza.

A las primitivas imágenes de san Sebastián y de san Roque, le sucedieron en el culto, quizás para solventar su reducido tamaño, dos tallas de madera de mayor tamaño y factura dieciochesca ya que, con total probabilidad, fueron parte del plan de mejora de la ermita que culmina con la restauración integral del edificio estudiada de 1757.

Estas "segundas" imágenes se siguen venerando en la actualidad en la basílica de san Juan Bautista de nuestra ciudad. La "originaria" de san Roque, "pequeña, de bulto y dorada" según el inventario citado de 1544, creemos que se puede tratar de la que el sacerdote de la parroquial teldense, José Marín y Cubas, entronizó en la ermita del Valle de San Roque cuya edificación promovió entre los años 1728 y 1735 lo que, desafortunadamente, ha dado por sentado que la talla es del siglo XVIII, si bien podría ser la que nos ocupa del s. XVI remozada.

"Segunda" imagen de San Sebastián - Basílica de san Juan Bautista
(Fotografía del autor)

"Segunda" imagen de San Roque - Basílica de San Juan Bautista
(Fotografía del autor)

Finalmente la ermita fue mandada a demoler por el alcalde de la ciudad don José Falcón Vega al calor de los acontecimientos de la revolución Gloriosa de septiembre de 1868. No hay constancia documental de por qué se tomó tal decisión y no la de su reconstrucción si el motivo era que la ermita amenazaba ruina nuevamente, todo ello dado que el supuesto anticlericalismo de la corporación municipal del momento no prosiguió con la expropiación de otros espacios sagrados.

De nada sirvieron las súplicas del párroco del momento, don Juan Jiménez,Quevedo, para que tal derribo y profanación no se llevara a cabo (Hernández, p. 178).

En la tradición popular hay quien indica que este alcalde, interesado en el lugar por algunas propiedades colindantes, suyas o de sus allegados, no dudó en prender fuego a la ermita para acelerar su ruina. Esta idea interesada del alcalde se contrapone con el destino que se dio al solar de la ermita, pública subasta, sin que se especificara a qué se destinó el dinero logrado por la misma. 

Este solar, en la actualidad, probablemente sea el que terminó por acoger el gran estanque que existe aún dentro de la propiedad privada que constituye la denominada “Finca de Santa María”, en la calle que aún conserva el nombre del santo.

Posible localización a partir de pormenor del plano de Torriani de 1590,
que señala su emplazamiento con la letra "e",
y una fotografía aérea de Google Earth (fotomontaje del autor)

En el archivo histórico municipal, aún sin catalogar adecuadamente, se conserva en la documentación sobre el cementerio municipal un acta que revela el destino que se dio a las lozas de cantería que formaban el enlozado de la ermita. Con ellas se enlozó, a su vez, los dos grandes cuartos que conformaron los cuartos de aparejos del sepulturero y que hoy, remozados con enlozado moderno, son la capilla y sala-velatorio del mismo.


REFERENCIAS

AHPLP. Protocolos notariales. Cristóbal de San Clemente. Las Palmas de Gran Canaria. 1528-1529.

AHPLP. Protocolos notariales. Escribano Pedro de Fernández de Chávez. Telde. 1568-1570.

Chil y Naranjo, G. (1891). Estudios históricos, climatológicos y patológicos de las Islas Canarias, Vol. 3. Imp. La Atlántida. Las Palmas de Gran Canaria.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

03 mayo 2025

DE LA APARICIÓN DE LA SANTA CRUZ EN NUESTRA CIUDAD

Santa Cruz de El Alcaravanal de Telde (1938) - Fotografía del autor (2018)
(con mi gratitud a Dª Fátima Ascanio Panyasart, hermana del marqués del Muni)

“Sobre la aparición de una cruz en la ciudad de Telde
Durante la tarde del sábado, corrió por la ciudad el rumor que en la ciudad de Telde había aparecido en el tronco de un pino, que unos obreros habían cortado, una cruz, y que el hallazgo había causado general curiosidad.
Se decía que los obreros que se dedicaban a cortar el grueso tronco, al llegar al corazón del mismo, la sierra no funcionaba, y probándolo hasta tres veces, decidieron abrirlo por medio de cuñas, quedando estupefactos al encontrarse en el mismo corazón del tronco, perfectamente dibujado, el signo de la redención.
Guiados por la curiosidad, ayer acudimos a la ciudad de Telde, y efectivamente, en la finca de la señorita de León y Castillo, en el barrio de San Antonio, pudimos apreciar en cada uno de los dos trozos del pino, perfectamente dibujada, una cruz de color oscuro, más visible en una mitad que en la otra.
Durante todo el día de ayer la asistencia de público no sólo de Telde, sino de los pueblos cercanos y de Las Palmas, fue extraordinaria, constituyendo una verdadera romería, quedando todos admirados del prodigio, incluso muchos sacerdotes.
Nosotros oímos muchísimos y muy variados comentarios sobre la aparición de la Cruz, pero no creemos conveniente dar a la publicidad, esperando a que las autoridades competentes en la materia den su opinión sobre el asunto” (“Diario de Las Palmas”, 25/04/1938, p. 5).

Las nuevas generaciones desconocen que el jueves 21 de abril de 1938, jueves de la octava de Pascua, unos trabajadores de la finca de la marquesa del Muni situada en El Alcaravanal, en el camino a La Pardilla, encontraron en el interior del tronco del árbol que aserraban una gran marca en forma de cruz latina. Esta historia es la que siempre contó mi abuelo paterno, Expedito Alonso León, manteniendo con auténtica fe la versión que relató en su momento al periódico, incluso, al confrontarlo con mis dudas sobre si tal señal no serían sino las marcas de las cuñas usadas que, seguramente, dilataron aplicándole fuego para fracturar con mayor celeridad el tronco (de ahí el color negro de una de las cruces).

De izquierda a derecha, Nicolás Hernández Pulido, Paulino Hernández Pulido,
Antonio Henríquez González y mi abuelo paterno, Expedito Alonso León
(Fuente: "La Provincia", 26/04/1938, p. 3)

En el lugar conocido por “El Alcarabanal”, en Telde, aparece en un árbol el signo de la cruz, lo que ha causado curiosidad entre el vecindario.
El domingo, la afluencia de gente a dicho lugar fué enorme.
Una enorme multitud acudió el domingo a la ciudad de Telde a causa de los insistentes humores [sic] que corrieron sobre la aparición de una cruz en el troco [sic] de un árbol de la finca propiedad de la señorita Dolores de León y Castillo, enclavada en el sitio conocido por “El Alcaravanal”.
Y como es natural nosotros también acudimos a comprobar la veracidad de los rumores. Vimos, como el numeroso público allí estancionado [sic], el signo de la cruz perfectamente dibujado en un pedazo del tronco de un árbol, que según nos manifestaron es un pino marino. Los comentarios sobre el mismo ha sido muy variados, pero nosotros nos vamos a limitar a transcribir lo que nos manifestó el mayordomo de la finca, Expedito Alonso León. He aquí lo que nos dijo.
“El jueves pasado, a eso de las once, me encontraba talando este pino marino que ustedes ven, con el trabajador de la finca Manuel Peña Sánchez. La operación de serrar el árbol se llevó a efecto sin inconvenientes hasta más de la mitad del tronco. De pronto notamos que la sierra resbalaba como si hubiera encontrado un trozo de metal o algo que es imposible cortar con aquella sierra.
Como habíamos hecho en varias ocasiones procedimos a colocar unas cuñas para facilitar el corte. En este preciso momento llegaron Antonio Henríquez González y Pedro y Nicolás Hernández Pulido, los que también trabajaron con el fin de pasar con la sierra este tronco que oponía dura resistencia.
Sin lograr, como nosotros, su propósito.
Entonces, apretamos las cuñas con alguna violencia saltando por este motivo un trozo de árbol que cayó a nuestros pies. Cuando lo recogimos para retirarlo vimos, con la consiguiente sorpresa, que en el mismo aparecía en negro una cruz de unos veinte centímetros de alto por unos ocho o diez de ancho. La noticia corrió inmediatamente por la ciudad de Telde acudiendo a los pocos momentos tal cantidad de gente que tuvimos que colocar el trozo de árbol en una habitación, a fin de que pudiera ser visto por el público con más facilidad”.
Esto fue lo que nos contó Expedito Alonso León. Por nuestra parte solo nos queda que decir que el domingo vimos llegar numerosos automóviles de Las Palmas, en los que viajaban personas conocidísimas” (“La Provincia”, 26/04/1938, p. 3).

Multitud de curiosos en el lugar el domingo 24 de abril de 1938
(Fuente: "La Provincia", 26/04/1938, p. 3)

De la afluencia de gente al lugar en automóviles, debo añadir que una prima hermana de mi madre, la entrañable vecina de San Juan Dª Carmita Morales Morales (+ 2008), siempre nos contó que “el cura estaba bastante preocupado por lo que todo el mundo manifestaba” (bastante incrédulo) y que pronto llegó “un camión lleno de militares a ver qué estaba pasando”. No en vano, en plena contienda civil española, es de suponer que aquellas multitudes debían ser vigiladas por los actos que pudieran derivarse de tal encuentro.

Desde 1938 en adelante, las romerías han continuado aunque ya no sean tan numerosas. Raro es el año en que un pequeño grupo de romeros, generalmente vecinos de San Antonio y La Pardilla, no celebren el día de la Cruz (3 de mayo) en el lugar que quedó rebautizado desde entonces como "Finca de la Cruz". Ataviados con nuestra vestimenta tradicional llegaban con tocadores y cestas para el enyesque festivo. Si esta celebración se ha podido seguir haciendo, ha sido gracias a la bondad de la familia de los marqueses del Muni que permiten acceder a su propiedad. De hecho, esta misma familia levantó un pequeño y original oratorio neocanario en el que, en sendas hornacinas acristaladas, pueden admirarse los dos trozos del tronco que siguen siendo testigos de aquella Telde de antaño.

En honor a la honestidad de mi abuelo -estoy seguro de que habría reconocido la invención de serlo-, y ante la ausencia de un análisis pormenorizado y químico de las marcas en ambos trozos del tronco, me atreví a proponer otras posibles causas a tal hallazgo. Así, bien pudo ser que en el pasado alguien grabara una cruz o incrustara alguna sobre el tronco y éste, al crecer e ir engrosando, la terminara absorbiendo cual cicatriz. Al encontrarse el lugar en la entrada natural desde su puerto al núcleo fundacional de la actual ciudad, bien pudieron ser los hacedores de este "prodigio" antiguos misioneros de entre los que llegaron a la isla desde el s. XIV (Alonso, p. 28).


REFERENCIAS

Alonso Morales, E. C. (2018). "Acerca del puerto de Telde, de cuando la Historia atracó en nuestra ciudad" en Guía Histórico Cultural de la Ciudad de Telde, núm. 27, pp. 25-30.

"Diario de Las Palmas", 25/04/1938.

"La Provincia", 26/04/1938.

12 abril 2025

LA SEMANA SANTA EN LOS LLANOS A MEDIADOS DEL SIGLO XX

San Juan Evangelista en la plaza de San Gregorio (FEDAC)

Con el paso de los años, tras el Concilio Vaticano II y la renovadoras ideas que desdeñaban de lo hasta entonces tradicional, fueron quedando en el olvido algunos de los actos que por Semana Santa se llevaban a cabo desde la parroquia de San Gregorio Taumaturgo de nuestra ciudad.

La parroquia de los Llanos de Jaraquemada recibía la Semana Santa con todos sus altares despojados de cualquier ornamentación floral desde el miércoles de Ceniza en que daba comienzo a la Cuaresma. A partir del V Domingo de la misma, además, los santos de sus altares y retablos y hasta la cruz del altar quedaban cubiertas con telas moradas como antesala de los misterios que se iban a solemnizar durante la semana mayor.

La "Burrita" hacia San Juan entrando a la calle Portería desde la calle Carreñas
(Fuente: desconocida, imagen viralizada vía whatsapp)

El domingo de Ramos se conmemoraba la entrada triunfal a Jerusalén con la procesión de “la burrita” cuyo recorrido se alternaba cada año entre la iglesia de San Gregorio Taumaturgo y la de San Juan Bautista. Un año bajaba y otro subía, no en vano, la escultura del Señor “en su entrada triunfal en Jerusalén” fue comprada en los talleres olotinos por ambas parroquias a la vez. Perdida la tradición y, según dicen, por cierta animadversión entre los párrocos de las citadas iglesias, terminó siendo custodiada en la basílica menor de la que ha seguido procesionando cada año hasta la actualidad.

En esta jornada, muchas familias estrenaban sus nuevos vestidos y trajes que habían encargado a las modistas y costureras locales pues, además, recién se estrenaba la primavera, el cambio de temporada. Era el momento, además, en que los jóvenes que atravesaban ya la adolescencia dejaban atrás sus pantalones cortos para comenzar a lucirlos largos, mucho más adecuados a la "madurez" en la que ya principiaban. Entre las mujeres, destacaba el uso de la mantilla canaria y de la española. 

Mujeres con mantilla española durante la Semana Santa teldense (FEDAC)

El Miércoles Santo se llevaba a cabo la procesión "del encuentro” que en nada desmerecía de la que recorría las calles de Vegueta. En sus tronos salían del templo la bella Virgen de los Dolores de Silvestre Bello de luto riguroso, san Juan Evangelista con sus vestes tradicionales (túnica verde y mantolín rojo), la Magdalena, la Verónica y el Cristo con la Cruz acompañado de Simón de Cirene, talla que ya sólo ve la luz ataviado en el belén parroquial como cargador de una piña de plátanos en ofrenda al Divino Infante. 

Desde la plaza peroraba el acontecimiento el párroco con su sermón que intentaba suscitar en los presentes la conversión, el dolor de los pecados y la compasión al que siendo Dios no desdeñó morir por nosotros ¡y de tal manera! Uno de los momentos más esperados era cuando el paño de la Verónica caía desenrollado al limpiar el rostro del nazareno mostrando tres rostros porque tres veces enjugó el rostro del Señor camino del Calvario.

Procesión del Encuentro en las inmediaciones de la plaza de San Gregorio (FEDAC)

El Jueves Santo se llevaba a cabo la celebración de la misa de la Cena del Señor en la que doce hombres del barrio eran elegidos para que el párroco obrara con ellos idéntico gesto simbólico que Cristo en la última cena, el lavado de sus pies. Terminada ésta se reservaba de manera solemne el Pan de los Ángeles en “el monumento” especialmente decorado para tal ocasión. El sagrario de la parroquia de San Gregorio Taumaturgo, en su emplazamiento original (en el centro del retablo mayor), lucía adornado con toda la candelería, bandejas y violeteros plateados que desde días atrás habían limpiado y pulido con esmero un grupo de vecinas. 

El "monumento" en la parroquia de San Gregorio (FEDAC)

Allí quedaba “reservado” el Santísimo Sacramento, entre cientos de calas, primorosamente cultivadas en los jardines de las casas del vecindario para la ocasión, y el titilar de las velas de cera que creaban una atmósfera apropiada para todos los que acompañaban, en su "visita de los monumentos", al que sufría en Getsemaní durante el rezo de la Hora Santa. Allí permanecía, hasta que en la celebración de la Pasión al día siguiente (que no es eucaristía, ni puede celebrarse alguna) es del todo consumido en el momento de la comunión, tras la adoración de la Cruz y la oración de los fieles que en esa jornada es aún más extensa y precisa.

El Viernes Santo, la feligresía de San Gregorio volvía a llenar las calles al mediodía. Terminada la celebración de la Pasión en el templo, procesionaba el Crucificado con la Magdalena a sus pies y, una vez más, la Virgen Dolorosa de Silvestre Bello y el San Juan Evangelista. El gentío era tal, seña de lo que un “Viernes Santo” significaba en la época, que no desmerecía de la procesión de las mantillas catedralicia. Terminada la misma, se acercaba la hora nona (las tres de la tarde), momento en el que nos dicen los evangelios que expiró Jesucristo y el recogimiento se hacía patente al vaciarse las calles del barrio.

Procesión del Viernes Santo a su regreso a la plaza (FEDAC)

El Sábado Santo bien entrada la noche, se llevaba a cabo la celebración de la Vigilia Pascual en la parroquia, extensa eucaristía en la que se bendice el fuego del Cirio Pascual y el agua, agua bendita que, era tradición, se llevaban al término de la misma todos los que quisieran, mayoritariamente aquellas que se encargaban de reponer dicha agua en las benditeras de sus hogares.

El Domingo de Pascua, terminada la solemne eucaristía, la alegría de la chiquillería desbordaba en la plaza de San Gregorio y alrededores pues ¡había resucitado el Señor!, por lo que ya se podían divertir nuevamente, la música volvía a las emisoras de radio (más allá de la sacra de los días previos) y los cines podían continuar con sus estrenos tanto como los cafetines y bares con sus tertulias y tertulianos varios.

31 enero 2025

DE LA CANDELARIA EN TELDE

Imagen de la Virgen de Candelaria de Tara en su trono para las fiestas de 2024
(Fotografía del autor)

Si confiamos en las aportaciones del historiador Marín de Cubas, la primera advocación mariana que se veneró en la Telde aborigen fue la Virgen de Candelaria pues una imagen suya presidía el oratorio de la Torre de Gando hasta su destrucción en torno a la década de los sesenta del siglo XV. Acerca de esta destrucción narra «cómo quitaron primero la madera y junta la quemaron, y piedra por piedra le volvieron muy lejos de allí los canarios: los dos padres que asistían a la Capilla u oratorio de la advocación de Nuestra Señora de la Candelaria por la antecedente noticia que hubo de esta Señora. Estos religiosos vivieron cerca de Agüimes cautivos algunos años exhortando a los cristianos» (Marín, fol. 97).

Debemos ser conscientes de que quizás este oratorio fuera el de la torre y casa de oración que levantó Diego de Silva en la actual Telde, que es la que fue destruida, no así la de Gando, confusión de la historiografía canaria ya aclarado por Serra, Rumeu y otros. 

No obstante, siguiendo a Marín de Cubas, teniendo en cuenta a dónde fueron llevados los religiosos y su misión durante el cautiverio, más bien podría tomarse tal hecho como el origen de la devoción a la Virgen de la Candelaria en el actual Ingenio. Allí arraigó tal devoción mariana, actual patrona del municipio, con la erección de una primera ermita en torno a la mitad del siglo XVI.

En nuestra ciudad, por el contrario, la devoción a la Virgen de la Candelaria fue pronto retomada por sus repobladores conocedores de los milagros obrados por su imagen milagrosamente aparecida en la isla de Tenerife. Así sale a relucir en la historia que sobre la misma compuso el dominico fray Alonso de Espinosa en 1594.

«De como Nuestra Señora de Candelaria sanó a una mujer de unas calenturas y peste.
MILAGRO TREINTA Y NUEVE
El sobredicho año [1531], una mujer natural de Lanzarote, llamada Margarita Franquez, habiendo venido a la isla de Canaria, a la ciudad de Telde, fue herida de peste; y sobre ella las acostumbradas calenturas la pusieron en tal extremo, que tenía perdido el sentido, con los demás actos naturales. Y hallándose así, se encomendó a Nuestra Señora de Candelaria allá en su pensamiento, lo mejor que podía (quien estaba privada de los exteriores sentidos), y prometió de venir a su bendita casa en romería. 
Hecho el prometimiento, aquél que tuvo poder de mandar que la calentura dejase a la suegra de Pedro mandó a la calentura que abrasaba a aquella mujer, y luego por los merecimientos de la Virgen de Candelaria la calentura cesó, sin más venirle, y de la enfermedad de peste quedó sana. Luego cumplió su promesa, viniendo a su romería, y estando en ella contó el caso sucedido al padre Tomás de Santiago, y él lo afirma» (Espinosa, p. 194).

«De una mujer que estuvo año y medio de mal de bubas tullida, y por medio de esta santa imagen fue sana.
MILAGRO CINCUENTA Y CINCO
El año de mil quinientos cincuenta y cuatro, una buena mujer, por nombre María Hernández, vecina de la ciudad de Telde, en la Gran Canaria, mujer de Juan Batista, nata, estuvo de una larga y pesada enfermedad año y medio en una cama tullida, tal que no se podía levantar, porque tenía siete y ocho llagas asquerosas en los muslos, rodillas y garganta, de mal francés que llaman bubas. Y eras las llagas tales y el humor que se criaban tan malo, que ningún médico le daba ni sabía remedio, antes la habían desahuciado de la vida.
Viéndose así la triste mujer, tan al cabo y tan sin remedio, se encomendó con mucha fe y devoción a Nuestra Señora de Candelaria, cuya devota era y cuya imagen de bulto tenía en su aposento, a quien muy a menudo y de ordinario se encomendaba, en este día sábado en la noche; y estaba con mucha pena, por ser el día que era y no tener con qué alumbrar la dicha imagen y estar a oscuras. Y súbitamente vio la dicha imagen con una vela encendida; y desde este punto comenzó a sentir mejoría en su enfermedad. 
Y como cierta muchacha suya, que había ido por aceite para alumbrar la dicha imagen, entrase por la puerta con él, desapareció la lumbre que veía.
Pasados algunos días, un jueves a las nueve del día, estando la pobre paciente con grandes dolores y comezón que se deshacía, hallándose sola, comenzó a llamar a Nuestra Señora de Candelaria con grande ahínco que la ayudase, por espacio de media hora o más, habiendo este tiempo rezado sus devociones y ofreciéndolas como mejor había podido.
Y estando en esto, vio súbitamente delante de sí una mujer vestida de blanco, muy hermosa, la cual entendió ser la Candelaria; y así le dijo:
- Señora mía de Candelaria.
Y ella respondió: 
- Mujer, yo soy contigo; ¿no me llamabas?
- Sí llamaba, señora, dijo la enferma, mas no puedo levantarme para recibiros ni haceros reverencia.
Díjole entonces la reina de vida:
- Pues, levántate, que sana estás.
Y luego, en ese punto se puso la buena mujer en pie, sin saber cómo, en medio de la casa, sana de su tullimiento y enfermedades. Y hallóse vestida de un jubón blanco de lienzo que a su cabeza tenía, sin saber quién se lo hubiese vestido. Y fue tanta su admiración de verse sana, que dio voces, a las cuales acudió toda la vecindad y pueblo y dieron gracias a Dios Nuestro Señor y a su bendita madre del repentino acaecimiento y sanidad no pensada.
La dicha mujer, queriendo a la noche ver sus llagas y curarlas, hallólas todas tan sanas, como si hubiera mucho tiempo que lo estaban. Luego puso por obra su romería, y fue a Candelaria, donde sirvió en aquella casa mucho tiempo a Nuestra Señora.
Todo esto cuenta el padre fray Gil y el padre fray Francisco de Santo Domingo» (Espinosa, pp. 208-210).

No obstante, esta devoción a la Candelaria no parece haber tenido reflejo en templo propio o altar dedicado en las iglesias de la ciudad hasta bien entrado el siglo XVIII más allá de la prescriptiva celebración eucarística de la Iglesia Católica cada dos de febrero en conmemoración de la Presentación en el Templo o la Purificación de Nuestra Señora.

En el archivo parroquial de la basílica de San Juan Bautista «a partir de 1763 comienza a reflejarse la fiesta del Santísimo Cristo del Altar Mayor, con realización de procesión circular; la procesión de La Candelaria, que se realizaba en San Sebastián, a principios de febrero o, entre otras, la procesión del Domingo de Ramos, San Antonio, San Ignacio, Santa Rosalía» (Acosta, p. 45).

Si en tal ermita cuajó la devoción a la Candelaria, con procesión y, por lo tanto, imagen procesional incluida, fue sin duda por la obra de los vecinos franciscanos del convento de Santa María La Antigua que desde ella atenderían a los habitantes de la cercana Tara que allí encontraban el templo más cercano donde celebrar su fe.

Algunos franciscanos, quizás procedentes desde los hermanos conventos tinerfeños, al calor de la orografía propia de Tara (barrio eminentemente troglodita), implantaron la devoción a la Virgen que en una cueva de la costa tinerfeña tuvo su primera morada y que ya se postulaba como patrona del archipiélago. Además, quizás, también lo hicieron con el propósito de resignificar una cueva que hoy en día se sabe que era un lugar de culto astronómico de los antiguos canarios (Barrios, Valencia et Brito), carácter sagrado que no habrían olvidado aún por aquellos días sus vecinos.

Cueva de la Virgen de Tara (Barrios, Valencia et Brito, p. 8)

No sabemos si los frailes acudían en procesión con la imagen a la cueva o si en ella establecieron un pequeño oratorio pues de lo único que hay constancia es que el culto a la Virgen de la Candelaria se celebraba en torno a la ermita de San Sebastián. De usarse la cueva como lugar de culto, tampoco se ha podido datar fehacientemente desde cuándo, transidas algunas datas con exageraciones y folclore propios de la transmisión oral.

No obstante, por fuerza mayor, el año de 1868 parece tornarse clave al ser el año en que el alcalde de la ciudad de Telde, José Falcón Vega, decide derruir la ermita de San Sebastián al calor de la Revolución Gloriosa (Hernández, pp. 177-178). El ajuar religioso de la misma pasó, mayoritariamente, a la ya exconventual de San Francisco y, de ésta, posteriormente, a la basílica de San Juan Bautista. 

Sin duda, ésta es la que se volvió a entronizar en la actual iglesia de Tara tras su bendición por el nuncio de Su Santidad en España en mayo de 1970. “A continuación Monseñor Dadaglio, revestido de pontifical, bendijo el exterior del templo con el ritual de rigor, haciendo las asperciones con un ramo de olivo. Inmediatamente después, la delicada imagen de Nuestra Señora de Candelaria de Tara, portada por el párroco de la iglesia de San Francisco de nuestra ciudad, reverendo Padre don Miguel Ojeda, y cura ecónomo del templo de Tara, siendo precedido por los señores Vega Guerra” (“La Provincia”, 5/05/1970, p. 8).

Esta imagen de la Virgen de la Candelaria guarda muchas similitudes artísticas con la imagen de Nuestra Señora del Rosario de la de la basílica de San Juan Bautista de la que es coetánea. Ambas debieron ser obra del mismo imaginero, un imaginero cercano a los frailes franciscanos, si no de un fraile mismamente. Curiosamente, hasta los tiempos de don Teodoro Rodríguez como párroco de San Juan Bautista, la Virgen del Rosario era puesta en su trono para la fiesta de la Candelaria, a manera de altar de cultos, fungiendo como tal, portando ella la candela en su mano y el Niño vestido "de cristianar" que se decía, además de con un gracioso bonete.

Debemos reseñar que la familia Navarro sostiene de otra imagen de la Virgen de la Candelaria, que en 2007 donaron a la iglesia de Tara, que es la que realmente se veneraba en la Cueva de la Virgen, siempre custodiada por sus antepasados (Barrios, Valencia et Brito, pp. 20-21). Atendiendo al lenguaje estilístico de la talla, escuela levantina o catalana, no sevillana, del siglo XIX, no podemos sino creer que ante el derribo de la ermita de San Sebastián en 1868 esta familia de Tara, que como el resto de sus vecinos se vio despojada de su lugar de culto y de su patrona, entronizaron una nueva imagen en la cueva como remedo de la desaparecida ermita.

Por la sacralidad de la imagen celebrada en la ermita de San Sebastián es impensable que de la ermita derruida pasara a ser entronizada y venerada en una cueva, pasó a la iglesia de San Francisco, por lo que no sabemos cuál es la imagen que el actual cronista de Telde afirma que los Rodríguez Quetler, suegros de Matías Vega Guerra, se llevaron de la cueva y pasaron a custodiar en su casa desde 1931 ante la situación política del país (Cuenca, s/p), a no ser que sea la donada por la referida familia Navarro que, sin embargo, no son parientes de los anteriores.

Imagen de la Virgen de Candelaria donada a la iglesia por la familia Navarro en 2007
(Barrios, Valencia et Brito, p. 20)

Esta imagen devocional privada, es lo que pudo llevar a Hernández a no referir nada de su existencia cuando describió la Cueva de la Virgen que él conoció como de Los Guaires y que, por supuesto, no consideraba lugar de culto católico alguno. Además, cuando la visitó, seguramente esa imagen tampoco se encontraba ya en su interior pues refiere en su descripción que la cueva había sufrido una reciente reducción de su corredor de entrada por la extracción de toba para cantos (Hernández, p. 46), lo que motivaría que la imagen se hallara a salvo en la casa de sus propietarios, sin que sepamos si de los antepasados de los Navarro o si de los Rodríguez Quetler.

Sea como fuera, desde mayo de 1970, el barrio de Tara cuenta con su actual templo de la Virgen de Candelaria gracias a la promoción, construcción y donación que de él hiciera el matrimonio formado por don Matías Vega Guerra y doña Clara Rosa Sintes Rodríguez. En ella se entronizó y sigue venerando la imagen que un día suscitó la devoción de todos los teldenses en la desaparecida ermita de San Sebastián, sobre todo, la de sus feligreses más cercanos, moradores de Tara, que aún la tienen como celestial patrona y abogada.


REFERENCIAS

Acosta Brito, C. R. et Rodríguez Calleja, J. E. (1999). El archivo parroquial de San Juan Bautista de Telde. Cabildo de Gran Canaria. Telde. 

Barrios García, J., Valencia Afonso, V. et Brito Mayor, A. (2018). “Investigaciones arqueoastronómicas en Gran Canaria. La recámara equinoccial de la Cueva de la Virgen de la Candelaria (Tara, Telde)” en XXIII Coloquio de Historia Canario-Americana, núm. 23, pp. 1-22.

Cuenca, J. (2023). “Tara: el Templo perdido de los canarios del Guanartemato de Telde” en “elDiario.es”, 24/03/2023, s/p. https://www.eldiario.es/canariasahora/patrimonio-canarias/tara-templo-perdido-canarios-guanartemato-telde_130_10062238.html#:~:text=La%20Cueva%20de%20La%20Virgen,cuanto%20a%20su%20verdadero%20significado. [consultado el 31/01/2025]

Espinosa, A. de. (1967 [1594]). Historia de Nuestra Señora de Candelaria. Goya ediciones. Santa Cruz de Tenerife.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

“La Provincia", 5/07/1970, p. 8.

Marín de Cubas, T. (1993 [1694]). Historia de las siete islas de Canaria. Canarias clásica. La Laguna.

05 noviembre 2024

DE CUANDO CELEBRAMOS LA PRIMERA DIVISIÓN DE LA PROVINCIA DE CANARIAS

Recreación del cortejo festivo por las calles de Las Palmas de Gran Canaria
(«La Ilustración. Periódico universal», 3/7/1852, p. 1)

La provincia de Canarias, ideada desde la obra legislativa de Cádiz (1812-1814), cristalizada en 1822 (Guimerá, p. 588) durante el Trienio Liberal, aumentó el resquemor entre los habitantes de las dos grandes islas, sobre todo en referencia a la actividad comercial, dada la capitalidad de Santa Cruz de Tenerife. Los diputados grancanarios en las Cortes, don Jacinto de León y don Cristóbal del Castillo Manrique de Lara (Guimerá, p. 571), consiguieron que S. M. Isabel II dividiera la única provincia que conformaba el archipiélago canario en dos distritos administrativos por Real Decreto del 17 de marzo de 1852.

Ante tal noticia, la alegría de los grancanarios desbordó, de tal manera, que se prepararon varios días de actos solemnes en la capital de la isla con pasacalles, bailes, banquetes, discursos oficiales, fuegos artificiales, rifas benéficas, etc., dentro de las fiestas de la Pascua. 

«Nuestro corresponsal de las Palmas de Gran Canaria, con fecha 22 de abril nos dice lo siguiente: La noticia de la división de provincias, publicada en la Gaceta del 18 de marzo, ha llenado de indecible júbilo, no solo a la isla de Gran Canaria, sino también a las de Fuerteventura y Lanzarote. Prueba inequívoca de ello, es la multitud de personas de estas, que han atravesado el mar para participar de la alegría que hoy rebosa de los pechos de los canarios. Si hubiera de pintar a ustedes con todos sus vivos colores los festejos que han tenido lugar en esta población, y el entusiasmo de que están poseídos los ánimos de estos leales habitantes, me sería preciso escribir páginas innumerables (…).

Todos los ayuntamientos, hasta de los pueblos más insignificantes, se apresuraron a venir a felicitar al de esta ciudad el domingo de Pascua (…) las fiestas continuaron durante los tres días de Pascua, habiéndose dado por este ayuntamiento un espléndido banquete» («El Sol», 14/05/1852, p. 2).

En su preparación y desarrollo destacó muy positivamente nuestra ciudad, además, como representante de toda la comarca sur de la isla. Cientos de teldenses, agitando palmas, integraron una llamativa romería civil desde el Paseo de San José hasta el extinto convento de San Agustín.

«Llegó el domingo de Pascua, día señalado por los pueblos de Guía y Telde para hacer su entrada en la Ciudad, manifestando de este modo la parte que tomaban en nuestra común felicidad (…).

Entre tanto el pueblo de Telde, acompañado de todos los demás de la parte del sur de la isla, preparaba por este lado en la iglesia del barrio de San José otra magnífica carroza, con el retrato de S. M., cuyo exquisito trabajo, obra de D. Francisco Zumbado Ripa, produjo en los espectadores, lo mismo que la de Guía, dirigida por D. Luis del Mármol, la más agradable sorpresa. Abrían la marcha a esta segunda comitiva cuatro bizarros jóvenes vestidos con los elegantes trajes de la corte de Felipe IV, y montados sobre caballos blancos como la nieve, primorosamente enjaezados; después seguía una triple y prolongada hilera de personas con palmas en la mano; y por último venía la regia carroza tirada por cuatro guerreros armados de casco y coraza, y cuatro hermosas y modestas jóvenes, vestidas de blanco, con el sedoso cabello graciosamente suelto por la espalda. Así avanzó rodeada de un inmenso gentío la vistosa comitiva, hasta que se le incorporó la de Guía con sus palmas, banderas, música, y juntas descendieron por la calle del Colegio (…).

El brillante cortejo hizo por fin un alto en la plazuela de San Agustín, y después de un corto descanso penetró en los espaciosos claustros del Instituto. En este espacioso salón, colgado todo de damasco carmesí, y bajo un dosel de terciopelo recamado de oro, se veía otro retrato de S. M. de cuerpo entero, teniendo a su derecha el glorioso pendón que en 1483 ondeó triunfante Alonso Jaime de Sotomayor el día 29 de abril en que se rindió el último canario. Los ayuntamientos de Guía y Telde arengaron aquí al de las Palmas, que contestó `por conduelo del señor López Botas en un sentido y elocuente discurso, terminando con un viva a la Reina, al gobierno, a nuestros dignos diputados y a la unión y prosperidad de los dos distritos. Concluido este solemne acto, se disolvió la reunión, hasta las cuatro de la tarde, en que el vistoso carro de Telde paseó de nuevo las calles de la ciudad, en el mismo orden con que hemos descrito su entrada» («La Ilustración. Periódico universal», 3/7/1852, pp. 1-2)

Estos actos de loa y gratitud a S. M. la Reina y a los diputados canarios que tal gracia habían conseguido se verán recompensados, por así decirlo, cuando la monarca conceda por Real Decreto de 11 de julio del mismo año, la categoría de «francos» a los puertos canarios.


REFERENCIAS

Guimerá Peraza, M. (1968). «El pleito insular. La división de la provincia de Canarias (1840-1873)» en Anuario de Estudios Atlánticos, núm. 14, pp. 535-635. 

«La Ilustración. Periódico universal», 3/7/1852.

"El Sol", 14/05/1852.