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19 enero 2026

DE LA ERMITA TELDENSE DE LOS SANTOS SEBASTIÁN Y ROQUE

Fotografía aérea del barrio de San Sebastián de la ciudad de Telde (Google Earth)

Tuvo nuestra ciudad, desde el momento de su repoblación tras la conquista realenga de las islas, una ermita al santo mártir Sebastián, conformándose a su alrededor un pequeño barrio que, aún hoy, está situado en una de las salidas de la ciudad hacia el cauce de su Barranco Real, acceso que en sus orígenes era el principal camino a las tierras de Tara y del interior de la isla.

Siguiendo una información del licenciado Fernán González de la Costa que la visitó en 1555, según la documentación conservada en el archivo parroquial de san Juan Bautista (Hernández, p. 179), la ermita tuvo su origen “cuando se fue a conquistar y se ganó la isla de la Palma” (a saber, 1492-1493); que también fue dedicada conjuntamente a san Roque, “después del año de la pestilencia” (“la modorra” de 1526), y que fue bendecida, que no consagrada, por el obispo de Marruecos “habrá cuatro años” (por lo tanto, 1551).

Esta información, además, se complementa con los estatutos de la cofradía del santo que obran en el mencionado archivo y que retrotraen su existencia a 1490 (Hernández, p. 177). Por lo tanto, la construcción de la ermita fue fruto de la voluntad de los cofrades, construcción que, al calor de otros documentos, sabemos que se alargó en el tiempo, más allá de la visita del licenciado González, pues Luisa de Troya, en su testamento de 20 de mayo de 1569, lega “a la iglesia de san Sebastián de Telde, para su obra, dos reales en aceite para su lámpara” (AHPLP, pp. 260r.-263v.). 

Tampoco podemos descartar que se trate de obras de acondicionamiento y mejora pues en 1757, su mayordomo Domingo Monagas y Sorita, tendrá que recurrir a la cuestación popular para las reparaciones pertinentes ante la amenaza de ruina (Hernández, p, 180).

Muchos son los lugares de Gran Canaria que contaron desde su conquista con ermitas de san Sebastián, generalmente a las afueras de la ciudad, para que quedaran protegidas de pestes y demás epidemias. Todavía subsisten las de Agaete, Gáldar, Guía y Agüimes (su parroquia) pero sabemos que también existieron en la capital, bajo lo que hoy es el banco de España en las inmediaciones del parque de san Telmo, y Arucas, bajo lo que hoy es el edificio de su mercado municipal. Del mismo modo, también hay reseñas de cofradías del santo en las parroquiales de Santa Brígida o San Bartolomé de Tirajana.

La motivación para la creación de su iglesia en Agüimes no responde, sin embargo, a la protección del santo contra las epidemias, sino a que en su día, un 20 de enero de 1487, los Reyes Católicos concedieron el término como señorío jurisdiccional al obispo de Canarias.

Del mismo modo, me atrevo a apuntar que la de Telde pudo tener también otra motivación pues el santo es protector de los ejércitos (patrón de militares), erigiéndose su cofradía y proyectándose su ermita como intercesión para los que acudirían a la conquista de La Palma como parece indicar la información de 1555. No en vano, cuando transcurre la epidemia de “la modorra” de 1526 (Hernández, p. 177), prefieren rogar a otro santo, a san Roque. 

En este sentido, el testamento de Cristóbal García de 1539 (Chil, p. 488), parece dejar entrever que se está promoviendo la construcción de una nueva ermita, otra aparte, a san Roque, para la que lega dinero al margen de lo legado para la de san Sebastián y san Roque, dejando entrever que esta doble intitulación sería momentánea. Sin embargo, no llegó a buen término pues la realidad que se impuso fue la de ambos santos como cotitulares de la única ya existente.

Destacar que los teldenses, no solo se acogieron a la protección divina en aquellos días, sino también a remedios más humanos fruto de los avances médicos hasta ese momento. Así se desprende del poder que otorga Juan de Castro en 12 de junio de 1528, para que Fernando Fragoso pueda cobrar “a los vecinos y moradores de Telde, de todos y cada uno, y de Rodrigo de Cubas, alguacil de la ciudad, 4 doblas de oro por sus servicios que les hizo en el hospital de la misericordia de Telde en el tiempo en que estuvo enferma de pestilencia” (AHPLP, p. 186r.).

Esta ermita llegó a tener un tesoro bastante importante dentro de su modesta condición de ermita. Según un inventario levantado en 1544 por el visitador doctor don Antonio Nieto, sabemos que la ermita contaba con “un frontal a manera de artes con siete tiras anchas labradas, granas; otro lienzo guardamesí de colores. Una imagen de Nuestra Señora de barro, que es obrada, dentro de un tabernáculo viejo. Item una imagen pequeña de San Sebastián de bulto. Item un retablo de un crucifijo pintando de lienzo de pincel grande, guarnecido de madera pintada de azul. Item, un paño que está en el altar, de lienzo con la imagen de San Sebastián. Item, otro paño pintado, de lienzo, pintada una imagen de Nuestra Señora del Rosario, Item, otro paño de figuras de lienzo en que está pintada la Encarnación y el Nacimiento y los Reyes. Item, otra imagen, pequeña, de bulto, dorada, de San Roque. Item, un paño que está por frontal en el altar, con una pintura de Flandes. Item, un cáliz de plata, dorado por dentro y el borde labrado y al pie una imagen de San Sebastián y otra de San Roque, y una cruz en el pie con una letras que dicen jhus, con purificador y funda de lienzo. Item, una tabla con unas letras de la consagración, escritas en pergamino” (Hernández, pp. 178-179).

Este tesoro se fue enriqueciendo con el paso de los años. Ya en 1722, al calor de un nuevo inventario, sabemos que, además, la ermita contaba con una excelente pinacoteca formada por “ocho cuadros grandes de lienzo, cuyas advocaciones son: San Juan Bautista, San Pedro, San Pablo, San Gregorio Taumaturgo, San Cayetano, San Antonio de Padua, Santa Catalina Mártir y Santa Inés Mártir (Hernández, p, 180). Del mismo modo, en 1799, “con buenas imágenes para solemnizar la Semana Santa”, como un Cristo atado a la columna, una virgen de la Soledad y otra de san Juan evangelista (Hernández, pp. 179-180). 

Sobre las imágenes de Cristo flagelado y de la Soledad encargadas a Luján Pérez por los herederos de Juan Alonso alrededor de 1798 (Hernández, p. 227), se fundamentó la leyenda popular, no comprobada documentalmente, sobre el enfado del imaginero que mandó trasladarlas por las bravas nuevamente a su taller al dilatarse el pago acordado. La tradición va más allá y asegura que son las mismas que, actualmente, se veneran en la parroquial guiense.

Del mismo modo, sostiene la tradición popular que el destino del mencionado san Juan evangelista de la ermita y, probablemente, un desconocido san José que también se veneraba en ella, terminaron formando parte del oratorio privado que el sacerdote Cristóbal Suárez González erigió en noviembre de 1885 a la Virgen de la Salud en la Era de Mota (Valsequillo). En la actualidad están desaparecidas. 

A colación del destino del ajuar de la ermita, como particularidad, nótese que en el inventario de 1799 se hace referencia a una imagen de Santa Rita que se veneraba en el altar mayor de la ermita, imagen que, suponemos, sea la que aún hoy se conserva en la cercana iglesia de San Francisco de la ciudad.

En resumen, la humildad de la ermita contrastaba, no obstante, con su rico tesoro y ajuar, así como con la actividad religiosa que desarrollaba. Destacaba en los cultos a sus titulares en sus respectivas festividades al engalanar la ermita y su artesonado con ramas olorosas. También era centro de atención en los actos de Semana Santa de la ciudad, no solo al procesionar desde ella el Cristo atado a la Columna la noche del Martes Santo (Hernández, p. 227), sino también al ser estación de penitencia de las procesiones de las demás cofradías de pasión teldenses así como por la decoración con ramas y naranjas de su "monumento" el Jueves Santo. Por último, porque también en la solemnidad del Corpus Christi, ambos patronos acompañaban al Santísimo Sacramento en el cortejo procesional de la parroquia (Hernández, p. 180).

Imagen "originaria" de san Sebastián - Museo Diocesano de Arte Sacro
(Fotografía del autor)

¿Imagen "originaria" de San Roque? - Parroquia del Valle de San Roque
(Fotografía del autor)

Con respecto a la imagen titular, hoy en el Museo de Arte Sacro Diocesano, nos revela su procedencia americana un inventario de 1579 al recoger que la imagen del titular es “de bulto, de alabastro, (…) con una peana dorada, que se dice la enviaron de Indias para la dicha ermita” (Hernández, p. 108). Aunque hoy haya perdido la policromía, podemos imaginar la que mostraba pues en otro inventario, este de 1712, describe la imagen “con su peana azul, en que está un árbol matizado de verde y encima de las dos puntas, que tiene el dicho árbol, una imagen de bulto de un ángel”. Teniendo en cuenta el cambio de color de la peana podemos pensar en un repintando de la misma por la pérdida del dorado con el paso de los años, mostrando el resto de la imagen el color propio de las carnaciones dada la desnudez del santo que solo muestra un paño de pureza.

A las primitivas imágenes de san Sebastián y de san Roque, le sucedieron en el culto, quizás para solventar su reducido tamaño, dos tallas de madera de mayor tamaño y factura dieciochesca ya que, con total probabilidad, fueron parte del plan de mejora de la ermita que culmina con la restauración integral del edificio estudiada de 1757.

Estas "segundas" imágenes se siguen venerando en la actualidad en la basílica de san Juan Bautista de nuestra ciudad. La "originaria" de san Roque, "pequeña, de bulto y dorada" según el inventario citado de 1544, creemos que se puede tratar de la que el sacerdote de la parroquial teldense, José Marín y Cubas, entronizó en la ermita del Valle de San Roque cuya edificación promovió entre los años 1728 y 1735 lo que, desafortunadamente, ha dado por sentado que la talla es del siglo XVIII, si bien podría ser la que nos ocupa del s. XVI remozada.

"Segunda" imagen de San Sebastián - Basílica de san Juan Bautista
(Fotografía del autor)

"Segunda" imagen de San Roque - Basílica de San Juan Bautista
(Fotografía del autor)

Finalmente la ermita fue mandada a demoler por el alcalde de la ciudad don José Falcón Vega al calor de los acontecimientos de la revolución Gloriosa de septiembre de 1868. No hay constancia documental de por qué se tomó tal decisión y no la de su reconstrucción si el motivo era que la ermita amenazaba ruina nuevamente, todo ello dado que el supuesto anticlericalismo de la corporación municipal del momento no prosiguió con la expropiación de otros espacios sagrados.

De nada sirvieron las súplicas del párroco del momento, don Juan Jiménez,Quevedo, para que tal derribo y profanación no se llevara a cabo (Hernández, p. 178).

En la tradición popular hay quien indica que este alcalde, interesado en el lugar por algunas propiedades colindantes, suyas o de sus allegados, no dudó en prender fuego a la ermita para acelerar su ruina. Esta idea interesada del alcalde se contrapone con el destino que se dio al solar de la ermita, pública subasta, sin que se especificara a qué se destinó el dinero logrado por la misma. 

Este solar, en la actualidad, probablemente sea el que terminó por acoger el gran estanque que existe aún dentro de la propiedad privada que constituye la denominada “Finca de Santa María”, en la calle que aún conserva el nombre del santo.

Posible localización a partir de pormenor del plano de Torriani de 1590,
que señala su emplazamiento con la letra "e",
y una fotografía aérea de Google Earth (fotomontaje del autor)

En el archivo histórico municipal, aún sin catalogar adecuadamente, se conserva en la documentación sobre el cementerio municipal un acta que revela el destino que se dio a las lozas de cantería que formaban el enlozado de la ermita. Con ellas se enlozó, a su vez, los dos grandes cuartos que conformaron los cuartos de aparejos del sepulturero y que hoy, remozados con enlozado moderno, son la capilla y sala-velatorio del mismo.


REFERENCIAS

AHPLP. Protocolos notariales. Cristóbal de San Clemente. Las Palmas de Gran Canaria. 1528-1529.

AHPLP. Protocolos notariales. Escribano Pedro de Fernández de Chávez. Telde. 1568-1570.

Chil y Naranjo, G. (1891). Estudios históricos, climatológicos y patológicos de las Islas Canarias, Vol. 3. Imp. La Atlántida. Las Palmas de Gran Canaria.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

24 julio 2025

DE CUANDO SAN DIEGO ESTUVO EN MELENARA

Talla relicario de San Diego de Alcalá de su ermita en Betancuria
Fotografía del autor en su exposición en la Catedral recién restaurada (2023)

“Ofrecióse el Capitán Cabrera pasar á Canaria por la vía del comercio, é instado por San Diego á querer pasar él también á Canaria, le advertía del peligro. Dieron vista á Canaria por la Isleta y fueron a surgir a Melenara, frontero de Telde, y tiénese en Canaria por evidencia que San Diego estuvo allí, en la cueva de esta playa, que yo he visto y he estado dentro, la pisó el Santo y esperó en ella por más de tres horas el aviso del Rey de Telde, que los mandó salir de la tierra porque supo venía fraile allí, y añadió el Rey Canario que no esperase otra respuesta que las armas y disgustado contra su voluntad salió de Canaria. Oílo decir a los antiguos que San Diego estuvo en Canaria” (Marín, f. 82).

Es curiosa esta aseveración que Marín de Cubas hace en 1694 fiado de la tradición oral. Teniendo en cuenta las características del autor, sin embargo, no sabemos si su relato no es más que una mixtificación de lo que realmente recoge la biografía oficial del santo escrita por fray Antonio Rojo en 1663. En cuanto a los deseos del mismo de evangelizar la isla de Canaria (Gran Canaria), narra que ni siquiera pudo desembarcar en ella porque fuertes vientes contrarios dieron con la expedición nuevamente en Fuerteventura, hecho que el santo interpretó "como voluntad de Dios que le juzgaba indigno del martirio" (Rojo, pp. 97-98). 

En 1725, otro autor franciscano, fray Eusebio González, también recoge el fuerte deseo de san Diego de evangelizar hasta el martirio, si hiciera falta, en la isla de Gran Canaria, aduciendo no al mal tiempo sino a que el propio capitán del barco en el que iba así como sus frailes acompañantes se conjuraron para regresar a Fuerteventura sin darle oportunidad de desembarcar en Canaria, muy a su pesar, dada la peligrosidad de los canarios por ellos conocida (González, p. 325).

Así que, si san Diego estuvo en Telde o no, solo podemos creerlo si tomamos como certero a Marín de Cubas lo que, por otro lado, parece que no hizo el propio Viera y Clavijo cuando en 1772 narra los mismos deseos infructuosos de san Diego por evangelizar Canaria aún a costa de ser martirizado como sus antecesores en la misión (Viera, pp. 442-443) siguiendo la versión de González antedicha. Por cierto, a colación de estos antecesores, bien podrían ser aquellos que en torno a 1424, con la expedición del luso Fernando de Castro, fueron lanzados al mar desde el Salto del Castellano (Alonso, pp. 43-49).

Es una lástima que Marín no especifique si entre los antiguos a los que les ha oído que san Diego estuvo en Melenara se encontraban los propios frailes del convento teldense con quienes, además, aprendió las primeras letras y mantuvo trato frecuente. Sin embargo, su vehemencia a la hora de afirmar que él mismo estuvo en la cueva donde los aborígenes hicieron esperar al santo muestra que esta era un lugar señalado y marcado en la memoria de sus coetáneos.

Melenara en la década de los 60-70 del s. XX (FEDAC)
Pueden observarse las antiguas casas que ya existían

Teniendo en cuenta la orografía de la playa de Melenara y su transformación antrópica, las cuevas que pudieron existir en el cantil que se eleva en su zona norte, sobre la cual radica la actual avenida hacia Taliarte, fueron pasto de la construcción de los edificios modernos. Sólo queda una pequeña casa centenaria construida junto al risco (c/ Luis Morote, 49).

Antigua casa pegada al cantil de Melenara que aún pervive (Google Maps)

Es cierto que por Melenara se conocía a todo el cabo de la costa teldense que también acoge la zona actual de Taliarte y la Baja de Melenara. Así, otras posibles cuevas que pudieron acoger al santo pueden ser las que ya están más inmediatas al mencionado puerto donde, además, se conserva el topónimo de “Las Cuevas” por las que allí se siguen encontrando, una de ellas horadada en los riscos en la misma orilla del mar, cerca de la cala de Taliarte, y otras ya en la misma zona portuaria bajo el faro. De ser en estas cuevas donde estuvo san Diego, quizás fuera él quien trajo consigo la imagen de la Virgen que allí dejara, entroncando con la leyenda de la Virgen Blanca, llevaba al convento franciscano de Telde tras ser encontrada "en una cueva del Castellano”, que justo refiere a dichas cuevas y lugar (Hernández, p. 175).

Mapa topográfico de la Baja de Melenara y La Cuevas (GRAFCAN)

Al fin y cabo, esta idea no es descabellada porque, precisamente, el quehacer misionero de los franciscanos en Canarias partía siempre de la erección de pequeños oratorios en las costas de las islas desde los cuales ir ganando el favor de la población aborigen para adentrarse y asentarse definitivamente en la isla (García, pp. 20-21). Quizás, estos primeros pasos de una nueva incursión misionera y franciscana desde la costa teldense es lo que sustentaba la tradición oral de la que fue partícipe Marín de Cubas.

En este sentido, quién sabe si en otra intentona, por el poniente, en la actual Aldea de San Nicolás de Tolentino, también en una cueva de su playa, dejara la imagen de San Nicolás el mismo santo que, aunque conocemos a posteriori como “del Alcalá” por ser la localidad donde murió, se llamaba “de San Nicolás” por haber nacido en la localidad sevillana de San Nicolás de Puerto. Serían luego los misioneros agustinos llegados con Alonso de Lugo quienes desde Agaete o desde la vecina Tenerife (zona de Güimar-Candelaria) evangelizarían la zona y cambiando la advocación al santo agustino desde la del obispo de Mira pues, no hay que olvidarlo, la ermita cavernícola primigenia de La Aldea data con anterioridad a la canonización de San Nicolas de Tolentino (5 de junio de 1446 por el papa Eugenio IV) por lo que sería imposible haberla intitulado así. Precisamente, a la familia de los marqueses de Villanueva del Prado, los Nava y Grimón (naturales de Tenerife y protectores de la orden agustina en la isla) debemos la edificación de la iglesia aldeana en su actual emplazamiento a partir de 1700 (Suárez, p. 132).

Sería bueno que se retomara entre los teldenses la devoción a san Diego de Alcalá quien, tras su canonización en 1588, fue propuesto sin éxito como patrono del archipiélago, dio nombre a la provincia franciscana de Canarias y fue honrado por la diócesis de Canarias decretando su día, 13 de noviembre, como fiesta de precepto (conmemoración hoy olvidada). Del mismo modo, en el cenobio minorita teldense su imagen comenzó a procesionar junto a la de san Francisco de Asís hasta bien entrado el siglo XX.

Procesión de San Francisco, Santa Rita y San Diego (en primer lugar)
bajando por la calle Carlos Eusebio Navarro hacia la de Tres Casas (FEDAC)

A quien, cosas de nuestra historia, bien pudo recorrer las arenas de Melenara entre los años 1441 y 1450 preocupado por el bienestar de los canarios (García, p. 31), bien podría recordársele con una pequeña imagen suya al término de la calle Luis Morote e inicio del muelle de Melenara, lugar que tan bien se presta para serlo de memoria de este hito histórico.


REFERENCIAS:

Alonso Morales, E. C. (2023). Vida del bienaventurado Jehan Le Verrier, capellán de Jehan de Béthencourt y fervoroso apóstol evangelizador de las ínsulas de Canaria en el primer cuarto del siglo XV, deán y coadjutor del obispo de la diócesis rubicense. Imprenta online S. L. U. Zaragoza – Telde.

García Oro, J. (2003). “La misión franciscana en Canarias. La conciencia misionera de la Iglesia Moderna resucita en Canarias” en Tebeto. Anuario del Archivo Histórico Insular de Fuerteventura, núm. 16, pp. 13-48.

González de Torres, E. (1725). Chrónica seraphica, dedicada a N. Rmo. P. Fray Juan de Soto, Comissario General de toda la Orden de N. P. S. Francisco en esta Familia Cismontada, y de las Indias, &c. Sexta Parte. Imprenta de la viuda de Juan García Infançón. Madrid.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

Marín de Cubas, T. (1993 [1694]). Historia de las siete islas de Canaria. Canarias clásica. La Laguna.

Rojo, A. (1663). Historia de San Diego de Alcalá, fundación y frutos de santidad que ha producido su convento de Santa María de Jesús de la Orden de N. P. S. Francisco de la Observancia de la Santa Provincia de Castilla. Imprenta Real. Madrid.

Suárez Moreno, F. (1999). La Historia de la Aldea de San Nicolás. Ayuntamiento de la La Aldea de San Nicolás. Cabildo de Gran Canaria. Centro de la Cultura Popular Canaria.

Viera y Clavijo, J. (1772). Noticias de la historia general de las islas de Canaria (…). Tomo Primero. Imprenta de Blas Román. Madrid.

09 enero 2025

LA ERMITA DE SANTA LUCÍA DE LA CALLE DON ESTEBAN DE TELDE

Imagen de santa Lucía que se venera en la iglesia de san Francisco
en su altar de cultos en la basílica de San Juan Bautista para su fiesta
(Fotografía del autor, 18/12/2024)

Son tan pocas las noticias que han quedado de la ermita de santa Lucía de Telde que, precisamente por ello, muy pocos conocen que en los albores de nuestra ciudad, al parecer, alguien quiso rendirle culto a la mártir de Siracusa erigiéndole una ermita mientras aún se trazaban las propias calles del Telde que conocemos hoy. ¿Cuál era su entidad real? ¿Quién o quiénes decidieron su fundación? ¿Cuándo? ¿En qué lugar concreto de la ciudad se encontraba? ¿Cuándo y por qué desapareció? Muchas son las preguntas y una sola la premisa: sí, existió y, al menos, hasta finales del siglo XVI.

¿Qué sabemos de ella?

A falta de que se encuentren nuevas pruebas documentales o arqueológicas, sabemos de su existencia y posible localización al calor de dos datas de tierra concedidas por el Cabildo de la isla, varias escrituras de compraventa y otra de institución y dotación de una capellanía.

El 15 de noviembre de 1538, Juan Balieron pide que le "hagan merçerd de un solar para hazer una ca(sa) en la çibdad de Telde lindero con una parte el Alb (roto) (roto) de Medina e de otra parte con la Yglesya ermita de señora santa Luzia e (roto) (roto) por (roto) con calle real" (Ronquillo et Aznar, p. 57).

Como en todos los procesos de petición de tierras al Cabildo, este manda que se pregone la posible concesión, en días de fiesta y a la salida de misa, para cerciorarse de que nadie ponía impedimento alguno. En este caso, sí lo puso Diego Reyna que acusó a Juan Balieron de ser portugués, de no ser vecino de esta isla, de no estar casado y de no tener hijos esgrimiendo, además, que la tierra debería ser para los que sí la necesitan y son vecinos como él que, casualmente, aprovecha para reclamar dicho solar para sí mismo.

Atendidas las alegaciones y tras nuevos pregones en los que nadie más presenta quejas, el Cabildo vuelve a estudiar la petición de Juan Balieron el 4 de diciembre del mismo año ante su contrarréplica. "E digo que este solar que pido es fuera d ella çibdad de Telde donde están muchos solares començados a Repartir e ally ay lugar donde el dicho Diego de Reyna (se) haga solar e porque yo tengo aderesçados los materiales para hazer una casilla en que me meta e de hazerme la dicha casa es noblesçimiento y a nadie es perjuizio suplica a vuestra señoría me m(an)de dar el dicho solar e que el alcalde de Telde o quien vuestras señorías mandaren señale, que en ello me harán merçed" (Ronquillo et Aznar, p. 58).

Finalmente, el portugués puede avecindarse en Telde porque se le concede el solar que, recordemos, linda con "la iglesia ermita de nuestra señora santa Lucía" y está "a las afueras de la ciudad".

Casi una década después, el 30 de enero de 1548, Luys Diepa pide que "le hagan merçed de un solar que es en esta dicha çibdad de Telde el qual alinda con solar de santa Luzia por la una parte e por la otra con camino que va para el banadero e por otra con la suerte de la Palma el qual dicho solar quiere hazer una casa en que biba" (Ronquillo et Aznar, p. 407).

Desde el primero de los pregones consiguientes, es contestado por el escribano Hernán Gutiérrez en nombre de los herederos de Bartolomé de Medyna. Este impugna dicha posible concesión dado que el dicho solar lo es "en pertenençia y entrada e salida de la heredad de las higueras e albercón della la qual heredad e albercón es suya [de Bartolomé Medina] e de los dichos herederos" (Ronquillo et Aznar, p. 407).

Luys Diepa, por su parte, responde ante el Cabildo que el solar que solicita no es de nadie y que los herederos citados "tenían e tienen puerta al dicho su cañaveral e camino con llave e çerradura por e mandan syn llegar al solar que el pide" (Ronquillo et Aznar, p. 407).

El Cabildo ordena al alcalde de Telde, Diego Xara, que compruebe la situación y, finalmente, el 14 de enero de 1549, le concede la propiedad del solar con la condición de que "dexe una açequia vieja que está entre el dicho solar y un albercón de la mujer de Bartholomé de Medina que es para serviçio del dicho albercón" (Ronquillo et Aznar, p. 408).

Finalmente, Luys Diepa puede construir su vivienda que hipotecará el 8 de noviembre de 1550 como garantía de pago de su deuda con el mercader flamenco Lamberto Broque, refiriendo que su morada "linda con la de Juan Díaz, vecino de Telde, y solar que dicen de santa Lucía" (AHPLP.1, f. 301v.).

De la concesión del solar a Luys Diepa podemos leer los "rotos" del documento de data de Juan Balieron pues ya sabemos que debían decir "albercón de Bartholomé de Medina". Del mismo modo, también nos indica esta data dos posibilidades. La primera, que la ermita ya no existe, si a ella se refiere ahora como "el solar" de la santa. La segunda, que alguna persona piadosa ha dejado en su testamento un solar a la santa para aprovechamiento del mismo en favor de su ermita. 

La primera opción indicaría que la ermita se ha venido abajo, quizás, por lo endeble de los materiales con los que se erigió, como abajo se vino, de la misma manera, la primitiva iglesia de San Juan (Hernández, p. 66). 

La segunda opción, nos llama a valorar la posibilidad de que este solar podría estar situado en otro lugar, no junto a la ermita, al igual que otro posible legado para la santa consistente en varias casas. En una venta de propiedades que realiza Alonso de Matos el 12 de marzo de 1525, se comprueba que estas tienen "por linderos de la una parte con tierras de Pedro López e de la otra parte con casas de santa Lucía" (AHPLP.2, f. 118r.).

Pormenor de la digitalización de la escritura de venta citada (AHPLP.2)

Todo ello nos lleva a preguntarnos por qué su fundación no llegó a buen término si contaba con tan rica dotación, la que podría denominarse su "fábrica", perviviendo su edificación hasta la actualidad o, al menos, quedando claro el momento de su desaparición como ocurrió, por ejemplo, con la de los santos Sebastián y Roque derruida por orden municipal en 1868.

Por todo ello, creemos que las "casas de santa Lucía" que se nombran en la venta que realiza Alonso de Matos en 1525; "la iglesia y ermita" que refiere la data a Juan Balieron en 1538 y "el solar de santa Lucía" referido en la data a Luys Diepa en 1549 no son más que la misma realidad en su devenir histórico. En resumen, de varias casas de la santa a una sola casa y su solar, quizás por ruina de algunas de ellas, casa y solar que algunos entendieron como ermita pero que jamás se consolidó como tal.

De hecho, en el testamento del conquistador Cristóbal García de 1539 no se refleja. "Item, mando, á las Iglesias, y Hermitas de Nuestra Señora de la Antigua, é al Hospital del Señor San Pedro Mártir, é á la Iglesia de Señor San Sebastian é San Roque, é á a iglesia de nuestra Señora de Concebición de Hinamar, Iglesia y Hermita desta Ciudad de Telde, y su termino á cada una dellas media dobla de oro para las obras y reparos, é necesidades de las dichas (…).
Item, mando, á la Hermita de San Roque desta Ciudad de Telde para la obra, y edificios de ella, quinze doblas de oro, que muchos días ha tengo prometido, que se paguen de mis bienes" (Chil, p. 488).

Llama la atención que en su dadivosidad hacia todas las ermitas de la población no nombre a la de santa Lucía cuando solo han transcurrido dos meses entre su mención como "ermita e iglesia" por Juan Valieron y el Cabildo de la isla (noviembre de 1538) y la redacción de su testamento (enero de 1539). Su silencio nos da a entender, bien que era una fundación privada de alguien que no era de su agrado, bien que la entidad de aquellas casas como ermita no estaba del todo clara y, por lo tanto, tampoco su futuro. 

¿Dónde estaba la ermita?

Según la cartelería informativa del casco histórico que el M. I. Ayuntamiento de Telde ha implementado por sus calles, la ermita se localizada en el mismo emplazamiento que hoy ocupa la del que fuera hospital de la ciudad, la de san Pedro Mártir, metros más arriba o más abajo. Se cree que, con seguridad, aprovecharon las ruinas de la de santa Lucía para reconstruirla como parte de la institución hospitalaria.

Sin embargo, esta posibilidad no coincide con su ubicación "a las afueras de la ciudad" que nos narran las fuentes pues, precisamente, era el hospital la entrada oficial a la ciudad y así se consideró hasta el siglo XIX. Tampoco coincide con las fechas en que todavía existían su casa y solar. La propia historia de la iglesia hospitalaria nos indica que comenzó a erigirse en torno a 1525 (Suárez, p. 541) y ya estaba terminada en torno a 1550, siendo consagrada en 1551 por el obispo de Marruecos, don Sancho Trujillo (Hernández, p. 195).


Con las fuentes documentales citadas, sabemos que lindaba con las propiedades de Bartolomé de Medina y, posteriormente, de sus herederos, propiedades que se conocían como Heredad de las Higueras, Albercón de Bartolomé de Medina o Albercón de sus herederos. Además, también con la Suerte de la Palma en La Vega de la Fuente y los límites del ingenio de caballos de Alonso de Matos. Esta zona eran las afueras de la ciudad en aquellos días por lo que, ante el aumento de la población, comenzó a ser parcelada no sin resquemores entre los propietarios de las tierras. Es el caso del remate de propiedades de Alonso de Matos en favor de los herederos de Bartolomé de Medina, traspaso de propiedades que ya había acontecido a 8 de enero de 1530 (AHPLP.7, f. 616v.).

Localización de los emplazamientos referidos y de la casa y solar de la santa (X)
salvando el tiempo y la progresiva urbanización de la ciudad que ya reflejó Torriani
(Elaboración del autor a partir de pormenor del plano de Torriani)

El dato crucial para esta propuesta de localización es el hecho de que la casa y solar de la santa lindaba con el domicilio de Juan Díaz pues este, en su testamento de 10 de marzo de 1557, estableció una capellanía en favor del convento dominico de san Pedro Mártir de Vegueta, capellanía que dotó con su propia vivienda y un solar vecino también de su propiedad.

De esta manera, gracias al título de propiedad sobre la misma que los dominicos irán actualizando en sus registros con el paso de las generaciones, sabemos, no solo quiénes fueron los siguientes usufructuarios de su casa y solar, sino también la sucesiva y cambiante toponimia de su emplazamiento. Además, por si fuera poco, también nos descubre que la casa y solar de santa Lucía terminaron siendo asumidos por la fábrica parroquial de san Juan Bautista.

Pormenor de la digitalización del título de propiedad citado (AHPLP.3)

El 12 de enero de 1595 el procurador general del convento, fray Alonso Miñol, arrienda de por vida la casa de Juan Díaz a Matías Perdomo por dos ducados, declarando que es “una caza baxa terrera que el dicho convento tiene en esta dicha ciudad de Telde que es en el barrio de la torresilla que linda e a por linderos por un lado caza de alvaro ¿gonzález? e por baxo caza y solar de la iglezia de santa Luzia e por delante la calle real que va a las xigeras e camyno de las rremudas” (AHPLP.3, exp. 2). Es importante reseñar que el lugar descrito se puede localizar perfectamente en el plano de la ciudad que levantara Torriani pocos años antes.

Pormenor de la digitalización del título de propiedad citado (AHPLP.3)

Por si fuera poca la concreción, el mismo título de propiedad reconoce a 17 de enero de 1711 que el convento sigue siendo propietario de dicha casa, “una cassa de alto y baxo en la ciudad de telde, con todo lo que le pertenesse que es en la Calle que disen de la torresilla y oi se nombra la de Don Estevan, que linda por un lado con casa que fue de Lucía López y oi de este dicho combento, por el otro cassa de la fábrica parrochial de la ciudad de telde, por las espaldas sercado de Don Juan Esterlin, y por delante la dicha Calle que la hubo de Juan Díaz por cláusula de su testamento que otorgó ante Pedro hernández escribano público que fue de la dicha ciudad de telde en diez de marzo del año passado de mill quininentos y cinquenta siete” (AHPLP.3, exp. 2).

En definitiva, la casa de Juan Díaz se encontraba en la calle Don Esteban, calle que sigue con tal nombre en la actualidad desde que "en ella vivió en 1689 el capitán del Tercio de Telde, don Esteban Calderín" (Hernández, p. 318). A sus espaldas se encontraba el cercado "don Juan Esterlin" que debió ser, bien don Juan Westerling Sarmiento y Saavedra, bien su hijo Don Juan Westerling Calderín Saavedra y Ponce de León. En todo caso, el cercado fue integrado en los jardines de la casa condal. Por último, a su lado, la casa de la fábrica parroquial que años antes, como hemos visto, era la casa y solar de santa Lucía.

Se hace necesaria una aclaración terminológica en cuanto al "camino que va al banadero" que menciona la data de Luys Diepa. Si este no se refiere a alguno que cruzaba hacia El Bailadero, debemos entenderlo, salvando el tiempo, como la actual avenida Pedro Agustín del Castillo, el camino que bajaba a la confluencia de los dos cursos de agua que constituían La Fuente de la ciudad y del Barranco Real, pues la palabra tal cual, "banadero", la encontramos entre las que perviven en las actuales Honduras y República Dominicana del español que hasta allí llevamos en aquellos mismos días con la acepción de ser el lugar donde se unen ríos (Mateo, p. 58). 

Sirve esta aclaración terminológica para darnos cuenta de que la casa de Juan Díaz que linda "por delante la calle real que va a las xigeras e camyno de las rremudas” o "camino de la torrecilla" (AHPLP.3, exp. 2), se encuentra en la confluencia de las actuales calles Comandante Franco (camino a las remudas) y Don Esteban (camino a la torrecilla, en un sentido, y calle real que va a la higueras o camino que va al banadero, en el otro). No en vano, desde la calle Comandante Franco y Don Esteban, que confluye en ella, se sale a la Av. Pedro Agustín del Castillo en dirección al barranco aún hoy. En el pasado, sería lógico pensar que era la calle D. Esteban, no la calle Comandante Franco, la que conectaba directamente con la actual avenida citada, siendo la segunda la que confluía con la primera y no al revés como en la actualidad.

Es la zona en la que, además, sigue el agua discurriendo por la acequia que, probablemente, fue la que Luys Diepa tuvo que respetar para hacer su casa (Ronquillo et Aznar, p. 408). porque suministraba al albercón de los Medina ampliamente referido. Esta acequia fue conocida como "del Finollo" desde el siglo XVII (Hernández, p. 315). 

Lugar en que se emplazó la casa y solar de la ermita de santa Lucía
(Infografía del autor a partir de pormenor del plano de Torriani)

La infografía superior no pretende ser más que una propuesta desde la conjugación de todas las referencias que nos aporta el título de propiedad estudiado de la casa de Juan Díaz (y la de santa Lucía anexa) en 1595, como hemos referido, a escasos cinco años de la realización del plano de Torriani que, obviamente, tampoco sabemos con el grado de detalle y fiabilidad que se levantó.

En este intento de localización, además, sirva de referencia el devenir histórico de los usufructuarios de la casa de Juan Díaz que expongo a continuación, al calor del título de propiedad estudiado (AHPLP.3, exp. 2), para llegar a imaginarnos qué construcción ocupa hoy lo que un día fue "de santa Lucía". 

En su testamento de 10 de marzo de 1557, Juan Díaz, cañaverero, establece una capellanía en favor del convento dominico de san Pedro Mártir de Vegueta. La dota con su propia casa con cercado trasero (en la que vive Juan Justo en ese momento) y un solar anexo en el que no ha terminado la construcción de unas habitaciones pero que sí tiene allí los materiales necesarios. En estos momentos, ambas propiedades se hallan en "el barrio nuevo del albercón de las Higueras". El solar por construir linda por un lado con la casa de Juan Díaz, por delante la calle real, por el otro lado con un solar de Ángel García y por detrás con el cañaveral de Antonio Fonte. Recordemos que es la casa de Juan Díaz la que linda con la casa y solar de santa Lucía.

Tras el fallecimiento del mismo, el convento arrienda a Marcos de Mesa el 31 de enero de 1558 la casa legada de por vida y el solar con la construcción a medias por tres vidas (AHPLP.5, ff. 52v.-56v.). 

El 21 de octubre de 1564, el convento arrienda la casa de por vida a Julio Caravallo, camellero.

El 12 de enero de 1595, el convento la arrienda por dos vidas a Mathías Perdomo. El barrio en el que se encuentra se denomina ahora "La Torrecilla".

En 1630, a la muerte del anterior, la hereda Francisco Yánez que, a su vez, en 1633 la usa como dote para sus dos hijas, una casada con Jerónimo Calderín y otra con Chrstóbal Ximénez. Entre ellas dividen la vivienda y el tributo a pagar.

Continuarán pagando el tributo Simón García, yerno de Christóbal Ximénez, y Lucía López, esposa de Fernando Gutiérrez (ausente en Indias) que es quien ocupa la casa que se terminó por construir en el solar anexo, siendo ella, junto a su marido, la "tercera vida" arrendataria. En este momento la puerta de entrada de la casa de Juan Díaz se alinea con la calle para no quedar impracticable ante la construcción vecina.

A 17 de enero de 1711, el convento “ha quitado” ya a los herederos de Simón García la parte de la casa que ocupa, suponemos que por impago. Esta la dan a Luis Padilla cuyo yerno, Macario, continuará pagando el censo impuesto. Ya no se refiere el barrio en su totalidad, sino la calle, "antes la torrezilla y oi se dice D. Esteban". 

La otra mitad la siguieron ocupando los herederos del matrimonio formado por Jerónimo Calderín y la hija de Francisco Yánez antes citada mientras que el 25 de noviembre de 1723, la casa de Lucía López fue vendida a tributo a Manuel Afonso.

La última referencia que nos da el título de propiedad es una anotación a modo de rápido apunte que certifica que "en 1800 es pagador y poseedor de la casa Ynacio Miranda, miliciano, vecino de Telde”, pero sin que sepamos si de la casa nuevamente reunificada, solo de la parte de los Padilla o solo de la parte de los Calderín. 

Según se desprende de la queja que en 1801 eleva Francisco Antonio Afonso (suponemos que descendiente de Manuel Afonso), al alcalde del agua de Telde, Julián Zapata, por haberle quitado el agua de la Vega Mayor, que le correspondía por arrendamiento del convento dominico, y habérsela dado a Antonio Calderín (suponemos que descendiente de los que siguen siendo sus vecinos) (AHPLP.8, exp. 15082), la casa original de Juan Díaz siguen siendo dos, una de los Calderín y otra de los Miranda.

La casa (doble o reunificada), como bien del clero regular y tras la desamortización de Mendizábal de 1835, saldría a subasta y pasaría a manos privadas hasta la actualidad.

En resumen, si superpusiésemos el plano de Torriani con uno actual, podríamos certificar que la casa de santa Lucía coincide con la natal del poeta Fernándo González que, curiosamente, también quedó dividida en dos por la propia familia. Del mismo modo, que su solar fue comprado como bien desamortizado por la familia condal para ampliar sus jardines. 

No obstante, la duda permanece aunque, al menos, la situación de la casa y solar de santa Lucía (¿de su ermita?) queda localizada ya con mayor concreción y claridad que hasta el momento presente.


¿Quién la edificó? ¿Por qué se permitió su desaparición?

Lo habitual en aquellos días es que la fundación de una ermita naciera al calor de la voluntad de los propios vecinos del lugar o de alguien concreto, algún miembro destacado de la sociedad, generalmente, de la alta burguesía o la nobleza. La documentación con la que contamos no ha permitido esclarecer nada sobre la persona o personas que dieron lugar a dicha ermita. No sería descabellado apuntar a la voluntad de Cristóbal García, Alonso de Matos y Bartolomé de Medina, primeros poseedores de los alrededores del lugar (AHPLP.2, f. 118r.). También, incluso, de Leonor González Camacho, esposa del segundo, que siguió gestionando tras enviudar las amplias propiedades del matrimonio en la isla (Rivero, p. 421) y en Sevilla (AHPLP.4, ff. 134r.-134v.), entendemos que su ciudad natal, quién sabe, si de la colación de santa Lucía.

Su patrimonio fue tal que, incluso, se puede dudar de si el barrio de La Torrecilla comenzó a ser conocido así por una antigua edificación defensiva o porque ella llamó así a una de sus fincas en el lugar. Esto se desprende de una escritura de 11 de enero de 1558 mediante la que alquila a su nieto “un parral que tengo en la zibdad de Telde con sus casas que en él están, altas e baxas, que se llama la Torrezilla” (AHPLP.5, ff. 34r.-34v.). Sorprende que no se refleje lo habitual "que está en el lugar que dicen", sino que, directamente, parece ser el nombre que ha dado a su propiedad y que, posteriormente, es el que da nombre al barrio que allí se va originando. 

Por otro lado, se debe valorar la idea de que, en todo momento, podríamos estar hablando de una simple "casilla", cual hornacina, con una imagen de la santa erigida por los propios vecinos del lugar y que, al regresar a su península natal o avecindarse en otras partes de la isla, allí las dejaron. Esta idea no es descabellada dado que en Telde existieron otras pequeñas construcciones similares que tampoco terminaron siendo ermitas. En una venta de casas en Telde por parte de los esposos Domingo Báez e Isabel González el 2 de octubre de 1568, se nos dice que dichas casas "lindan con el callejón que va hasta una casilla de Nuestra Señora de Guadalupe" (AHPLP.6, ff. 85r.-89r.). Si Juan Balieron se refirió a esta humilde realidad como "iglesia y ermita" (Aznar et Ronquillo, pp. 57-58), a priori podríamos decir que porque en la época así se entendía esa, diríamos hoy, humilde entidad que podemos seguir viendo en los exteriores de muchas viviendas de las islas, sobre todo, de la provincia occidental, hornacinas con sus devociones particulares, calvaritos, cruces, etc. A posteriori apuntaré otra hipótesis.

En este sentido, bien pudo ser el mismo vecino Pedro López el que levantó dicha ermita en el cercado y solar trasero de su casa, dada la religiosidad con la que vivían la fe en su familia. De hecho, la que creemos hermana suya, Luysa López, se nos revela, en su testamento de 9 de julio de 1568, como auténtica cumplidora de las obras de misericordia conjuntamente con su marido, hasta el punto de darle posada a algunos pescadores en su casa con frecuencia o legar cuantiosas limosnas a diversas personas, prendas y objetos a la iglesia, a sacerdotes en concreto, etc. (AHPLP.6, ff. 13v.-15r.).

De la misma forma, al observar que en la documentación consultada se cita mayoritariamente como casa (o casas) y solar "de" la santa, al calor de la información de 1595 en la que se describe como casa y solar "de la iglesia de santa Lucía", se podría establecer otra hipótesis, que nunca fue una construcción religiosa sino que esta casa (casas) y su solar en suelo teldense fueron legadas por quien las poseyó a una iglesia de santa Lucía, ya erigida o en construcción, de otra localidad, incluso, allende los mares. No es una práctica extraña, de hecho, en nuestra ciudad también la ermita de santa María de la Antigua tenía "su casa" que, suponemos, fue donada en favor de la construcción y sustento de su ermita. Esta, a todas luces, constituye hoy el denominado "Calvarito" de la plaza de san Francisco como se deduce de una carta de dote realizada el 6 de septiembre de 1568 por el matrimonio formado por Gonzalo Díaz y Catalina Hernández, en la cual prometen a su hija "unas casas que lindan con casa de Nuestra Señora de la Antigua, casas de Isabel Jara y, por delante, con la calle real que baja do la calle nueva y, por un lado, con la calle que va a la iglesia de la Antigua (AHPLP.6, ff. 67r.-68r.).

En este sentido, podríamos pensar que la casa y solar de santa Lucía en nuestra ciudad bien pudo ser un legado en favor de la construcción de su ermita de Tirajana. No en vano, la santa  también disponía allí de un cercado propio ya en 1519, suponemos que con el mismo fin (AHPLP.9, ff. 194v-195v.). En la unión de posesiones de la santa en Telde y Tirajana podríamos apuntar a una donación de María Rodríguez, vecina de Telde, que disponía de "veinte fanegadas de tierra en Santa Lucía" hasta que las traspasa y cede a Juan Martínez de Rociana, también vecino de Telde, el 15 de septiembre de 1537 (AHPLP.7, ff. 487v.-488v.). Bien pudo ella haber legado algunos años atrás una de sus propiedades en Telde para la construcción de la ermita del que, seguramente, sería su lugar de origen. La lejanía geográfica y la lentitud de las obras de la ermita tirajanera mantendrían en el ostracismo la propiedad teldense que, es cierto, nunca se refiere en la documentación como puesta en explotación para el beneficio de la dicha fábrica limitándose, quizás, a acoger una pequeña imagen, quizás la que obra en el Museo de Arte Sacro de la catedral, y un limosnero recaudatorio cual el que conserva "el Calvarito" de la plaza de San Francisco. 

Imagen de santa Lucía que se conserva en el Museo de Arte Sacro
de la S. I. C. B. de Canarias (Fotografía del autor)

No solo podríamos pensar en María Rodríguez, que bien podría haber dejado su legado en la propia Tirajana, por ejemplo, parte de las fanegadas que ha cedido, sino también en el propio Alonso Rodríguez de Palenzuela. Si el ingenio de Alonso de Matos que nos ocupa fue el mismo que le compró al anterior, bien pudo el primero no incluir en la venta estas casas, por eso quedaron limítrofes al mencionado ingenio, sino entregarlas en favor de la ermita que su hijo Lorenzo patrocinaba en Tirajana, lugar en el que ya tenía amplias posesiones con anterioridad a 1547 (Cazorla, p. 116).

Es más, otra posibilidad es que la ermita tirajanera fuera el deseo de Alonso Rodríguez de Palenzuela llevado a buen término por su hijo dado que el primero pudo planificar una ermita en su ingenio de Telde pero, al vender pronto sus propiedades, quedó inconclusa. Esta hipótesis explicaría por qué Marín de Cubas creyó que Alonso fundó la ermita de san Gregorio, fundación en la que, como es sabido, no tuvo nada que ver (https://teldehistoria.blogspot.com/2024/10/sobre-el-origen-de-la-parroquia-de-san.html). Además, también es indicativo que uno de los ingenios teldenses del mismo molía con caballos (Hernández, p. 187), el mismo sistema que refieren los documentos del ingenio de Alonso de Matos que nos ocupa.

En resumen, desconocemos la voluntad (personal o comunitaria) que le dio origen al emplazamiento de santa Lucía en nuestra ciudad pero no su fin. Nunca se transformó realmente en una iglesia, probablemente, porque nunca se pensó como tal o porque, a falta de una voluntad personal férrea, se vio relegada por la voluntad comunitaria en favor de la terminación de las obras de la cercana iglesia de San Juan, mucho más importante por su condición parroquial, e, incluso, de la hospitalaria de san Pedro mártir, mucho más necesaria para la atención de los enfermos allí ingresados. 

Así, pasaron los años y la presumible ermita de santa Lucía fue, finalmente, asumida como parte de la fábrica de la parroquia de san Juan Bautista que la explotaría en beneficio propio. Este proceso debió ocurrir entre 1595 y 1711, según la documentación citada, sin que sepamos una razón clara, más allá de poner en orden lo que, desde siempre, se ha entendido como un lugar religioso que no tenía más dueño que la fe. Así, la parroquial de san Juan Bautista gozó de su propiedad y rendimiento por lo que, bien la arrendaría con frecuencia, bien la usaría como casa parroquial. En este sentido, uno de sus ocupantes fue, sin duda, el beneficiado Lorenzo de Finollo Venegas y Figueroa, que ejerció como tal entre 1661 y 1694 (Rodríguez, 2015, p. 422), hecho que dio nombre a la acequia y al lugar hasta bien entrado el siglo XX como me referían mis tías abuelas, las hermanas Morales y Morales, allí avecindadas.

No obstante, el pueblo teldense no ha olvidado jamás a su santa "vecina". En 1635 el Cabildo Catedral decretó que la fiesta de santa Lucía fuera "de guardar" en la diócesis tras la petición conjunta de Las Palmas de Gran Canaria y de Telde (Rodríguez, 2022, p.157). Su culto quedó centralizado en la iglesia de santa María de la Antigua, seguramente, a partir de la llegada de los franciscanos en 1610. En ella se conserva una bella imagen pendiente de un estudio que pueda arrojar más datos sobre su procedencia y autoría, imagen que durante las primeras décadas del siglo XX todavía era venerada con "la misa de la luz", a las seis de la mañana, en el día de su onomástica, fiesta a la que acudía, entre otros, mi abuelo materno.

Igualmente, también la iglesia de san Gregorio Taumaturgo cuenta con una imagen de la santa para el culto fruto de los talleres de Olot y de comienzos del siglo XX.


A modo de epílogo, otra hipótesis sobre su origen

El origen incierto de la misma y que no se llevase a término más tarde o más temprano, como otras de la ciudad, teniendo en cuenta que todavía en 1595, como hemos visto, se habla de "la casa y solar de la iglesia de santa Lucía" (AHPLP.3, exp. 2), permaneciendo inalterable hasta ser parte de la parroquia, hace que me atreva a sostener la siguiente hipótesis.

Probablemente cuando se volvió a conquistar la zona de Telde, todos sus repobladores se encontraron con algunas casas, algunas ya amenazando ruina, entre las que entendieron había una ermita de la santa. A partir de entonces, simple y llanamente, siguieron respetando el emplazamiento hasta que por la edificación de nuevas y mejores infraestructuras religiosas de la ciudad, así como por la falta de una voluntad personal fundacional, terminó integrándose en la fábrica parroquial que, hemos visto, la transformó en una vivienda.

En este sentido, es sabido que desde el siglo XIV la zona de Telde fue centro de la predicación de varios eremitas y que, desde entonces, la misión evangelizadora ya no paró, aunque tuvo que enfrentarse a varios periodos de reticencias por parte de los aborígenes dadas las incursiones vasco-andaluza de 1393, normanda de 1405 y portuguesas de 1415, 1424, etc., que provocaron el martirio de los misioneros o su forzosa huída, sobre todo, franciscanos del convento de Betancuria (fundado a partir de 1416) al calor del obispado del Rubicón (1404) que conformaron la vicaría de Canarias (Barrios). 

Además, también sabemos por la bula de creación del obispado de Fuerteventura (1423) que en la isla de Gran Canaria había zonas donde los canarios se habían convertido al cristianismo y que, además, la isla contaba ya con su propia ermita de santa María de la Palma (Álvarez, pp. 472-474), advocación creada para la Virgen en Almería (de donde procedería alguno de los franciscanos misioneros). Estos, siguiendo un estilo de evangelización que consistía en resignificar lugares sagrados de los aborígenes, no dudaron en erigir su ermita en Telde, la zona de la isla más evangelizada desde tiempo atrás, precisamente frente al almogarén de El Baladero, donde los canarios llevaban a cabo sus rituales en sus cuevas, cazoletas y canalillos. 

Llama la atención que el nombre de la tierras anexas también afiance esta posible hipótesis con la pervivencia del topónimo «Suerte de la Palma», relativo a la intitulación de la primigenia ermita, o el «Hacienda de las Higueras» que nos habla del paraje de su ubicación tal cual lo definieron los portugueses de Joâo de Trasto cuando la visitaron en 1415, "telli fructuosa", "zona rica en higueras" (Serra, p. 21).

Puede que en esta ermita fuera donde el obispo Diego de Illescas celebró misa (Aznar, p. 294), quizás durante su posible cautiverio en Telde de más de un año, "520 esplendores de luna" (Torriani, p. 124). Esta situación, me atrevo a apuntar, fue fruto de su propio ofrecimiento como rehén, uno más del número total pactado entre Diego de Herrera y los canarios, después de las correrías de su socio el luso Diego de Silva, para que estos últimos le permitieran la edificación de la fortaleza de Telde (Rumeu, pp. 149-150), la "torrecilla" que también quedó reflejada en la toponimia del mismo lugar. 

El obispo, sin mayor problema, aprovecharía su situación para proseguir con su misión evangelizadora en la zona que giraría en torno a algunas casillas y la ermita estudiadas. Esta experiencia misionera volvió a fracasar al sentirse los canarios traicionados una vez más, en este caso por los de Herrera, y acabar destruyendo la torre de Telde (Rumeu, pp. 151-152). En este momento, me permito introducir la segunda hipótesis de explicación a la referencia que hace como iglesia y ermita Juan Valieron cuando para todos no es más que un solar. Al ser portugués y recién llegado a Telde, así lo acusaba Diego Reyna ante el Cabildo, bien podría tener referencias de los compatriotas que por la ciudad anduvieron con Diego de Silva y que como ermita e iglesia la vivieron.

Posteriormente, para cuando los misioneros pudieron regresar, tras la conquista realenga, el pequeño asentamiento misional, sus casillas y ermita, ya estaría en bastante mal estado. Fue retomado y respetado por todos como un lugar sagrado al entender que eran los restos de una iglesia pero, igualmente, relegado al ostracismo porque ya no hacía falta ante la edificación de las nuevas ermitas e iglesias de la creciente ciudad. Es comprensible, además, que al redescubrirse (en tiempos del obispo Diego de Illescas o ya con la conquista realenga) se malinterpretara su intitulación, quizás por la tosca imagen (escultórica o pictórica) de su interior, de la misma forma que ocurrió en Tazo (La Gomera) con su homónima ermita de santa María de la Palma.

"Por lo que afecta a la Gomera, la Bula dice que hay sólo una «capilla» o ermita (capella), no una «iglesia» (ecclesia) de más categoría, como las que nombra, así en Rubicón, Betancuria y las otras islas; cosa muy natural, si la cristianización de la Isla era un hecho tan cercano, como hemos establecido. Y personalmente pensamos que se trata de la conocida ermita de santa Lucía en Tazo, que según la tradición fue la primitiva fundación cristiana de la Isla. Incluso el cambio de la advocación de santa María de la Palma (por la que portaría en su mano derecha o izquierda), por santa Lucía, que también porta en su mano la palma del martirio, sería fácil de explicar para quien no conociera la advocación primitiva" (Álvarez, pp. 472-474).

De pronto es fácil imaginar el lugar y sus toscas infraestructuras que conformaron el eremitorio de aquellos misioneros que arribaron en 1386, dejando el suyo en tierras catalanas, para permanecer entre los canarios y evangelizarlos. 

De pronto es fácil imaginar cómo fueron arrancados de la paz del lugar por los canarios que decidieron acabar con todos ellos tras la razzia vasco andaluza de 1393, llevándolos montaña de Cendro arriba hasta arrojarlos en la sima, si es que por allí los arrojaron.

De pronto es fácil imaginar a Gadifer de la Salle en 1405 atisbando desde sus ruinas la hermosa Telde que divisaba a su alrededor y que lo enamoró. Algunos aborígenes neófitos, entristecidos por el asesinato cometido por los suyos, allí lo condujeron junto a los capellanes Bontier y Le Verrier que, en la casa que haría las veces de ermita, seguramente encontrarían el testamento de los misioneros. 

De pronto es fácil imaginar cómo los franciscanos desde Betancuria y el mismo Le Verrier intentaron reanimar la misión en la isla desde aquel mismo lugar durante las primeras décadas del s. XV, sorprendidos por las incursiones portuguesas o intentando colaborar con ellas. Pero la unión de la cruz y la espada con los canarios no funciona, como no lo hizo en 1424 aunque en el Vaticano, por esas mismas fechas, celebraban la conversión de parte de los canarios.

De pronto es fácil imaginar al portugués Diego de Silva, en la década de los sesenta del s. XV, intentando lograr lo que sus compatriotas no pudieron, consiguiendo con el buen hacer del obispo Diego de Illescas reanimar aquel primer eremitorio, centro misionero, y volver a celebrar misa dentro. Mas de nuevo la flaqueza humana defraudó a los canarios, que arrasaron con todo.

De pronto, ahora sí se entiende, a partir de 1477 llegaron los conquistadores y los repobladores a la Telde pronto castellana y se encontraron aquella torrecilla y aquellas casas, entre las cuales una vetusta ermita, el origen de lo que hoy es Telde y, el resto, el resto ya lo saben.

Un sencillo retablo cerámico de santa Lucía y un breve texto explicativo
podrían señalar el lugar de origen de nuestra ciudad que no olvida su pasado
(Fotomontaje del autor)


REFERENCIAS

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