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| Fotografía aérea del barrio de San Sebastián de la ciudad de Telde (Google Earth) |
Tuvo nuestra ciudad, desde el momento de su repoblación tras la conquista realenga de las islas, una ermita al santo mártir Sebastián, conformándose a su alrededor un pequeño barrio que, aún hoy, está situado en una de las salidas de la ciudad hacia el cauce de su Barranco Real, acceso que en sus orígenes era el principal camino a las tierras de Tara y del interior de la isla.
Siguiendo una información del licenciado Fernán González de la Costa que la visitó en 1555, según la documentación conservada en el archivo parroquial de san Juan Bautista (Hernández, p. 179), la ermita tuvo su origen “cuando se fue a conquistar y se ganó la isla de la Palma” (a saber, 1492-1493); que también fue dedicada conjuntamente a san Roque, “después del año de la pestilencia” (“la modorra” de 1526), y que fue bendecida, que no consagrada, por el obispo de Marruecos “habrá cuatro años” (por lo tanto, 1551).
Esta información, además, se complementa con los estatutos de la cofradía del santo que obran en el mencionado archivo y que retrotraen su existencia a 1490 (Hernández, p. 177). Por lo tanto, la construcción de la ermita fue fruto de la voluntad de los cofrades, construcción que, al calor de otros documentos, sabemos que se alargó en el tiempo, más allá de la visita del licenciado González, pues Luisa de Troya, en su testamento de 20 de mayo de 1569, lega “a la iglesia de san Sebastián de Telde, para su obra, dos reales en aceite para su lámpara” (AHPLP, pp. 260r.-263v.).
Tampoco podemos descartar que se trate de obras de acondicionamiento y mejora pues en 1757, su mayordomo Domingo Monagas y Sorita, tendrá que recurrir a la cuestación popular para las reparaciones pertinentes ante la amenaza de ruina (Hernández, p, 180).
Muchos son los lugares de Gran Canaria que contaron desde su conquista con ermitas de san Sebastián, generalmente a las afueras de la ciudad, para que quedaran protegidas de pestes y demás epidemias. Todavía subsisten las de Agaete, Gáldar, Guía y Agüimes (su parroquia) pero sabemos que también existieron en la capital, bajo lo que hoy es el banco de España en las inmediaciones del parque de san Telmo, y Arucas, bajo lo que hoy es el edificio de su mercado municipal. Del mismo modo, también hay reseñas de cofradías del santo en las parroquiales de Santa Brígida o San Bartolomé de Tirajana.
La motivación para la creación de su iglesia en Agüimes no responde, sin embargo, a la protección del santo contra las epidemias, sino a que en su día, un 20 de enero de 1487, los Reyes Católicos concedieron el término como señorío jurisdiccional al obispo de Canarias.
Del mismo modo, me atrevo a apuntar que la de Telde pudo tener también otra motivación pues el santo es protector de los ejércitos (patrón de militares), erigiéndose su cofradía y proyectándose su ermita como intercesión para los que acudirían a la conquista de La Palma como parece indicar la información de 1555. No en vano, cuando transcurre la epidemia de “la modorra” de 1526 (Hernández, p. 177), prefieren rogar a otro santo, a san Roque.
En este sentido, el testamento de Cristóbal García de 1539 (Chil, p. 488), parece dejar entrever que se está promoviendo la construcción de una nueva ermita, otra aparte, a san Roque, para la que lega dinero al margen de lo legado para la de san Sebastián y san Roque, dejando entrever que esta doble intitulación sería momentánea. Sin embargo, no llegó a buen término pues la realidad que se impuso fue la de ambos santos como cotitulares de la única ya existente.
Destacar que los teldenses, no solo se acogieron a la protección divina en aquellos días, sino también a remedios más humanos fruto de los avances médicos hasta ese momento. Así se desprende del poder que otorga Juan de Castro en 12 de junio de 1528, para que Fernando Fragoso pueda cobrar “a los vecinos y moradores de Telde, de todos y cada uno, y de Rodrigo de Cubas, alguacil de la ciudad, 4 doblas de oro por sus servicios que les hizo en el hospital de la misericordia de Telde en el tiempo en que estuvo enferma de pestilencia” (AHPLP, p. 186r.).
Esta ermita llegó a tener un tesoro bastante importante dentro de su modesta condición de ermita. Según un inventario levantado en 1544 por el visitador doctor don Antonio Nieto, sabemos que la ermita contaba con “un frontal a manera de artes con siete tiras anchas labradas, granas; otro lienzo guardamesí de colores. Una imagen de Nuestra Señora de barro, que es obrada, dentro de un tabernáculo viejo. Item una imagen pequeña de San Sebastián de bulto. Item un retablo de un crucifijo pintando de lienzo de pincel grande, guarnecido de madera pintada de azul. Item, un paño que está en el altar, de lienzo con la imagen de San Sebastián. Item, otro paño pintado, de lienzo, pintada una imagen de Nuestra Señora del Rosario, Item, otro paño de figuras de lienzo en que está pintada la Encarnación y el Nacimiento y los Reyes. Item, otra imagen, pequeña, de bulto, dorada, de San Roque. Item, un paño que está por frontal en el altar, con una pintura de Flandes. Item, un cáliz de plata, dorado por dentro y el borde labrado y al pie una imagen de San Sebastián y otra de San Roque, y una cruz en el pie con una letras que dicen jhus, con purificador y funda de lienzo. Item, una tabla con unas letras de la consagración, escritas en pergamino” (Hernández, pp. 178-179).
Este tesoro se fue enriqueciendo con el paso de los años. Ya en 1722, al calor de un nuevo inventario, sabemos que, además, la ermita contaba con una excelente pinacoteca formada por “ocho cuadros grandes de lienzo, cuyas advocaciones son: San Juan Bautista, San Pedro, San Pablo, San Gregorio Taumaturgo, San Cayetano, San Antonio de Padua, Santa Catalina Mártir y Santa Inés Mártir (Hernández, p, 180). Del mismo modo, en 1799, “con buenas imágenes para solemnizar la Semana Santa”, como un Cristo atado a la columna, una virgen de la Soledad y otra de san Juan evangelista (Hernández, pp. 179-180).
Sobre las imágenes de Cristo flagelado y de la Soledad encargadas a Luján Pérez por los herederos de Juan Alonso alrededor de 1798 (Hernández, p. 227), se fundamentó la leyenda popular, no comprobada documentalmente, sobre el enfado del imaginero que mandó trasladarlas por las bravas nuevamente a su taller al dilatarse el pago acordado. La tradición va más allá y asegura que son las mismas que, actualmente, se veneran en la parroquial guiense.
Del mismo modo, sostiene la tradición popular que el destino del mencionado san Juan evangelista de la ermita y, probablemente, un desconocido san José que también se veneraba en ella, terminaron formando parte del oratorio privado que el sacerdote Cristóbal Suárez González erigió en noviembre de 1885 a la Virgen de la Salud en la Era de Mota (Valsequillo). En la actualidad están desaparecidas.
A colación del destino del ajuar de la ermita, como particularidad, nótese que en el inventario de 1799 se hace referencia a una imagen de Santa Rita que se veneraba en el altar mayor de la ermita, imagen que, suponemos, sea la que aún hoy se conserva en la cercana iglesia de San Francisco de la ciudad.
En resumen, la humildad de la ermita contrastaba, no obstante, con su rico tesoro y ajuar, así como con la actividad religiosa que desarrollaba. Destacaba en los cultos a sus titulares en sus respectivas festividades al engalanar la ermita y su artesonado con ramas olorosas. También era centro de atención en los actos de Semana Santa de la ciudad, no solo al procesionar desde ella el Cristo atado a la Columna la noche del Martes Santo (Hernández, p. 227), sino también al ser estación de penitencia de las procesiones de las demás cofradías de pasión teldenses así como por la decoración con ramas y naranjas de su "monumento" el Jueves Santo. Por último, porque también en la solemnidad del Corpus Christi, ambos patronos acompañaban al Santísimo Sacramento en el cortejo procesional de la parroquia (Hernández, p. 180).
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Imagen "originaria" de san Sebastián - Museo Diocesano de Arte Sacro (Fotografía del autor)
 | ¿Imagen "originaria" de San Roque? - Parroquia del Valle de San Roque (Fotografía del autor) |
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Con respecto a la imagen titular, hoy en el Museo de Arte Sacro Diocesano, nos revela su procedencia americana un inventario de 1579 al recoger que la imagen del titular es “de bulto, de alabastro, (…) con una peana dorada, que se dice la enviaron de Indias para la dicha ermita” (Hernández, p. 108). Aunque hoy haya perdido la policromía, podemos imaginar la que mostraba pues en otro inventario, este de 1712, describe la imagen “con su peana azul, en que está un árbol matizado de verde y encima de las dos puntas, que tiene el dicho árbol, una imagen de bulto de un ángel”. Teniendo en cuenta el cambio de color de la peana podemos pensar en un repintando de la misma por la pérdida del dorado con el paso de los años, mostrando el resto de la imagen el color propio de las carnaciones dada la desnudez del santo que solo muestra un paño de pureza.
A las primitivas imágenes de san Sebastián y de san Roque, le sucedieron en el culto, quizás para solventar su reducido tamaño, dos tallas de madera de mayor tamaño y factura dieciochesca ya que, con total probabilidad, fueron parte del plan de mejora de la ermita que culmina con la restauración integral del edificio estudiada de 1757.
Estas "segundas" imágenes se siguen venerando en la actualidad en la basílica de san Juan Bautista de nuestra ciudad. La "originaria" de san Roque, "pequeña, de bulto y dorada" según el inventario citado de 1544, creemos que se puede tratar de la que el sacerdote de la parroquial teldense, José Marín y Cubas, entronizó en la ermita del Valle de San Roque cuya edificación promovió entre los años 1728 y 1735 lo que, desafortunadamente, ha dado por sentado que la talla es del siglo XVIII, si bien podría ser la que nos ocupa del s. XVI remozada.
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"Segunda" imagen de San Sebastián - Basílica de san Juan Bautista (Fotografía del autor) |
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"Segunda" imagen de San Roque - Basílica de San Juan Bautista (Fotografía del autor) |
Finalmente la ermita fue mandada a demoler por el alcalde de la ciudad don José Falcón Vega al calor de los acontecimientos de la revolución Gloriosa de septiembre de 1868. No hay constancia documental de por qué se tomó tal decisión y no la de su reconstrucción si el motivo era que la ermita amenazaba ruina nuevamente, todo ello dado que el supuesto anticlericalismo de la corporación municipal del momento no prosiguió con la expropiación de otros espacios sagrados.
De nada sirvieron las súplicas del párroco del momento, don Juan Jiménez,Quevedo, para que tal derribo y profanación no se llevara a cabo (Hernández, p. 178).
En la tradición popular hay quien indica que este alcalde, interesado en el lugar por algunas propiedades colindantes, suyas o de sus allegados, no dudó en prender fuego a la ermita para acelerar su ruina. Esta idea interesada del alcalde se contrapone con el destino que se dio al solar de la ermita, pública subasta, sin que se especificara a qué se destinó el dinero logrado por la misma.
Este solar, en la actualidad, probablemente sea el que terminó por acoger el gran estanque que existe aún dentro de la propiedad privada que constituye la denominada “Finca de Santa María”, en la calle que aún conserva el nombre del santo.
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Posible localización a partir de pormenor del plano de Torriani de 1590, que señala su emplazamiento con la letra "e", y una fotografía aérea de Google Earth (fotomontaje del autor) |
En el archivo histórico municipal, aún sin catalogar adecuadamente, se conserva en la documentación sobre el cementerio municipal un acta que revela el destino que se dio a las lozas de cantería que formaban el enlozado de la ermita. Con ellas se enlozó, a su vez, los dos grandes cuartos que conformaron los cuartos de aparejos del sepulturero y que hoy, remozados con enlozado moderno, son la capilla y sala-velatorio del mismo.
REFERENCIAS
AHPLP. Protocolos notariales. Cristóbal de San Clemente. Las Palmas de Gran Canaria. 1528-1529.
AHPLP. Protocolos notariales. Escribano Pedro de Fernández de Chávez. Telde. 1568-1570.
Chil y Naranjo, G. (1891). Estudios históricos, climatológicos y patológicos de las Islas Canarias, Vol. 3. Imp. La Atlántida. Las Palmas de Gran Canaria.
Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.