25 febrero 2026

DE DON CARNAL Y DOÑA CUARESMA EN TELDE

Recreación de la batalla entre don Carnal y doña Cuaresma (IA)

Consultando la documentación generada por la Real Audiencia de Canarias, nos encontramos con un expediente que recoge el proceso por el cual dirimió una denuncia formal presentada por el Obispado de Canarias hacia el Alcalde Real de Telde en 1834. En los más de sesenta folios del dossier de diligencias y testificales encontramos las aportaciones al proceso de parte del Obispado de Canarias y también de la corporación municipal. El detonante del proceso fue el atropello que los beneficiados de la parroquial teldense creían había cometido el Alcalde Real de Telde, D. Fernando Zumbado, con respecto a la celebración de la primera procesión de Cuaresma que pretendía recorrer, como cada año, las calles adyacentes a la ermita de san Gregorio. 

A partir del mismo podemos imbuirnos en el paisanaje propio de nuestra ciudad por aquellos días, comprobar que el carnaval ya se vivía con pasacalles de máscaras desde el siglo XVII en Los Llanos de Jaraquemada, que había procesiones varias para solemnizar la Cuaresma en su ermita que contaba con varias imágenes dieciochescas, suponemos "de Pasión", que se han perdido. Del mismo modo, poner nombre a diversos vecinos de Telde comprobando sus cargos, ocupaciones, raigambre social y protagonismo en los actos religiosos llevados a cabo en lo que hoy es la parroquia de san Gregorio Taumaturgo de nuestra ciudad. 

Corre el 11 de febrero de 1834, Martes de Carnaval. Telde se halla inmersa en su tercer día de celebración de las carnestolendas, en su colofón, cuando “mojigangas, disfraces y máscaras” (f. 3r.) transitan en la tarde noche por las calles de Los Llanos no sin provocar desórdenes “como en años anteriores” (f. 3v.).

Precisamente, para evitar dichos desórdenes, sobre todo morales, la parroquial teldense ha venido celebrando “desde hace cincuenta años” (f. 3v.), es decir, aproximadamente desde 1784, una solemne función religiosa en la ermita de san Gregorio sacando a la calle, a su término, varios pasos procesionales a hombros de cargadores que, de esta manera, solemnizan desde su víspera el inicio de la Cuaresma al día siguiente, Miércoles de Ceniza.

No sabemos cómo transitaría la procesión por las mismas calles que lo hacía la algarabía carnavalera pero, en principio, la sorpresa de ese año nada tiene que ver con el encuentro en la calle de tan diversas y variadas comitivas.

Los dos beneficiados de la parroquia de san Juan Bautista, Francisco Manuel Socorro Ramírez y Gregorio Chil Morales, tío de Gregorio Chil y Naranjo, ya han terminado de celebrar dicha función en la ermita acompañados de toda la comunidad de frailes franciscanos del convento de Nuestra Señora de la Antigua teldense y del resto de la feligresía. Justo cuando se disponía a salir la procesión, “colocadas ya algunas imágenes sobre los hombros de los que cargaban y todo el pueblo puesto en expectación con la Comunidad del Señor San Francisco y varios sujetos de distinción de esta Capital” (f. 4r.), el alguacil municipal entró a la iglesia para avisar a los beneficiados que la misma no podía salir a la calle por orden del Sr. Alcalde, Fernando Zumbado, el cual argumentaba que no habían avisado ni solicitado permiso alguno para ello a la Justicia y su persona.

Ambos beneficiados parecen haber depuesto todo ánimo de discusión en el momento, “volviéndose a su parroquia sin más” (f. 5r.) pero no dejaron de presentar al obispado su queja formal para que este tomara cartas en el asunto y no volvieran a verse perjudicados “por tal bagatela” (f. 1v.) de permisos que nunca antes se habían solicitado “acercándose el jueves trece del corriente [marzo] en que también está en la loable costumbre de ir este Beneficio a traer en procesión la imagen de Ntra. Sra. de los Dolores desde la Hermita del Hospital a esta parroquia para principar el novenario que el Presbítero D. José Navarro [y Campos] tiene la costumbre de hacerle a Ntra. Sra. (f. 3v.). Además, también dejarán entrever que su enfado es mayor porque el alcalde bien podría haber prohibido los carnavales (f. 20r.)

El provisor del obispado, ante la queja formal de los beneficiados y de cara a fundamentar su acusación formal ante la Real Audiencia, comisionó al presbítero D. José Navarro y Campos para que comienara a entrevistar a determinados testigos de los hechos (f. 3r.). Sus testimonios, como decíamos, nos describen el paisanaje de Los Llanos de aquel entonces:

12/03/1834
Testifica el alguacil, Domingo Melián (62 años), que estaba en la plaza de Los Llanos y el alcalde le mandó avisar al mayordomo de la ermita, Manuel Betancor, que la procesión no podía salir "por ausencia de permiso" y que los beneficiados, enterados afirmaron “pues si no hay procesión, vámonos con Dios” (f. 6r.).

Testifica Lucas Domingo Pulido (22 años), sacristán menor de la parroquia, que vio como el alguacil entraba a la ermita mientras él estaba sentado en la sacristía al terminando el sermón del beneficiado Chil y Morales “y revestido ya de capa pluvial par salir al altar a sacar la procesión”. Como testigo de parte deja caer que él ha visto salir muchas procesiones antes “sin que el alcalde concurra a ellas” (f. 6v.).

Testifica Manuel Betancor (25 años), vecino de Los Llanos, que se crió desde pequeño en la casa del que fue mayordomo de la ermita, Pedro de la Ascensión Betancor con quien ya se celebrar dicha procesión y jamás se tuvo que avisar al alcalde, al igual que cuando luego fue mayordoma Pino Betancor, tía suya. Que él ha querido que se siga con esta devoción y así lo ha promovido avisando al beneficio. Que se enteró por sus hermanos José y Marcos Betancor de lo que había dicho el alguacil pues él ya estaba con una de las imágenes a hombros. Piensa, como testigo de parte, que el alcalde prefería estar con “las máscaras y mojigangas” que pasaban por las calles (ff. 6v.-7r.). Nótese que todavía hoy una calle del barrio de Los Llanos lleva el nombre de Pedro de la Ascensión cuyos apellidos fueron Betancor Álvarez. "Fue mayordomo de la ermita de san Gregorio por el año 1818; no hizo cosa notable, de seguro lleva esta calle su nombre porque vivía allí en la entonces llamaba Mateo Moreno al que luego sustituyó" (Hernández, p. 332). El por qué de la crítica a su mandato por parte de Hernández Benítez ya en el siglo XX no lo sabemos.

13/03/1834
Testifica José Betancor (28 años), vecino de Los Llanos, que también estaba ya cargando uno de los tronos y vio al alguacil entrar a comunicarle la noticia a Manuel Ramírez “santero en aquella iglesia”. Que él ha vivido esta procesión desde pequeño y que el alcalde, testigo de parte, estaba disfrutando de las máscaras (f. 7v.).

14/03/1834
Testifica Tomás Rodríguez Siberio (16 años), vecino de Los Llanos, que también vivió lo acontecido mientras estaba en la sacristía ya “revestido de capa y próximo a salir al altar para sacar la procesión”. Nos señala que el párroco ya estaba en la puerta con la cruz parroquial para salir la procesión “y se volvió” (f. 8r.).

Testifica Sebastián de Medina (71 años), vecino de la ciudad, que aclara que “habrá espacio de cincuenta años se dio principio a la procesión del Martes de Carnaval en el barrio de Los Llanos con el fin de evitar los desórdenes que en semejantes días acaecían, como igualmente salir el Rosario por las calles en las tardes del Domingo y lunes anteriores que sacaban los venerables beneficiados, clero y hermandad del Rosario” pero que él, este año, no había acudido a la ermita por lo que no sabe sino de oídas lo que ocurrió pero que, testigo de parte, supone que el alcalde se sintió mal al no ser convidado y prefería estar con las máscaras (f. 8v.). Su testimonio del rezo del santo rosario públicamente por las calles no deja de ser, cuanto menos, llamativo.

Testifica Francisco Barreto (82 años), vecino de la ciudad, ratificando la información del anterior. Además, aunque tampoco fue este año a la procesión, él mismo fue alcalde de la ciudad durante tres años y siempre acudió a la misma sin necesidad de invitación alguna pese a las máscaras y mojigangas que también habían por las calles (f. 9r.).

Testifica Manuel Ramírez (61 años), vecino de Los Llanos, como sacristán o santero de la ermita desde hace tres años. Relata lo que vio mientras ayudaba a cargar en los hombros los tronos a los portadores y que jamás se hizo invitación alguna al Alcalde que, testigo de parte, es cierto que estaba con las máscaras fuera (f. 9v.).

Testifica Marcos Betancor (41 años), vecino de Los Llanos, que hace veintiséis años entró a servir como criado en la casa de Pedro de la Ascensión con quien estuvo hasta 1831 sirviendo igualmente a su viuda. Que el promotor de esta procesión fue Pedro y luego su viuda. Que vio lo sucedido estando en misa junto al púlpito y que jamás se había pedido permiso a nadie (f. 10v.).

15/03/2026
Testifica Cristóbal de Aguilar (57 años), vecino de la ciudad, que estaba durante la misa en la puerta de la iglesia y que el mismo Alcalde le manifestó que era verdad que había prohibido la procesión “por no haberle dado parte” y cómo se centró en las máscaras que transcurrían por la calle. Él, añade, ha visto a otros que fueron alcaldes ir a la procesión sin previa invitación (f. 11r.).

Testifica Manuel Santana (17 años), mozo de coro de la parroquia de san Juan sin añadir ninguna novedad a lo ya aportado por anteriores testigos (f. 12 r.).

Testifica por último el propio comisionado, párroco en Telde, con igual información que los anteriores. Además, remite todo el expediente al obispado ese mismo día (f. 12r.).

18/03/1834
El Provisor y Vicario General del Obispado, el Lcdo. José Falcón Ayala, remite todo a la Real Audiencia, aunque la diócesis esté “sede vacante”, para que tome cartas en el asunto y depure responsabilidades (f. 12r.). El argumento, en resumen, el alcalde ha prohibido una procesión porque así lo ha decidido y, para colmo, ha preferido los carnavales que sí que ha permitido sin poner reparo alguno de permisos. 

Procesión de la Virgen del Buen Suceso, san José y san Antonio en 1930
Iglesia de san Gregorio Taumaturgo - Telde (FEDAC)

Recibida la denuncia formal, la Real Audiencia comienza los trámites pertinentes que se alargan durante todo el mes de abril reclamando el testimonio del alcalde mediante carta del escribano de cámara Francisco Martínez de Escobar con fecha 18 de abril.

Fernando Zumbado, a la sazón Alcalde Real de la ciudad, había nacido en la casona que hoy ocupa la biblioteca municipal Montiano Placeres cuando todavía se denominaba su calle "de la Cruz" y no "Licenciado Calderín" como en la actualidad. Acusa recibo el 21 de abril (f. 17r.) y procede también a fundamentar su defensa con las aportaciones de varios testigos:

24/04/1834
Testifica Sebastián Millán (26 años), vecino de la ciudad, que él avisó por la mañana, es decir, con tiempo, al mayordomo de la ermita, Andrés de Vega, que no habían dado aviso a la justicia, que si se habían olvidado, que era necesario. Que lo avisó al criado del mayordomo, Luis Talavera, para que lo dijera a su señor (ff. 21v.-22r.).

Testifica Luis Talavera (23 años), vecino de Los Llanos, que, efectivamente, él avisó a su señor de lo que le habían dicho desde por la mañana.

28/04/1834
Testifica Andrés de Vega (38 años), teniente de Milicias y vecino de Los Llanos, que es verdad que su criado le dio el recado por la mañana pero que él pensó que tenía que pedir el permiso Manuel Betancor, encargado de la procesión, y se limitó a pasarle el recado por medio de “la priosta María del Pino Betancor” (f. 23r.). En resumen, hasta aquí, todo un "unos por otros y la casa sin barrer".

21/05/1834
Testifica Julián Zapata (64 años), de esta vecindad, que en la tarde del martes de carnaval se hallaba de conversación en la plaza de Los Llanos con Andrés de Vega, Vicente Suárez Naranjo y Carlos Falcón y se enteró de lo ocurrido ante su asombro porque el alcalde “no tiene obligación de asistir” por lo que “siempre se le ha pasado recado o aviso para que concurra” (f. 24r.).

27/05/1834
Testifica Juan Nepomuceno Santana (42 años), vecino de la ciudad, que se encontró con el cura que regresaba a san Juan con la cruz parroquial sin haber dado tiempo de que saliera la procesión y, extrañado, se interesó por los motivos y este le aseguró que no había salido la procesión porque no se había pedido permiso al alcalde y este se había sentido “burlado y ultrajado en su autoridad” dado que, además, había avisado con tiempo al mencionado Andrés de Vega (ff. 24v.-25r.).

Testifica Vicente Suárez Naranjo (27 años), capitán de milicias, que se encaró con Andrés de Vega por cómo pretendían sacar la procesión sin haber avisado al alcalde según le habían pedido a lo que este le contestó que “habiendo dejado de ser el mayordomo de esta procesión ordenó en su casa se lo comunicaran al que en la actualidad corría con la función” para que lo solicitara. Además, testifica que el beneficiado, al enterarse de la prohibición, “hallábase inmutado y poseído de cólera” (ff. 25v.-26r.). En resumen, hasta aquí, también algo muy habitual entre los que ayudan en las iglesias, los protagonismos y envidias.

Testifica Domingo Milán (64 años), de este vecindario, alguacil que dio la noticia en la ermita justo cuando salía la procesión, que él avisó al párroco que no había pedido permiso, “como era costumbre” (información que omitió en su anterior testimonio ante el párroco cuando fue llamado a testificar por la otra parte).

El alcalde, al que curiosamente ninguno de sus testigos nombra presente en la mascarada y mojiganga de las calles, testigos de parte, termina su información para remitirla el 23 de junio a la Real Audiencia “aunque considera por insignificante la queda dada por los párrocos al Provisor” a los que, además, acusa de “haber dado pábulo a escándalos y desórdenes por no haber salido la procesión” cuando él solo se ha limitado a cumplir la ordenanza municipal, es decir, “que tiene que asistir por obligación la Justicia” habiéndoseles invitado formalmente con antelación. Además, espera que se les llame la atención a los beneficiados por intentar conculcar la justicia ordinaria “mirando a los alcaldes con indiferencia y desprecio, queriendo arrollar su autoridad, persuadirlos de que son ignorantes” y amenazarlos con el castigo eterno para que “siempre estén reprimidos” (ff. 27r.-27v.).

Finalmente, en este sainete entre Don Carnal (el alcalde) y Doña Cuaresma (los beneficiados), la Real Audiencia corta por lo sano y el 18 de agosto de 1834, en un único y lacónico párrafo de sentencia “declara no haber lugar la queja presentada por los beneficiados de la iglesia parroquial de Telde contra su Alcalde Real, y se les previene que en lo sucesivo, para sacar a la calle las procesiones, den los oportunos avisos a la justicia”.

No sabemos cómo se tomaría tal revés judicial el beneficiado Chil Morales que, además, por más que financió los estudios de su sobrino, el doctor Gregorio Chil y Morales, no consiguió que este terminara excomulgado.

Está claro que los tiempos comienzan a cambiar para la Iglesia en la España cada vez más liberal del momento. El alcalde de Telde, envuelto en ese mismo año en quejas a la regente María Cristina por haber unificado el partido judicial de Telde con el de Las Palmas (Jiménez, pp. 227-230), ya es un firme partidario del liberalismo más radical. Vive su increencia con normalidad hasta el punto de menospreciar la condenación eterna considerando la fe una forma de represión. Aboga ya, sin saberlo, por una clara división Iglesia-Estado que todavía tardará en establecerse en nuestro país. 

La comunidad franciscana del convento teldense, presente en el sainete, debía estar viendo "las barbas de su vecino pelar" pues no participaron en las diligencias de parte de ningún bando cuando, a todas luces, seguramente, como mínimo fueron llamados a testificar por los beneficiados de la parroquial. No se equivocaban pues, al año siguiente, 1835, verían cómo el Estado aprobaba las leyes desamortizadoras que los echaría de su convento, como a tantos otros religiosos en el país. 

Finalmente, cosas de la Historia, será otro párroco de san Juan quien, por el contrario, alabe al mencionado alcalde dada su preocupación por la salud de los teldenses y, quizás, desconociendo su animadversión hacia la Iglesia.

“Ya desde 1834 [precisamente] se hablaba de la posibilidad y hasta de la probabilidad de que pudiera llegar a nuestra isla el cólera. Con tal motivo se dictas sendos bandos de policía e higiene por el alcalde a la sazón, don Fernando Zumbado, ordenando fuesen cegados todos los charcos de aguas inmundas, cubiertas todas las acequias, empedradas las calles (cada cual el tramo existente delante de su vivienda) y embaldosadas; se prohibió que anduvieran por las calles los cochinos sueltos; se ordenó que se encalaran las paredes de piedra seca en el interior de la ciudad, etc. Fue entonces cuando se hicieron las canaletas de piedra para la conducción de las aguas del “chorro” que, hasta entonces discurrían descubiertas por el centro de la calle, al igual que en Agüimes, obra que se realizó a costa de los regantes de las aguas del mismo” (Hernández, p. 277).

Quizás, sin saberlo, al prohibir la procesión, "don Carnal Zumbado" evitó un contagio masivo como, desgraciadamente, hemos vivido en tiempos más recientes y él mismo se tuvo que preocupar de atajar con la epidemia del cólera que asolará la ciudad en 1851 como parte de la Junta de Salud municipal.


REFERENCIAS

AHPLP. Real Audiencia de Canarias. Procesos civiles, penales y sala de gobierno. 1526 - 1939. Exp. 3701 (1834).

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

Jiménez Martel, G. (2009). "Avatares históricos del Partido Judicial de Telde (1813-1907)" en Boletín Millares Carló, núm. 28, pp. 219-240.

14 febrero 2026

EL OTRO CRISTO DE TELDE

Cristo difunto - Basílica de San Juan Bautista de Telde (Fotografía del autor)

En la actualidad muy pocos teldenses desconocen la imagen del Santo Cristo que preside el Altar Mayor de la basílica de san Juan Bautista de la ciudad. De hecho, la devoción que suscita entre los creyentes trasciende los límites municipales.

Esta devoción se fue gestando desde que su imagen pasara a formar parte del patrimonio de la parroquia en algún momento del siglo XVI, con total probabilidad, a partir de 1552, fecha del último inventario realizado por la parroquial de su patrimonio y ajuar en el que aún no se nombra (Hernández, 1940, p. 12). Transcurrido el tiempo, la relación de 1694 del médico e historiador teldense, Marín de Cubas, nos certifica la fama y devoción que suscita en las postrimerías del siglo XVII.

“Tiene en el testero la capilla mayor sobre el Sagrario un Crucifijo de cuerpo grande, el rostro divinamente hermoso, muy devoto y de muchos milagros, su fábrica fue en las Indias Occidentales de mano de españoles, que allá se hubo de los primeros frutos del vino y azúcar de esta Isla, y lugar de Telde en las primeras poblaciones de Indias: su materia es fungosa, papírea, o bombicínea, del corazón de piñas de maíz semejante al blanco del corazón del reamo de la higuera, del junco o hinojo” (Marín, f. 339).

Tan solo diez años más tarde, en 1704, la cruz de madera del Santo Cristo fue enriquecida recubriéndola de planchas de plata con una cartela del INRI a juego, todas ellas finamente repujadas por el orfebre Antonio Hernández y “con limosnas de los vecinos de esta ciudad de Telde a solicitud del Alférez Baltasar de Quintana y Juan de Monguía y Quesada S. C. D. S.”. Así se lee en una de las mencionadas planchas que recubren aún hoy el madero de la imagen.

Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, en la parroquial de san Juan Bautista era otra imagen del Crucificado, probablemente la preexistente en el templo y, por ende, más antigua, la que siguió suscitando la devoción de muchísimas familias que, aún a sabiendas de que se trataban de imágenes del mismo y único Cristo, prefirieron seguirle dirigiendo sus oraciones y devoción.

Se trata del Santo Cristo del Pilar, porque en uno de los pilares del templo tenía su altar, también conocido como Cristo de la Consolación. El obispo Verdugo, en visita pastoral a la parroquia de 9 de noviembre de 1779, determinó que “se quitara de la vista y veneración de los fieles” (Hernández, 1940, p. 8), pues más que devoción, producía espanto. Suponemos que esta apreciación del obispo, que no importaba a la feligresía, bien pudo estar causada por la mala calidad de la imagen, bien por su mal estado de conservación, claras referencias a su antigüedad. Quizás, también quiso el obispo encausar la devoción de todos hacia una única imagen, la del Altar Mayor. 

Sin embargo, no parece que la devoción de los teldenses por el Santo Cristo del Pilar o de la Consolación terminase por mor de la voluntad del obispo Verdugo según se desprende de la siguiente información que, además, nos adentra en la devoción a este otro Cristo de Telde hasta bien entrado el siglo XIX. Se trata de un litigio entre dos familias por la posesión de unas tierras que quedaron gravadas con una imposición en favor del mencionado Cristo, litigio que no terminará hasta el 9 de marzo de 1850.

“El 18 de setiembre de 1632 otorgó en Telde su testamento Catalina Miñol, disponiendo, entre otras cosas, que el escribano don Luis Norman tomase las tierras que la misma tenía donde llamaban las Cabezadas de las Piedras, compuestas de tres fanegadas labradías, las vendiese al mejor postor e invirtiese su producido en aceite para la lámpara del Santo Cristo que se venera en la parroquia de san Juan de Telde, cuidando el propio Norman de que aquello se consumiera en el sostenimiento de dicha lámpara.

[…] Posteriormente, el 2 de marzo de 1704, María García, viuda de Francisco Martín, por su testamento declaró y dispuso que había tenido devoción de encender la lámpara del Santo Cristo del Pilar, para lo cual, según instrumentos a los que se remitía sin mencionarlos, le había dado el Provisor de este Obispado un pedazo de tierra que llaman el Cercado de las Piedras, y que este terreno no entraba en partición para los hijos de la testadora, porque sólo estaba dedicado a dicha pensión de encender la lámpara todos los días festivos: lo cual dejaba a su hija María García, casada con Francisco Morán, para que esta devoción continuara entre sus herederos por siempre jamás, en el supuesto de que si aquellos no aceptaran este encargo, lo hiciese cualquiera de los hijos de la testadora que más se aplicase legando a dicho altar del Santo Cristo un par de candeleros de azófar y unos manteles para las funciones que a sus hijos y herederos se ofreciesen, así como la cera de seis colmenas que poseía.

[…] Pasados veinte y un años, el 23 de enero de 1725, acudió al Provisor y Vicario general de este Obispado, Miguel González, marido de Josefa García, pidiendo la posesión del terreno nombrado las Piedras, porque su cuñado José Hernández que lo tenía, no cumplía con el cuidado de la lámpara y aseo del altar del Santo Cristo, a lo cual accedió el Provisor, bien que el mismo Hernández contradijo aquella posesión en la que fue mantenido Miguel González, con cuyo motivo como hubiese apelado aquel para ante el Metropolitano de Sevilla y el Provisor hubiese oido la alzada en un solo efecto esta superioridad declaró no hacer fuerza el Juez eclesiástico a virtud del recurso de esta clase que por aquella causa introdujo José Hernández.

[…] Mas en lo sucesivo, habiendo ocurrido al mismo Provisor en 1762 Gregorio Morales, como marido de María Antonia Pulido en solicitud de que se le entregasen las mencionadas tierras, cuya administración alegaba haber corrido siempre entre los ascendientes de su mujer y de Juan de Ortega.

[…] Entonces, habiéndose sustanciado ante VE el pleito de posesión y propiedad del referido establecimiento piadoso, al cual salieron el mismo presbítero don Lucas Ramírez, Marías Ortega, Antonio Ortega Morales y Antonia Morales García, viuda de Juan de Ortega, VE tuvo a bien, por su auto de 19 de enero de 1832, que se ejecutó mantener a esta última en la posesión de los terrenos gravados a favor del Santo Cristo del Pilar con la pensión del culto de dicha imagen” (AHPLP).

A bote pronto, el testamento de Catalina Miñol de 1632 parece advertir que aún no había llegado a la parroquia de san Juan el Santo Cristo del Altar Mayor, al no precisar que se refería al del Pilar o Consolación. Es más, la clarificación llega en sus descendientes que siguen pugnando por las tierras que para mantener su culto legó.

Si bien es cierto que el Santo Cristo del Altar Mayor es una imagen propia del siglo XVI, solo hay que contemplar a su “gemelo” Santo Cristo de la Misericordia de Badajoz (Clemente et Bernal, pp. 580-585), bien pudo llegar a la parroquia con posterioridad, entrado el siglo XVII, lo que haría casar su historia mucho mejor con el incremento de la devoción hacia este al término del mismo antes referida, la configuración final del retablo de la capilla mayor del templo y la creación de su cofradía, cuyo libro de cuentas se remonta nada más que a 1752 (Hernández, 1958, p. 221).

Siguiendo esta hipótesis, quizás el nuevo Crucificado, de mejor factura, causó el desplazamiento del primigenio y su conversión en el Cristo “del Pilar”, para diferenciarlo del “del Altar Mayor”. Esta imagen, no la nueva, siguió siendo el objeto de la devoción y manda pía de Catalina Miñol y sus herederos que, ahora sí, ya lo distinguen en su advocación. Por ello, además, contribuyen al mantenimiento de su altar con manteles y candelabros al ser creado ex profeso en la capilla de san Bartolomé (hoy del Sagrado Corazón de Jesús), nueva ubicación de la imagen.

Allí lo encontró el obispo Verdugo en 1799 cuando ordenó retirarlo del culto. Es ilógico pensar que el beneficio de la parroquial ignorase tal mandato episcopal por lo que si todavía en 1850 el Santo Cristo del Pilar tenía altar y culto propio, con sostén económico incluido, era porque su imagen fue renovada por completo o, al menos, adecentada de tal forma que pudiera seguir teniendo culto público.

Santo Cristo de la Sacristía - Basílica de san Juan Bautista de Telde
(Fotografía del autor)

Es aquí donde la constancia documental se pierde y da paso a la tradición oral que se perpetúa generación a generación entre la feligresía de la hoy basílica de san Juan Bautista.

Entre 1799 y 1810, precisamente, “en el cuaderno de la Cofradía de la Piedad, del archivo parroquial de San Juan, se lee: “Por un Crucifixo nuevo, cruz de caoba, INRI de plata, que todo costó ciento diez pesos, que componen mil y cien reales de vellón antiguos, porque el que había, además de no tener figura, estaba todo deshaciéndose” (Hernández, 1958, p. 112).

Esta nueva imagen se ha identificado con la del Santo Cristo de la Sacristía que aún hoy procesiona la tarde del Viernes Santo por la zona fundacional de nuestra ciudad. Las fechas y su encargo como sustitución de otro en mal estado hace que podamos concluir que antes de terminar en la sacristía fungió como renovado Santo Cristo del Pilar o de Consolación en su altar propio. Sin embargo, aunque su otra advocación "de Consolación" pueda provenir de su inclusión en la cofradía, es extraño que ni el obispo Verdugo, ni la documentación estudiada, refiera que el citado Cristo perteneciera a alguna dado que la Cofradía de la Piedad fue establecida por el beneficiado Domingo Monagas y Sorita antes de 1752 y, además, no en la iglesia de san Juan Bautista sino en la del Hospital San Pedro Mártir (Hernández, 1958, pp. 220-221). 

De igual forma, otra tradición no confirmada que se mantiene en la feligresía teldense es que el la imagen original del Santo Cristo del Pilar, la que se deshacía y tenía aspecto monstruoso, fue recompuesta de la mejor manera como Cristo difundo dentro del magnífico sepulcro que a la parroquial fue regalado en los albores del siglo XIX por la masonería.

Esta imagen, fuera o no el Santo Cristo del Pilar, adolece todavía hoy de un estudio que certifique lo que a todas luces parece indicar una mirada detenida a la misma, a saber, que también es obra indiana modelada en papel y pasta de millo.


REFERENCIAS

AHPLP. Real Audiencia de Canarias. Procesos civiles, penales y sala de gobierno (1526-1990). Expediente núm. 1940 (1848-1850).

Clemente Fernández, J. I. et Bernal Estévez, A. (2020). “Dos crucificados novohispanos en Los Santos de Maimona: Cristo de la Misericordia (1550-1574) y Cristo de la Sangre (atribución s. XVI)” en Revista de Estudios Extremeños, vol. 72, núm. 2, pp. 577-590.

Hernández Benítez, P. (1940). El Santo Cristo del Altar Mayor de la parroquia de San Juan Bautista de Telde. Imprenta España.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

26 enero 2026

TELDE JESUITA

San Ignacio de Loyola, s. XVII - Basílica de San Juan Bautista (Telde)
(Fotografía cedida por Daniel Ramírez Gil)

La Compañía de Jesús, fundada por san Ignacio de Loyola, fue aprobada como institución religiosa por el papa Paulo III en 1540. Los jesuitas, como se denomina a sus miembros, pronto estuvieron misionando en las islas con el ánimo de abrir sus colegios en ellas.

En su testamento de 5 de septiembre de 1568, Juan Moreno, vecino de Telde, lega su libro de cuentas personal al P. Diego López de la Compañía de Jesús. En él tiene anotadas “algunas contrataciones con personas de la isla” y le da poder al mencionado jesuita “para que lo vea y diga lo que se hace” (AHPLP, pp. 58r.-63v.).

Esta familiaridad entre ambos es, sin duda alguna, fruto del buen hacer del jesuita que, junto a otros tres miembros de la Compañía de Jesús, habían llegado a las islas acompañando al nuevo obispo de su diócesis, Bartolomé Torres. Este, había conocido en su juventud a san Ignacio de Loyola quedando prendando de su carisma (Escribano, p. 9). Por eso, el 16 de octubre de 1566, el tercer general de la Compañía, san Francisco de Borja, le concede el permiso, tantas veces solicitado por el obispo, para poder acudir a su nueva diócesis acompañado de algunos jesuitas con el ánimo de que establezcan una fundación en ella. Así, obispo y jesuitas llegaron el 16 de mayo de 1567 a Tenerife y el 3 de junio a Gran Canaria. Sus nombres, los PP. Diego López y Lorenzo Gómez junto con los HH. Luis Ruis y Alonso Giménez (Escribano, p. 10).

Si bien años antes, en 1566, habían predicado en las islas algunos jesuitas que iban de camino a La Florida (Escribano, p. 8), se trató de la misión del P. Diego López, dado que el P. Lorenzo Gómez pronto falleció en Tenerife, la que más ardor por la Compañía produjo entre los canarios tal cual relatan las crónicas llenas de múltiples conversiones entre los isleños, asombrosos prodigios y acciones proféticas (Nieremberg, pp. 52-58).

Así, no nos debe extrañar la ascendencia que llegó a tener el misionero sobre el teldense Juan Moreno en poco más de un año ni, tampoco, sobre otro teldense, Marcos García del Castillo, que, aunque solo tenía seis años cuando abandonaron la isla los citados jesuitas en 1570, “desde muy niño sintióse inclinado a abrazar el estado eclesiástico y, hechos sus estudios previos, ingresa en la Compañía de Jesús, donde se distinguió por su talento y prudencia que le valieron el nombramiento de Rector en varios colegios de la Compañía; fue catedrático de Prima, Consultor y Calificador del Santo Oficio y, por último, Provincial de Castilla, en 1612” (Hernández, p. 240).

Efectivamente, esta misión se dio por terminada en 1570 al ser convocados por el General de la Compañía, san Francisco de Borja, para reunirse en Sevilla junto a otros jesuitas con los que partirán hacia el virreinato de Nueva España. Allá, también, desempeñará sus dotes misioneras con gran fama el mencionado P. Diego López (Nieremberg, pp. 59-62).

La fundación definitiva de los jesuitas en Gran Canaria se producirá en 1699, tras varias experiencias misioneras anteriores frustradas, con la apertura del Colegio de la Sagrada Familia en Vegueta. En ella establecerán su capilla, a la que se traslada solemnemente el Santísimo desde la Catedral el 10 de mayo de 1699. Será el germen de la actual iglesia de San Francisco de Borja de la que se puso su primera piedra el 25 de febrero de 1724 (Escribano, p. 23).

En esta capilla, como en la del Colegio jesuita de La Orotava, inaugurado ocho años antes, veneraban a su santo fundador con sendas imágenes dispuestas para el culto. Sin embargo, tiene la parroquial teldense el grato honor de ser la primera iglesia no jesuita de las islas, quizás de España, en dedicar no solo un altar, sino toda una capilla, al santo de Loyola.

Capilla de san Ignacio de Loyola en una fotografía de mitad del s. XX (FEDAC)

El que fuera beneficiado de la misma entre 1682 y 1708, el teldense D. Francisco Yánez Ortega, ya había solicitado el 22 de febrero de 1696 al obispo Bernardo Vicuña y Zuazo poder construir una capilla “en la que colocar la imagen del glorioso patriarca san Ignacio de Loyola de la Compañía de Jesús”. Concedido el permiso, estuvo erigida en tres años, “trayéndose en procesión la imagen del patrono desde el hospital de San Pedro Mártir, con acompañamiento del Beneficio, clero y personas principales de la ciudad” (Hernández, p. 75). Como vemos, esta capilla se inauguró el mismo año que la del Colegio jesuita grancanario.

Dispuso, además, que la capilla contara con una sepultura de bóveda en la que fueron recibiendo sepultura sus familiares y, finalmente, él mismo. Pronto, el retablo original fue ampliado y enriquecido con la añadidura de grandes lienzos. Cuatro de Juan de Silva mostrando los principales santos jesuitas del momento (san Francisco de Borja, san Estanislao de Kotska, san Francisco Javier y san Luis Gonzaga). Otro, de Cristóbal Quintana, mostrando el abrazo de los santos fundadores de los dominicos y los franciscanos (santo Domingo de Guzmán y san Francisco de Asís). 

Quién sabe si por ser este beneficiado tan amante de la Compañía de Jesús y en celestial recompensa por dotar a la iglesia de tan hermosa capilla, el Santo Cristo del Altar Mayor comenzó a aparecerse como una proyección sobre el exterior de la pared posterior del templo pero, a la par que crucificado, revestido de sacerdote. Casualmente, esta devoción de Cristo Crucificado Sacerdote era alentada por los jesuitas del momento. El historiador teldense, Tomás Marín de Cubas, nos relata que durante su segundo regreso de la península a la isla, a su paso por Cádiz, tuvo noticia de las apariciones al escuchar a “cierto Padre jesuita admirando el prodigio del Santo Crucifijo de Telde”. Al llegar a su ciudad natal, también el párroco, seguramente el beneficiado Yánez, le indicó cómo y dónde observar tal prodigio. Finalmente, aunque adolece Marín de Cubas de cierto falsarismo, se reconoce en su obra como testigo de las mismas (Marín, ff. 340-342).

"Cruz de las apariciones" que todavía hoy señala el lugar de las mismas (FEDAC)

Este jesuita que refiere haber encontrado en Cádiz y que, sin duda alguna, había misionado en Telde, podría tratarse de uno de los que por entonces estaban tramitando la fundación del colegio capitalino en las casas de Vegueta que les había legado el canónigo e inquisidor de la diócesis, Andrés Romero Suárez Calderín. No podemos olvidar que, junto a estas casas, también les legó algunas otras en la zona de El Portichuelo de nuestra ciudad. En ellas fundarán los jesuitas una hacienda para su explotación y sustento de su Colegio, así como una casa de retiro y solaz para los miembros de la Compañía. Esta fundación jesuita en Telde, “El Cortijo de San Ignacio”, dejó de ser propiedad de la Iglesia tras la desamortización. En la actualidad, en manos privadas, es explotada como hotel rural, conservando, en gran medida, su estructura original entre cuyas estancias destaca su oratorio.

En el barrio teldense limítrofe, La Majadilla, fructificó la devoción al santo fundador de los jesuitas pues se fue conformando a partir de las cuarterías donde vivían los jornaleros que trabajaban las tierras del cortijo jesuita. Sigue celebrando el mencionado barrio sus fiestas en honor a san Ignacio y a la Inmaculada Concepción en su pequeño salón parroquial a la espera de poder finalizar las obras de su iglesia iniciadas hace décadas.

Damos un salto al siglo XX, corre ya el año 1955. El papa Pío XII ha convocado el XXXVI Congreso Eucarístico Internacional a celebrar e Río de Janeiro (Brasil), encomendando a los PP. Jesuitas su organización. A la par, les permite que una reliquia de su santo fundador, parte del cráneo, salga de Roma y los acompañe en su periplo hasta tierras americanas. Todo ello porque, además, desde el 31 de julio de 1955 y hasta el mismo día de 1956 ha decretado la celebración de un año jubilar por el IV Centenario de la muerte de san Ignacio de Loyola.

La noticia en la España del momento tiene honda resonancia dada la nacionalidad del santo, el carácter confesional de la dictadura y la especial devoción del dictador por las reliquias. De esta manera es como se entiende la siguiente publicación del Boletín Oficial del Estado de 23 de octubre de 1955.

"DECRETO de 21 de octubre de 1955 por el que se disponen los honores que se han de tributar a las reliquias de San Ignacio de Loyola, con motivo de la celebración del IV Centenario de su muerte.
La conmemoración del IV Centenario de la muerte de San Ignacio de Loyola que se celebra durante el presente año y hasta el treinta y uno de julio de mil novecientos cincuenta y seis, dará lugar a solemnes actos, organizados para honrar a uno de los más grandes Santos de la Iglesia y a una de las figuras señeras de la historia de España. El Cráneo de Ignacio de Loyola, reliquia insigne del Santo, recorrerá procesionalmente varias ciudades españolas, y habiendo dispuesto el Gobierno, por Decreto de veinticuatro de junio del corriente año, el carácter oficial del Centenario, quiere ahora asociarse al júbilo de las poblaciones que tengan el honor de recibir la preciada reliquia de quien siendo Capitán del Ejército español derramó su sangre en defensa de la unidad de la Patria; contribuir al mayor esplendor de los actos que se organicen y rendir el honor que merece el hombre y el Santo genial que supo proyectar su acción bienhechora a través de los tiempos y de las tierras del mundo.
En mérito de lo expuesto, y de acuerdo con el Consejo de Ministros,

DISPONGO
Artículo único: Se tributarán los honores militares máximos al sagrado Cráneo de San Ignacio de Loyola, en aquellas capitales en que se organicen actos para recibir y venerar tan preciada reliquia.
Así lo dispongo por el presente Decreto, dado en Madrid a veintiuno de octubre de mil novecientos cincuenta y cinco.

FRANCISCO FRANCO

El ministro Subsecretario de la Presidencia del Gobierno,
LUIS CARRERO BLANCO"
(BOE, núm. 296, 23/10/1955, pp. 4-5).

El paso de la reliquia ignaciana por nuestro país significó su escala tanto en Gran Canaria como en Tenerife. El párroco de san Juan Bautista, D. Pedro Hernández Benítez, no podía permitir que Telde, aunque no fuera capital de provincia, quedara al margen de tan insigne visita. Así, consiguió convencer a las autoridades religiosas y civiles para que la reliquia pernoctase en su parroquia a su llegada a la isla por el aeropuerto de Gando. Los motivos que adujo fueron la secular raigambre jesuita de la ciudad, sus hijos jesuitas y demás anecdotario recogido en este artículo.

Llegada de la reliquia de san Ignacio de Loyola al aeropuerto de Gando (FEDAC)

El 17 de diciembre de 1955 llegó la reliquia al aeropuerto de Gando. Del mismo descendieron, tras el resto de pasajeros, el superior de la residencia del colegio capitalino de los jesuitas, P. Pablo Napal Escudero, portando el relicario con la sagrada reliquia. De esta manera fue recibido por las autoridades religiosas, militares y civiles allí congregadas al calor de lo dispuesto por el Jefe del Estado meses atrás.

De allí, fue trasladada a nuestra ciudad, entrando en procesión a la parroquia de san Juan tras recorrer la calle principal tapizada con alfombras de serrín y bajo la lluvia de pétalos que eran arrojados desde ventanas y balcones, todo ello dispuesto por la feligresía. La reliquia permaneció expuesta durante un día completo en el altar mayor antes de proseguir su ruta hacia la Catedral y, obviamente, también a la iglesia propiamente jesuita de san Francisco de Borja vecina.

Tras un periplo breve por otras iglesias del interior de la isla, dada la insistencia del obispo a la sazón, D. Antonio Pildain y Zapiain (vasco como san Ignacio), la reliquia partirá hacia Tenerife desde la Base Naval de Las Palmas en la corbeta “Descubierta”. Allí también fue recibida con los máximos honores tal cual podemos comprobar en el folleto publicado por la Acción Católica nivariense a los pocos días (Secretariado).

En la actualidad, la capilla de San Ignacio de Loyola ha trocado en capilla de Nuestra Señora del Carmen al desplazar esta imagen mariana a la del santo jesuita. Esta última ha pasado a venerarse en un lateral de la capilla de San José. El emplazamiento original de la Virgen del Carmen, probablemente de escuela genovesa, era el testero en el que hoy se encuentra la vitrina que custodia el tríptico flamenco de pincel.

"Segunda" imagen de san Ignacio de Loyola que permanece en su capilla 
(Fotografía del autor)

Por respeto a la voluntad del fundador de la capilla, en ella enterrado, así como en desagravio por la usurpación, se decidió costear una pequeña imagen de san Ignacio, probablemente de pasta de madera y de escuela olotina, para que permaneciera en su capilla en una repisa a la derecha de la imagen mariana.

Recreación de la disposición original del retablo (Fotomontaje del autor)

Si bien evita el posible agravio, no evita que la capilla y su magnífico retablo haya perdido su lectura iconográfica y devocional originaria, lectura que sería bueno se recuperara en una futura restauración integral del templo.


REFERENCIAS

AHPLP. Protocolos notariales. Escribano Pedro de Fernández de Chávez. Telde. 1568-1570.

Boletín Oficial del Estado, núm. 296, 23/10/1955.

Escribano Garrido, J. (1982). Los jesuitas en el desarrollo pastoral de la diócesis de Canarias entre 1566 y 1767. Lección inaugural del curso académico 1982-83. Publicaciones del Centro Teológico de Las Palmas. Imprenta Pérez Galdós. Las Palmas de Gran Canaria.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

Marín de Cubas, T. ([1694] 1993). Historia de las siete islas de Canaria. Canarias Clásica. Santa Cruz de Tenerife.

Nieremberg, J. E. (1882). Hechos políticos y religiosos del que fué cuarto duque de Gandía, virey de Cataluña y después tercero General de la Compañía de Jesús, Bto. Francisco de Borja, vol. 2. Imprenta de la viuda e hijos de J. Subirana. Barcelona.

Secretariado diocesano de prensa, cine y radio de la Acción Católica (1956). La reliquia de San Ignacio de Loyola en Santa Cruz de Tenerife. Goya ediciones. Santa Cruz de Tenerife.

19 enero 2026

DE LA ERMITA TELDENSE DE LOS SANTOS SEBASTIÁN Y ROQUE

Fotografía aérea del barrio de San Sebastián de la ciudad de Telde (Google Earth)

Tuvo nuestra ciudad, desde el momento de su repoblación tras la conquista realenga de las islas, una ermita al santo mártir Sebastián, conformándose a su alrededor un pequeño barrio que, aún hoy, está situado en una de las salidas de la ciudad hacia el cauce de su Barranco Real, acceso que en sus orígenes era el principal camino a las tierras de Tara y del interior de la isla.

Siguiendo una información del licenciado Fernán González de la Costa que la visitó en 1555, según la documentación conservada en el archivo parroquial de san Juan Bautista (Hernández, p. 179), la ermita tuvo su origen “cuando se fue a conquistar y se ganó la isla de la Palma” (a saber, 1492-1493); que también fue dedicada conjuntamente a san Roque, “después del año de la pestilencia” (“la modorra” de 1526), y que fue bendecida, que no consagrada, por el obispo de Marruecos “habrá cuatro años” (por lo tanto, 1551).

Esta información, además, se complementa con los estatutos de la cofradía del santo que obran en el mencionado archivo y que retrotraen su existencia a 1490 (Hernández, p. 177). Por lo tanto, la construcción de la ermita fue fruto de la voluntad de los cofrades, construcción que, al calor de otros documentos, sabemos que se alargó en el tiempo, más allá de la visita del licenciado González, pues Luisa de Troya, en su testamento de 20 de mayo de 1569, lega “a la iglesia de san Sebastián de Telde, para su obra, dos reales en aceite para su lámpara” (AHPLP, pp. 260r.-263v.). 

Tampoco podemos descartar que se trate de obras de acondicionamiento y mejora pues en 1757, su mayordomo Domingo Monagas y Sorita, tendrá que recurrir a la cuestación popular para las reparaciones pertinentes ante la amenaza de ruina (Hernández, p, 180).

Muchos son los lugares de Gran Canaria que contaron desde su conquista con ermitas de san Sebastián, generalmente a las afueras de la ciudad, para que quedaran protegidas de pestes y demás epidemias. Todavía subsisten las de Agaete, Gáldar, Guía y Agüimes (su parroquia) pero sabemos que también existieron en la capital, bajo lo que hoy es el banco de España en las inmediaciones del parque de san Telmo, y Arucas, bajo lo que hoy es el edificio de su mercado municipal. Del mismo modo, también hay reseñas de cofradías del santo en las parroquiales de Santa Brígida o San Bartolomé de Tirajana.

La motivación para la creación de su iglesia en Agüimes no responde, sin embargo, a la protección del santo contra las epidemias, sino a que en su día, un 20 de enero de 1487, los Reyes Católicos concedieron el término como señorío jurisdiccional al obispo de Canarias.

Del mismo modo, me atrevo a apuntar que la de Telde pudo tener también otra motivación pues el santo es protector de los ejércitos (patrón de militares), erigiéndose su cofradía y proyectándose su ermita como intercesión para los que acudirían a la conquista de La Palma como parece indicar la información de 1555. No en vano, cuando transcurre la epidemia de “la modorra” de 1526 (Hernández, p. 177), prefieren rogar a otro santo, a san Roque. 

En este sentido, el testamento de Cristóbal García de 1539 (Chil, p. 488), parece dejar entrever que se está promoviendo la construcción de una nueva ermita, otra aparte, a san Roque, para la que lega dinero al margen de lo legado para la de san Sebastián y san Roque, dejando entrever que esta doble intitulación sería momentánea. Sin embargo, no llegó a buen término pues la realidad que se impuso fue la de ambos santos como cotitulares de la única ya existente.

Destacar que los teldenses, no solo se acogieron a la protección divina en aquellos días, sino también a remedios más humanos fruto de los avances médicos hasta ese momento. Así se desprende del poder que otorga Juan de Castro en 12 de junio de 1528, para que Fernando Fragoso pueda cobrar “a los vecinos y moradores de Telde, de todos y cada uno, y de Rodrigo de Cubas, alguacil de la ciudad, 4 doblas de oro por sus servicios que les hizo en el hospital de la misericordia de Telde en el tiempo en que estuvo enferma de pestilencia” (AHPLP, p. 186r.).

Esta ermita llegó a tener un tesoro bastante importante dentro de su modesta condición de ermita. Según un inventario levantado en 1544 por el visitador doctor don Antonio Nieto, sabemos que la ermita contaba con “un frontal a manera de artes con siete tiras anchas labradas, granas; otro lienzo guardamesí de colores. Una imagen de Nuestra Señora de barro, que es obrada, dentro de un tabernáculo viejo. Item una imagen pequeña de San Sebastián de bulto. Item un retablo de un crucifijo pintando de lienzo de pincel grande, guarnecido de madera pintada de azul. Item, un paño que está en el altar, de lienzo con la imagen de San Sebastián. Item, otro paño pintado, de lienzo, pintada una imagen de Nuestra Señora del Rosario, Item, otro paño de figuras de lienzo en que está pintada la Encarnación y el Nacimiento y los Reyes. Item, otra imagen, pequeña, de bulto, dorada, de San Roque. Item, un paño que está por frontal en el altar, con una pintura de Flandes. Item, un cáliz de plata, dorado por dentro y el borde labrado y al pie una imagen de San Sebastián y otra de San Roque, y una cruz en el pie con una letras que dicen jhus, con purificador y funda de lienzo. Item, una tabla con unas letras de la consagración, escritas en pergamino” (Hernández, pp. 178-179).

Este tesoro se fue enriqueciendo con el paso de los años. Ya en 1722, al calor de un nuevo inventario, sabemos que, además, la ermita contaba con una excelente pinacoteca formada por “ocho cuadros grandes de lienzo, cuyas advocaciones son: San Juan Bautista, San Pedro, San Pablo, San Gregorio Taumaturgo, San Cayetano, San Antonio de Padua, Santa Catalina Mártir y Santa Inés Mártir (Hernández, p, 180). Del mismo modo, en 1799, “con buenas imágenes para solemnizar la Semana Santa”, como un Cristo atado a la columna, una virgen de la Soledad y otra de san Juan evangelista (Hernández, pp. 179-180). 

Sobre las imágenes de Cristo flagelado y de la Soledad encargadas a Luján Pérez por los herederos de Juan Alonso alrededor de 1798 (Hernández, p. 227), se fundamentó la leyenda popular, no comprobada documentalmente, sobre el enfado del imaginero que mandó trasladarlas por las bravas nuevamente a su taller al dilatarse el pago acordado. La tradición va más allá y asegura que son las mismas que, actualmente, se veneran en la parroquial guiense.

Del mismo modo, sostiene la tradición popular que el destino del mencionado san Juan evangelista de la ermita y, probablemente, un desconocido san José que también se veneraba en ella, terminaron formando parte del oratorio privado que el sacerdote Cristóbal Suárez González erigió en noviembre de 1885 a la Virgen de la Salud en la Era de Mota (Valsequillo). En la actualidad están desaparecidas. 

A colación del destino del ajuar de la ermita, como particularidad, nótese que en el inventario de 1799 se hace referencia a una imagen de Santa Rita que se veneraba en el altar mayor de la ermita, imagen que, suponemos, sea la que aún hoy se conserva en la cercana iglesia de San Francisco de la ciudad.

En resumen, la humildad de la ermita contrastaba, no obstante, con su rico tesoro y ajuar, así como con la actividad religiosa que desarrollaba. Destacaba en los cultos a sus titulares en sus respectivas festividades al engalanar la ermita y su artesonado con ramas olorosas. También era centro de atención en los actos de Semana Santa de la ciudad, no solo al procesionar desde ella el Cristo atado a la Columna la noche del Martes Santo (Hernández, p. 227), sino también al ser estación de penitencia de las procesiones de las demás cofradías de pasión teldenses así como por la decoración con ramas y naranjas de su "monumento" el Jueves Santo. Por último, porque también en la solemnidad del Corpus Christi, ambos patronos acompañaban al Santísimo Sacramento en el cortejo procesional de la parroquia (Hernández, p. 180).

Imagen "originaria" de san Sebastián - Museo Diocesano de Arte Sacro
(Fotografía del autor)

¿Imagen "originaria" de San Roque? - Parroquia del Valle de San Roque
(Fotografía del autor)

Con respecto a la imagen titular, hoy en el Museo de Arte Sacro Diocesano, nos revela su procedencia americana un inventario de 1579 al recoger que la imagen del titular es “de bulto, de alabastro, (…) con una peana dorada, que se dice la enviaron de Indias para la dicha ermita” (Hernández, p. 108). Aunque hoy haya perdido la policromía, podemos imaginar la que mostraba pues en otro inventario, este de 1712, describe la imagen “con su peana azul, en que está un árbol matizado de verde y encima de las dos puntas, que tiene el dicho árbol, una imagen de bulto de un ángel”. Teniendo en cuenta el cambio de color de la peana podemos pensar en un repintando de la misma por la pérdida del dorado con el paso de los años, mostrando el resto de la imagen el color propio de las carnaciones dada la desnudez del santo que solo muestra un paño de pureza.

A las primitivas imágenes de san Sebastián y de san Roque, le sucedieron en el culto, quizás para solventar su reducido tamaño, dos tallas de madera de mayor tamaño y factura dieciochesca ya que, con total probabilidad, fueron parte del plan de mejora de la ermita que culmina con la restauración integral del edificio estudiada de 1757.

Estas "segundas" imágenes se siguen venerando en la actualidad en la basílica de san Juan Bautista de nuestra ciudad. La "originaria" de san Roque, "pequeña, de bulto y dorada" según el inventario citado de 1544, creemos que se puede tratar de la que el sacerdote de la parroquial teldense, José Marín y Cubas, entronizó en la ermita del Valle de San Roque cuya edificación promovió entre los años 1728 y 1735 lo que, desafortunadamente, ha dado por sentado que la talla es del siglo XVIII, si bien podría ser la que nos ocupa del s. XVI remozada.

"Segunda" imagen de San Sebastián - Basílica de san Juan Bautista
(Fotografía del autor)

"Segunda" imagen de San Roque - Basílica de San Juan Bautista
(Fotografía del autor)

Finalmente la ermita fue mandada a demoler por el alcalde de la ciudad don José Falcón Vega al calor de los acontecimientos de la revolución Gloriosa de septiembre de 1868. No hay constancia documental de por qué se tomó tal decisión y no la de su reconstrucción si el motivo era que la ermita amenazaba ruina nuevamente, todo ello dado que el supuesto anticlericalismo de la corporación municipal del momento no prosiguió con la expropiación de otros espacios sagrados.

De nada sirvieron las súplicas del párroco del momento, don Juan Jiménez,Quevedo, para que tal derribo y profanación no se llevara a cabo (Hernández, p. 178).

En la tradición popular hay quien indica que este alcalde, interesado en el lugar por algunas propiedades colindantes, suyas o de sus allegados, no dudó en prender fuego a la ermita para acelerar su ruina. Esta idea interesada del alcalde se contrapone con el destino que se dio al solar de la ermita, pública subasta, sin que se especificara a qué se destinó el dinero logrado por la misma. 

Este solar, en la actualidad, probablemente sea el que terminó por acoger el gran estanque que existe aún dentro de la propiedad privada que constituye la denominada “Finca de Santa María”, en la calle que aún conserva el nombre del santo.

Posible localización a partir de pormenor del plano de Torriani de 1590,
que señala su emplazamiento con la letra "e",
y una fotografía aérea de Google Earth (fotomontaje del autor)

En el archivo histórico municipal, aún sin catalogar adecuadamente, se conserva en la documentación sobre el cementerio municipal un acta que revela el destino que se dio a las lozas de cantería que formaban el enlozado de la ermita. Con ellas se enlozó, a su vez, los dos grandes cuartos que conformaron los cuartos de aparejos del sepulturero y que hoy, remozados con enlozado moderno, son la capilla y sala-velatorio del mismo.


REFERENCIAS

AHPLP. Protocolos notariales. Cristóbal de San Clemente. Las Palmas de Gran Canaria. 1528-1529.

AHPLP. Protocolos notariales. Escribano Pedro de Fernández de Chávez. Telde. 1568-1570.

Chil y Naranjo, G. (1891). Estudios históricos, climatológicos y patológicos de las Islas Canarias, Vol. 3. Imp. La Atlántida. Las Palmas de Gran Canaria.

Hernández Benítez, P. (1958). Telde, sus valores arqueológicos, históricos, artísticos y religiosos. Talleres tipográficos de imprenta Telde. Telde.

30 noviembre 2025

LA TELDE DEL BANDO EQUIVOCADO

Cruz de los Caídos de Telde, c. 1955-1958 (FEDAC)

Con el inicio del nuevo milenio se decidió desmontar y hacer desaparecer la Cruz de los Caídos que, junto con su altar y pequeña escalinata, permanecía desde mediados de la década de los cincuenta del s. XX anexa al exterior de la sacristía de la capilla de san Ignacio de Loyola de la iglesia de san Juan Bautista.

Es cierto que su demolición no se aprobó al calor de ninguna ley de memoria histórica (la primera en nuestro país será aprobada en 2007). De hecho, tal decisión no supuso ningún resquemor en la ciudad, ni reavivó encono ideológico alguno entre sus habitantes como se ha vivido en tiempos más recientes con otras instalaciones de tal tipo. Su retirada fue bien recibida, simple y llanamente, por entenderse como una obra necesaria y urgente dado que su ubicación había generado serias humedades en la basílica. No en vano, durante casi cinco décadas, las aguas pluviales se habían venido filtrando entre el monumento y la pared de la parroquial teldense.

El monumento fue diseñado por José Arencibia Gil que, a la sazón, ya trabaja como docente en el Instituto Laboral de Telde, que hoy lleva su nombre, desde el año 1954. Poco antes, había regresado de su forzado exilio, primero en Brasil y luego en Venezuela, países a los que huyó en 1948 al entender que podría volver a la cárcel ante la reactivación por el régimen franquista de la represión de la masonería y el comunismo. 

Posible fotografía de la inaguración del monumento, c. 1955-1958 (FEDAC)

Sí, es la otra gran anécdota de este episodio de nuestra historia, este monumento que, en principio, ensalzaba a los teldenses que dieron su vida por España (por la golpista), fue diseñado por el que, sin embargo, luchó durante la contienda por la legalidad democrática establecida por la II República. Sí, la Cruz de los Caídos de Telde fue diseñada por alguien que, quizás, cosas de la historia, fue uno de los que hizo "caer" a alguno de los teldenses con ella homenajeados.

En la fotografía se observa a José Arencibia justo al pie de la cruz, con corbata negra y chaqueta clara, flanqueado por las autoridades teldenses y por destacados falangistas, señoras de la sección femenina y vecinos, entre los cuales, la siempre curiosa chiquillería. Nunca sabremos lo que pensaba mientras el fotógrafo inmortalizaba junto con tal momento su anexión ficticia al régimen (por mera supervivencia) o, quizás, su anexión sincera tras cambiar de opinión, lo que puede explicar su meteórica y exitosa carrera posterior durante la dictadura.

No obstante, quizás fue su honda fe religiosa, que tan admirablemente dejó plasmada en su obra mural por varias de las iglesias grancanarias, lo que le llevó a erigir el monumento sin resquemor alguno y sin más intención que la conciliadora. Al fin y al cabo, parece pensar, "caídos" fueron los de ambos bandos y en la guerra jamás hay vencedores, sino solo vencidos. Así, la Cruz de los Caídos teldense no tuvo jamás placa alguna que recordara, específicamente, ni acontecimiento, ni miembro de ningún bando, quién sabe si para así recordar a los de ambos, aunque las instituciones del Movimiento Nacional se dedicaran por esos mismos días a clarificar, sin ningún género de dudas, quiénes fueron estos "caídos".


No se puede juzgar el pasado desde el presente. No sabemos si los teldenses que lucharon en el bando golpista lo hicieron por propia voluntad u obligados por las circunstancias, como tampoco lo sabremos jamás de los teldenses del bando republicano que dieron su vida por la legalidad democrática vigente. 

Arencibia Gil, con su acierto de obviar cualquier fecha y nombres en aquel monumento que muchos conocimos, nos recuerda que desde ambos bandos, uno con razón, otro en la sin razón, se cometieron atrocidades que no deberían volver a repetirse jamás en la Historia, ni ser recordadas para generar división, sino reparación, justicia, perdón, concordia y paz.


REFERENCIAS

AHPLP. Instituciones del Movimiento Nacional. Delegación provincial de excombatientes. Relación nominal de caídos. 1937-1958.

Jiménez Martel, G. (2018). Guerra Civil, José Arencibia Gil y otros artistas canarios. Mercurio. Madrid.