30 noviembre 2025

LA TELDE DEL BANDO EQUIVOCADO

Cruz de los Caídos de Telde, c. 1955-1958 (FEDAC)

Con el inicio del nuevo milenio se decidió desmontar y hacer desaparecer la Cruz de los Caídos que, junto con su altar y pequeña escalinata, permanecía desde mediados de la década de los cincuenta del s. XX anexa al exterior de la sacristía de la capilla de san Ignacio de Loyola de la iglesia de san Juan Bautista.

Es cierto que su demolición no se aprobó al calor de ninguna ley de memoria histórica (la primera en nuestro país será aprobada en 2007). De hecho, tal decisión no supuso ningún resquemor en la ciudad, ni reavivó encono ideológico alguno entre sus habitantes como se ha vivido en tiempos más recientes con otras instalaciones de tal tipo. Su retirada fue bien recibida, simple y llanamente, por entenderse como una obra necesaria y urgente dado que su ubicación había generado serias humedades en la basílica. No en vano, durante casi cinco décadas, las aguas pluviales se habían venido filtrando entre el monumento y la pared de la parroquial teldense.

El monumento fue diseñado por José Arencibia Gil que, a la sazón, ya trabaja como docente en el Instituto Laboral de Telde, que hoy lleva su nombre, desde el año 1954. Poco antes, había regresado de su forzado exilio, primero en Brasil y luego en Venezuela, países a los que huyó en 1948 al entender que podría volver a la cárcel ante la reactivación por el régimen franquista de la represión de la masonería y el comunismo. 

Posible fotografía de la inaguración del monumento, c. 1955-1958 (FEDAC)

Sí, es la otra gran anécdota de este episodio de nuestra historia, este monumento que, en principio, ensalzaba a los teldenses que dieron su vida por España (por la golpista), fue diseñado por el que, sin embargo, luchó durante la contienda por la legalidad democrática establecida por la II República. Sí, la Cruz de los Caídos de Telde fue diseñada por alguien que, quizás, cosas de la historia, fue uno de los que hizo "caer" a alguno de los teldenses con ella homenajeados.

En la fotografía se observa a José Arencibia justo al pie de la cruz, con corbata negra y chaqueta clara, flanqueado por las autoridades teldenses y por destacados falangistas, señoras de la sección femenina y vecinos, entre los cuales, la siempre curiosa chiquillería. Nunca sabremos lo que pensaba mientras el fotógrafo inmortalizaba junto con tal momento su anexión ficticia al régimen (por mera supervivencia) o, quizás, su anexión sincera tras cambiar de opinión, lo que puede explicar su meteórica y exitosa carrera posterior durante la dictadura.

No obstante, quizás fue su honda fe religiosa, que tan admirablemente dejó plasmada en su obra mural por varias de las iglesias grancanarias, lo que le llevó a erigir el monumento sin resquemor alguno y sin más intención que la conciliadora. Al fin y al cabo, parece pensar, "caídos" fueron los de ambos bandos y en la guerra jamás hay vencedores, sino solo vencidos. Así, la Cruz de los Caídos teldense no tuvo jamás placa alguna que recordara, específicamente, ni acontecimiento, ni miembro de ningún bando, quién sabe si para así recordar a los de ambos, aunque las instituciones del Movimiento Nacional se dedicaran por esos mismos días a clarificar, sin ningún género de dudas, quiénes fueron estos "caídos".


No se puede juzgar el pasado desde el presente. No sabemos si los teldenses que lucharon en el bando golpista lo hicieron por propia voluntad u obligados por las circunstancias, como tampoco lo sabremos jamás de los teldenses del bando republicano que dieron su vida por la legalidad democrática vigente. 

Arencibia Gil, con su acierto de obviar cualquier fecha y nombres en aquel monumento que muchos conocimos, nos recuerda que desde ambos bandos, uno con razón, otro en la sin razón, se cometieron atrocidades que no deberían volver a repetirse jamás en la Historia, ni ser recordadas para generar división, sino reparación, justicia, perdón, concordia y paz.


REFERENCIAS

AHPLP. Instituciones del Movimiento Nacional. Delegación provincial de excombatientes. Relación nominal de caídos. 1937-1958.

Jiménez Martel, G. (2018). Guerra Civil, José Arencibia Gil y otros artistas canarios. Mercurio. Madrid.

09 noviembre 2025

TELDE, CIUDAD DEL MOLINO

Fotografía familiar en el molino de Domingo Peña Ramírez
en el barrio de La Majadilla en 1913 (FEDAC)

La inclusión de los cereales y sus derivados en nuestra dieta conllevó la progresiva creación y perfeccionamiento de instrumentos para su molienda y refinado. En este sentido, la población aborigen de lo que hoy es nuestra ciudad supo del tallado y uso manual de molinos pétreos, bien circulares, bien tipo barca. Prueba de ellos son los numerosos ejemplares encontrados en los yacimientos de Tara, Cendro, etc. 

Con la llegada de los repobladores europeos tras la conquista realenga de la isla, no solo se fueron erigiendo molinos en los ingenios azucareros (trapiches) y alguno que otro para la escasa producción de aceite en las islas (almazaras), sino también, sobre todo, los denominados molinos "de pan moler". Estos eran los destinados a la molienda del cereal con el que obtener la harina, ingrediente principal del pan, base de la dieta del momento junto al aceite y al vino. 

La técnica experta de los repobladores fue relegando a la aborigen con la implementación de molinos con mayor capacidad de producción y de tracción animal (molinos de sangre), hidráulica (molinos de agua) o eólica (molinos de viento), hasta la aplicación contemporánea del motor eléctrico.

Las piezas fundamentales en todos ellos, las piedras entre las que molturar el grano, también supusieron el trabajo de los canteros que las labraban directamente de la piedra que consideraban apropiada y que, generalmente, eran buscadas en los márgenes del cauce de los barrancos donde, por la erosión propia de las avenidas de agua, afloraba el duro basalto de las profundidades de la isla. 

No quedaba al margen de esta actividad económica nuestra ciudad según se desprende de una carta de donación de 2 de julio de 1568. En ella, el capellán perpetuo de la iglesia de san Juan, Sebastián Ramos, dona a Baltasar de Escobar, también vecino de Telde, junto a otras propiedades "unas tierras que tiene en el dicho término [Telde], en las que habrá 34 fanegadas de sembradura, de los cuales veinte y tres son de parral, que lindan con el camino viejo de que va a Gando por arriba, con tierras que fueron de Catalina, su sobrina; por un lado con tierra de Juana Ramos, sobrina, y del otro el barranquilllo que viene de arriba, donde solían sacar las piedras de los molinos" (AHPLP, Fdez., ff. 4v.-6v.).

Teniendo en cuenta la imprecisión de los lindes pero siguiendo la referencia del camino viejo a Gando y el apellido del agraciado por la donación referida, podemos situar estas tierras en lo que sigue siendo la Finca de Salinetas, extensa propiedad de la familia Martínez de Escobar en su origen (FEDAC, f. 09754), descendientes, quizás, del mencionado Baltasar de Escobar. Así, "el barranquillo que viene de arriba" podría ser tanto el de Sacateclas, al sur de la explotación, como el del Negro, al norte. Este último también es conocido cauce arriba, precisamente, como de la Piedra del Molino, transcurriendo por el barrio de La Viña, topónimo que también pudo encontrar su origen en las veintitrés fanegadas de parral mencionadas. 

Con la esperanza de que no se haya quedado ninguno relegado al olvido en esta labor de clasificación, a continuación refiero los molinos que funcionaron en nuestra ciudad desde el siglo XVI, uno de los cuales pervive hasta la actualidad en su producción y servicio al público