09 noviembre 2025

TELDE, CIUDAD DEL MOLINO

Fotografía familiar en el molino de Domingo Peña Ramírez
en el barrio de La Majadilla en 1913 (FEDAC)

La inclusión de los cereales y sus derivados en nuestra dieta conllevó la progresiva creación y perfeccionamiento de instrumentos para su molienda y refinado. En este sentido, la población aborigen de lo que hoy es nuestra ciudad supo del tallado y uso manual de molinos pétreos, bien circulares, bien tipo barca. Prueba de ellos son los numerosos ejemplares encontrados en los yacimientos de Tara, Cendro, etc. 

Con la llegada de los repobladores europeos tras la conquista realenga de la isla, no solo se fueron erigiendo molinos en los ingenios azucareros (trapiches) y alguno que otro para la escasa producción de aceite en las islas (almazaras), sino también, sobre todo, los denominados molinos "de pan moler". Estos eran los destinados a la molienda del cereal con el que obtener la harina, ingrediente principal del pan, base de la dieta del momento junto al aceite y al vino. 

La técnica experta de los repobladores fue relegando a la aborigen con la implementación de molinos con mayor capacidad de producción y de tracción animal (molinos de sangre), hidráulica (molinos de agua) o eólica (molinos de viento), hasta la aplicación contemporánea del motor eléctrico.

Las piezas fundamentales en todos ellos, las piedras entre las que molturar el grano, también supusieron el trabajo de los canteros que las labraban directamente de la piedra que consideraban apropiada y que, generalmente, eran buscadas en los márgenes del cauce de los barrancos donde, por la erosión propia de las avenidas de agua, afloraba el duro basalto de las profundidades de la isla. 

No quedaba al margen de esta actividad económica nuestra ciudad según se desprende de una carta de donación de 2 de julio de 1568. En ella, el capellán perpetuo de la iglesia de san Juan, Sebastián Ramos, dona a Baltasar de Escobar, también vecino de Telde, junto a otras propiedades "unas tierras que tiene en el dicho término [Telde], en las que habrá 34 fanegadas de sembradura, de los cuales veinte y tres son de parral, que lindan con el camino viejo de que va a Gando por arriba, con tierras que fueron de Catalina, su sobrina; por un lado con tierra de Juana Ramos, sobrina, y del otro el barranquilllo que viene de arriba, donde solían sacar las piedras de los molinos" (AHPLP, Fdez., ff. 4v.-6v.).

Teniendo en cuenta la imprecisión de los lindes pero siguiendo la referencia del camino viejo a Gando y el apellido del agraciado por la donación referida, podemos situar estas tierras en lo que sigue siendo la Finca de Salinetas, extensa propiedad de la familia Martínez de Escobar en su origen (FEDAC, f. 09754), descendientes, quizás, del mencionado Baltasar de Escobar. Así, "el barranquillo que viene de arriba" podría ser tanto el de Sacateclas, al sur de la explotación, como el del Negro, al norte. Este último también es conocido cauce arriba, precisamente, como de la Piedra del Molino, transcurriendo por el barrio de La Viña, topónimo que también pudo encontrar su origen en las veintitrés fanegadas de parral mencionadas. 

Con la esperanza de que no se haya quedado ninguno relegado al olvido en esta labor de clasificación, a continuación refiero los molinos que funcionaron en nuestra ciudad desde el siglo XVI, uno de los cuales pervive hasta la actualidad en su producción y servicio al público


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